No existe inocencia en la mirada. Uno enfrenta o ignora la dosis de realidad con la que ha de estructurar su confianza en el mundo que habita.
Sí, confiar es fundamental para vivir. Y augurar flores, pese a todo pronóstico en contra, condensa el espíritu de mi quehacer como fotógrafo. Sólo así comprendo que la fotografía es un acto de justicia, reflejo de la relación de la luz con las tinieblas: por densa que sea la oscuridad, le seguirá sin titubeos el amanecer y nada evitará que la puesta de sol inaugure, una vez cada tanto, la noche más larga de nuestras vidas.
Fue justo ahí, en la ausencia de todo rastro de luz, donde surgió la posibilidad de entrelazar a la fotografía con la sensibilidad propia de la poesía. Después de todo, ambas comparten la sabiduría de mirar con profundidad lo inadvertido. Comprendí, entonces, que debía ejercitar la contemplación para aprender a mirar más allá de la superficie. Sólo así, la apreciación poética de la vida tendría lugar en el horizonte de mi cámara fotográfica.
Desde entonces, el camino ha sido largo y por momentos difícil de sostenerse en él. Tras inaugurar el sello fotográfico de Asombraluz, me decidí a compartir lo aprendido hasta entonces. En 2021, en el Fandango de Muertos de Santiaguito Cuaxuxtenco, Estado de México, impartí mi primer taller de Fotopoesía. Mis lecturas, cursos, aprendizajes y el afecto por la docencia, comenzaron a tener cauce y sentido.
Me aventuré en la enseñanza-aprendizaje de la fotopoesía, y me comprometí a continuar creando un taller como un espacio habitable, un jardín con tierra fértil para la poesía y la mirada. Las y los fotopoetas seríamos, entonces, una especie de jardinerxs: aprenderíamos a cuidar de las plantas y sabríamos del significado en las vetas de cada árbol. Descubriríamos la poesía en cada florecimiento y resguardaríamos su secreto oculto a la sombra de un arbusto. La experiencia intensiva nos valdría para graduarnos como artesanos de la imagen poética, conocedores de lo inalcanzable y sabedores de la ilusión que logra enmarcar el aliento de la mirada tras accionar un click.
¿El siguiente paso? Unirse al milenario arte de contar historias. En la saturación o ausencia de palabras, comunicarse mediante la imagen poética es posible. La fotopoesía explora la sensibilidad de la mirada en el andar cotidiano y las imágenes nos ofrecen un universo metafórico de comunicación. Sólo aquello que se narra con dignidad, nos permite comprender el lugar que habitamos.



La autonomía y el compromiso inalterable con la dignidad de la imagen fotográfica marcan un sendero de trabajo crítico y aprendizajes sinfín. Felizmente, el camino es muy transitado, aunque nos hagan creer que no es así. Apostar por el encuentro y la colaboración en tiempos donde impera la discordia y la competencia, es un gesto de incalculable valentía. Convocar y gestar una autentica celebración de la mirada, germina el más sincero de mis agradecimientos hacia quienes han hecho posible mi participación en el Encuentro Fotográfico México 2024, realizado en la ciudad de Guadalajara. Siempre gracias a la amabilidad del Colectivo Mirada Tapatía, a la hospitalidad de Casa Cultural Calavera y a la presencia y participación de cada asistente al taller.
Ahora, mucho más que antes, mi voto de confianza está en la fuerza de las miradas que convergen. La responsabilidad de formar parte de una comunidad fotográfica sólo es comparable con la alegría de saberse en compañía, porque ninguna mirada está por encima de otra.
