Asombraluz
Murmurantes

LEER ES UN LUGAR *

LEER es un lugar. Esto es, cuando leemos se inaugura un espacio, en su mayoría habitable: algo así como un cuarto de azotea cuyas paredes son tan fuertes y resistentes como lo sea nuestra capacidad de imaginar; pero a veces también parece ser una burbuja de jabón que flota en el aire, susceptible a desaparecer sin dejar rastro alguno ante la mínima interrupción.

Reflexiono sobre el gesto de leer mientras hago una pausa en mi lectura de El escritor connombre de filósofo, nóvela ucrónica cuya autoría es compartida por el doctor Edmundo Martínez y la poesía política de Madame Luxori. Leer es, de cierto modo, darle la espalda al mundo para después mirarle de frente. Leer es batir una lucha para «no dejarte domesticar» (p. 5). Cuando uno lee, en voz alta, por ejemplo, nombra las palabras que tiempo atrás alguien más escribió y en su pronunciación las colma de sentido y da pie a la dialéctica de la conversación. Nombrar, es reconocer la presencia de algo o de alguien. «En el nombre», escribe Edmundo, «está el destino de todos los seres humanos, la fuerza de voluntad para vivir; el nombre determina los triunfos o las derrotas en la vida de todo individuo.» (p. 15).

Nombrar, entonces, determina el futuro. Huir del destino impuesto, nos hará llegar sin duda a la revelación marcada. El Edipo de Sófocles es un claro ejemplo. Pero ¿qué hay de enfrentar lo dispuesto para nosotros y ejercer esa fuerza de voluntad para negarse a vivir de acuerdo a lo predestinado? La negación lleva consigo la afirmación. Y Parménides, personaje principal de la novela, es muestra de ello. El escritor se impone al nombre que comparte con el filósofo de la inmutabilidad y de la perfección. El mundo, en el flujo de su constante devenir, no es perfecto: en él existe el capitalismo, su amor no correspondido por Alejandra y la arrogante exigencia de ser alguien en la vida marcada en el rostro preocupado de su madre; pero también existen los grandes maestros que encuentra en la marginalidad e indigencia de la vida, el «Elixir del amor con la fórmula exclusiva del doctor Ponsi» (p. 41) , la fidelidad de la amistad y la certeza de querer escribir pese a todo, pero también gracias a todo.


El escritor connombre de filósofo no es sólo una novela. El mérito de escribir y de publicar lo escrito, es reforzado por el proyecto que representa un libro como el que hoy nos reúne aquí. Al puro estilo de Cortázar en Rayuela, la lectura de El escritor connombre de filósofo está colmada de referencias históricas, musicales y literarias. La vocación docente, artística y melómana del Doctor Floyd, hacen de cada capítulo una clase de literatura, un anecdotario de historias propias y extrañas, una invitación para adentrarse en el movimiento de la Onda o en el ajetreo de las letras Beat, así como también es un recordatorio del papel subversivo y revolucionario del acto de escribir: «Lo que escribo es la realidad desbordada, hiperbólica. En la parte mágica y maravillosa están nuestras aspiraciones, nuestras utopías…» (p. 51).

El escritor connombre de filósofo es, en cierto modo, una utopía materializada en forma de novela ucrónica. La línea temporal del texto es marcada por un acontecimiento pasado y llevada a cabo por la simultaneidad de sucesos y personajes que, con el avance de la lectura, van encontrándose y entretejiéndose entre sí. La temporalidad es un revoltijo ordenado para dar cuenta de una realidad desbordada de sentido.

La novela aquí presente no es de forma alguna una biografía fiel a la vida de Parménides García Saldaña. El escritor mexicano, perteneciente a la corriente de la Literatura de la Onda, es sólo un buen pretexto para hacer un ejercicio narrativo e imaginativo. Es un gesto de respeto a todo escritor y a toda escritora que transita el camino revolucionario de la palabra, tal como en «la escena del estudiante Raskolnikov besándole los pies a la prostituta y diciéndole: “no me inclino ante ti, sino ante todo el dolor de la humanidad doliente”» (p.51), escribe el autor de El escritor con nombre de filósofo.

¿Pero, por qué el Parménides de Edmundo llevó consigo siempre una libreta? ¿Por qué el libro de Los hermanos Karamazov, de Dostoievski, permaneció cual Biblia bajo su brazo? Acaso porque el autor de la novela sabe de la complicidad de la escritura con la lectura. Acaso porque Edmundo comprende el sentido de literaturizar la vida, impregnando de ritmo y cadencia a lo que tan crudamente llamamos realidad. Acaso porque sabe de la eterna búsqueda de sentido de quienes escribimos para aprender a «ver la realidad desde otra perspectiva» (p. 70), así sea necesario revolverla un poco. Algo es cierto, el doctor Edmundo Martínez sabe contar historias. De ahí su cercanía con el también escritor latinoamericano Eduardo Galeano. Ambos saben que la vida exige ser contada y practican el antiguo arte de escuchar las historias que se cuentan entre el murmullo del día a día. Después, aislados del mundo y con una perspectiva de amplitud, escriben: nombran y renombran la realidad que nos merecemos vivir. ESCRIBIR, entonces, también es un lugar.


* Reseña del libro El escritor connombre de filósofo de Edmundo Martínez García, publicado por Granito de Sal 88 en coedición con La palabra Escrita; presentada en la sala Miguel de la Madrid del Complejo Cultural Los Pinos (06/12/24).

Leave a Reply