Uno de estos días extraños llegó un mensaje de Miguel, un amigo con el que me iba de juerga en la preparatoria y al que he visto esporádicamente en cinco años. Nos pusimos a textear y a recordar nuestras andadas. Pronto, volví a sentir el sol de cuando jugábamos al fut, la añoranza de los tacos después del juego y el olor de la casa a la que llegábamos en bola, para continuar la tarde con videojuegos. Emocionado, contacté por mensaje a la demás banda y enseguida hablábamos de nuestros primeros amores y de los regaños de los maestros.
Durante la cuarentena, la pausa nos invita a examinar el camino recorrido. Hay canciones que al escucharlas los recuerdos brotan. Así me ocurre con Otherside de los Red, y así como las canciones, también ciertas personas. Hugo Labourdette dice que “cada persona tiene su propia melodía” 1 y mientras analizaba si la mía sonaba a reguetón o a pop, llegó el mensaje. Durante el tiempo activo de la amistad, donde es su génesis y su comunión es continua, cada amigo tiene una melodía que compagina con la propia, una resonancia por simpatía. Así, con cada persona sonamos diferente, alto o bajo, y mientras más amigos haya en el grupo de amistad, hay más instrumentos en la orquesta. Vibramos al mismo son durante el tiempo en el que prosperamos y nos vamos quedando calvos. Al paso de los años, inevitablemente el grupo se pierde en el tiempo y su ritmo queda reverberando en la memoria.
Cada que la añoranza nos contacta con un amigo perdido, regresamos a él. A través de sus palabras nos re-encontramos con la vibración que tuvimos en un momento específico, la armonía fraterna. Alberto López en su Carta abierta a la amistad 2, cuenta que el tiempo de la amistad es “un tiempo memorioso: abierto al recuerdo, donde todo lo presente es un estar y cuya presencia es promesa de pertenecer a una morada”. Así, a través del tiempo memorioso, nuestro vibrar queda reverberando en los amigos y su sonido en nosotros: una consonancia viva que sigue siendo creada dentro de nuestra melodía vital. Claro, hay amistades de un solo estribillo, un solo coro, cantado al unísono durante un pequeño lapso fugaz, pero también la reverberación de ese instante quedará en nuestra morada.
Así, la nostalgia por la amistad vive en cada reencuentro, pero no por eso se detiene el flujo de la existencia, la aviva. Seguimos conociendo diferentes personas cuya armonía nos atrae o nos repele. Las que confluyen con la nuestra, se convierten en las resonancias de este instante y, en el futuro, serán el espejo que nos recordará detalles que tal vez hayamos pasado por alto, pero que para tu amigo fueron importantes. Fuimos, somos, seremos un fragmento imprescindible en la composición del ensamble de la amistad.
El presente perpetuo no descansa: los intereses cambian, la vida sigue y crecemos reverberando con nuevas melodías. Es inevitable. No sé si pueda ver a pronto a Miguel, los días siguen extraños, pero sé que en algún espacio dentro del tiempo memorioso, estamos tomando un boing de mango y comiendo unos tacos al pastor mientras platicamos del porvenir, ese que nos ha alcanzado.

Referencias
1 Hugo Labourdette, “La piedad de las esferas”, página de Murmullo de Paloma http://www.murmullodepaloma.com/autores/la-piedad-de-las-esferas/#.X9BMYthKhPY
2 Alberto López, “Carta abierta a la amistad”, página de Murmullo de Paloma. http://www.murmullodepaloma.com/autores/carta-abierta-a-la-amistad/#.X9BMtthKhPY
1 Comment
Elba Castro Calderon
Para mí la amistad es semejante a una conspiración de hermandad. Con su significado más amplio de respirar juntos y de estar de acuerdo. La amistad sólo debe encontrar su interés en el bien del otro. Gracias por estas reflexiones.