Alberto López Murmurantes

Manos que leen

Aquí os dejo mi alma-libro,

hombre-mundo verdadero.

Cuando vibres todo entero,

Soy yo, lector, que en ti vibro.

Miguel de Unamuno

ALGO PERMANECE en las manos de cada lector. Podría asegurar que en las manos de quien acostumbra tener por compañía a la lectura, habita un misterio. Lo cierto, es que entre sus dedos se oculta el tacto gentil con el que ha de reconocer el universo que alcanza a leer entrelíneas. El gesto, aparentemente nimio, de tomar para sí un libro, revela algo más que el desarrollo de una habilidad motriz. Las manos que leen, acarician. 

La caricia es, en palabras de Ignacio Martín-Baró, un «lenguaje revestido de carne y modulado por el movimiento»; un lenguaje a través del cual nos comunicamos con nuestro entorno. Es también, un reconocimiento de lo distinto, una forma de movernos en lo cercano sin la violencia de engullirlo como propio. A través de esta cadencia, recorremos un mundo que nos resulta ajeno mientras establecemos un punto de encuentro con aquello de lo que nos rodeamos, siempre guiados por la intuición del pensamiento y el placer de los sentidos. 

En el sostener un libro se encuentra una ventana a la intimidad de su lector. No hablo de oscuros recovecos o de jugarretas propias de nuestro inconsciente, sino de una auténtica forma de diálogo entre uno mismo y su universo. Reparar en ello, me permite pensar que nuestro ser es extensible algunos metros más allá de la piel que nos contiene; objetos cercanos, compañías cotidianas, lecturas recurrentes y frases usuales, nos habitan y hablan más de nosotros de lo que incluso podríamos pensar. 

Son las manos, de acuerdo a Pablo Fernández Christlieb, las que «inventan al ser humano». A su vez, como extensión misma de su cuerpo, la mirada del lector alcanza los límites de su imaginación. Los sentidos, todos, están presentes en cada una de nuestras acciones. Sin embargo, priorizarlos por encima del intelecto o viceversa, significaría mutilar nuestra capacidad creadora e imaginativa. Valdría saber que al alcance de las manos o de una mirada, está la vida misma, y con ella la posibilidad de recuperar lo que Ramón Xirau denominó «emoción reflexiva» o «reflexión emotiva». Esto es, la reconciliación del pensamiento y los sentimientos en el quehacer humano.

Relacionarnos a través del lenguaje de la caricia, nos revela la distancia indispensable para leer más que un libro. La existencia, revuelta y desorganizada, también se lee, se interpreta y se afirma al ser parte de ella. Cargar de intencionalidad un acto como tomar un libro para su lectura, es saber que existen modos de aproximarse a la vida. Hacerlo desde una profundidad sensorial consciente significa, quizá, inventar la idea de un puente entre lo que nos entraña y lo que inevitablemente siempre nos resultará extraño. 

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