KING CIPLACTLI
Las puertas no existen, nuestros temores las crean.
Tonatiuh García Ayala
La gente no me cree, pero estuve en el Topanga Corral la noche en que The Eagles y Neil Young tocaron con Joni Mitchel. Es un recuerdo que atesoro. Joni me sonrió mientras intentaba abrirme paso entre la multitud. Ella estaba sentada como una reina ante su corte. De pronto sentí cómo una mano se apoyó en mi hombro, intentando pasar. Era Neil Young dirigiéndose al pequeño escenario cuando The Eagles terminó su turno. Era estupendo estar tan cerca de tales artistas, ¡qué noche! Verás, Topanga Corral era un galerón ubicado en el bulevar del cañón Topanga 2034, claro, en California. Un club nocturno lo suficientemente lejos de todo, donde músicos como Creedence, Spirit, Linda Ronstadt, Canned Heat, Little Feat, Taj Mahal, Hot Tuna, Leon Rusell, Arlo Guthrie, Black Oat Arkansas, Jo Jo Gun, ZZ Top, New Mama, Bob Dylan, por supuesto, The Doors y muchos otros, tocaron durante sus primeros años. Sí, ahí donde Graham Nash abrió un concierto derramando cerveza en su piano. Se incendió en los años 70, pero fue reconstruido sólo para quemarse de nuevo en 1986. The Doors me encantaban. Aquellos eran los días. Recuerdo que mis amigos y yo manejamos desde la ciudad de Covina hasta El Corral para ver al King Cipactli, you know, hay que darle un sabor mexica a la vida, okei, Rey Lagarto. Después de llegar, nos enteramos que debíamos tener veintiuno para beber cerveza, aunque eso no fuera ningún problema para nosotros; realmente, nuestra ilusión era echar un palomazo, por lo que llevamos nuestro equipo. La noche y la música fueron increíbles. Durante la participación de un solista sorpresa, vi al hermano de una exnovia sentado en el borde del escenario junto al piano y me pidió el favor de prestarle nuestro amplificador de guitarra. Accedí encantado. Era un Fender 1965, una chulada, le habíamos cambiado las bocinas para que pateara a lo bestia. Recuerdo que escribí de manera secreta en una de las paredes internas del amplo: “M.S. The Tell-Tale Hearts”. Fue una noche increíble que mejoró cuando encontré el camino a casa; No recuerdo nada más, por supuesto que del amplificador nadie se acordó tampoco. ¿Sabes dónde se escribió el Blues de la Cabaña? Pues en el Topanga Corral.

Años más tarde, cuando ya teníamos una propuesta musical más definida, nos presentamos como grupo de relleno en el Cristal Ship, un bar tijuanense. Qué indescriptible emoción sentimos cuando nos enteramos que en ese mismo sitio tocarían Las Puertas. No estoy muy seguro de cómo, pero me las ingenié para conseguir un lugar en la programación. Fue un desmadre. Los Locos se robaron el espectáculo. Yo estaba muy grifo, pero mi sorpresa fue mayúscula cuando Los Doors salieron a escena. Ahí estaba nuestro amplificador. Mierda. Fue maravilloso. Después de que terminaron su presentación, Jim quería sentarse a beber una cerveza. La gente cerca de mí gritaba enloquecida “¡Consigue una silla para Jim, dale la tuya!”. Yo había sido muy afortunado en conseguir la mía. Y después de lo del amplificador, no sentía muchas ganas de rendirle pleitesía. Pero alguien a mi lado sí lo hizo. Así que Jim Morrison y yo nos sentamos uno al lado del otro. ¡Él realmente me habló! Me preguntó “¿borracho o drogado?”, respondí como la persona que siempre he sido: “Un poco de ambos”. Más tarde discutí con los jalacables de producción y el amplificador volvió a nosotros. El grafiti interior fue la clave, yeah. Realmente Los Doors iban y venían de México, como todos los gringos que buscan un espacio para reventarse. Realmente sus presentaciones no eran tan masivas, porque en la frontera o en California todo eso era normal, ¿ves? En la capital la cosa estaba caliente, por lo de la represión estudiantil, difícilmente el movimiento sería como en TJ.
Pero en el 69 la visita de Las Puertas a la Ciudad de México fue todo un suceso. La idea de traerlos fue de un tal Mario Olmos, quien quería organizar un concierto en la Plaza de Toros. Los boletos costaron 12 pesos para permitir que las clases populares asistieran también. Yo estaba en México por esos días, mi tío consiguió las cortesías para el concierto que estaba planeado para una gala de beneficencia a nombre de las Naciones Unidas o de la Cruz Roja. Realmente hay más leyenda y blof que buenos resultados en esos conciertos, porque fueron un fracaso. La gente más cercana dice que Jim se la pasó “en el agua”, por ejemplo, después de uno de los lamentables conciertos, se quedó dormido con un trago en la mano y la cabeza sobre la mesa, al tiempo que las caras más bonitas e indolentes de la Ciudad de México seguían departiendo a su alrededor.
Quizá, lo que realmente quería Jim Morrison era profundizar, desde su poética mirada, algo sobre el “México de verdad”. Era un poco soñador, ¿me entiendes? El viaje a Teotihuacan fue una experiencia distinta a lo del Museo de Antropología, donde pude colarme por ser amigo de Ricardo Kichner, un cuate de la infancia, excelente piloto, poliglota y poseedor de un cinismo tan grande como la fortuna de su familia. Ricardo fue el chofer de Los Doors durante todo el viaje. En la visita-locación-pasarela en el museo de Antropología estuvo incluso el hijo del presidente Díaz Ordaz, la bellísima Meche Carreño y un wey que me dijo, ya con unos tragos encima, que era hijo ilegítimo de Henry Miller.
Ricardo Kichner me contó que, de camino a las pirámides de Teotihuacan, Jim dejó su lectura para observar la periferia de la ciudad. El estrecho camino hacia la zona arqueológica era una ruta interesante, pasando por lo que parecían aldeas de adobe y piedra alrededor de iglesias antiguas. Todo ello estaba flanqueado por un horizonte de increíble claridad. Jim Morrison caminó sin zapatos en La calzada de los muertos; no era un iletrado, pero estaba asombrado ante la grandeza de lo incomprensible, por ejemplo, permaneció en éxtasis ante la imagen de un caracol emplumado. Kichner hizo conjeturas, ya no estaba seguro si la actitud de Jim estaba motivada por la pátina de los pigmentos originales en los muros o por los efectos que la familia de hongos derrumbe estaba causando en su interior. Morrison no pudo evitar sentir escalofrío al mirar los frisos en el conjunto Quetzalpapalotl, reloj de sol y agua, vestigios de una brillante ciudad, pulida, pintada y estucada.
A ratos, Morrison dormía dentro de la limusina, mientras ésta atravesaba los barrios más pobres y en la estación de radio más importante se escuchaban sus canciones. Los sorprendentes contrastes de la vida mexicana moderna se presentaban ante ellos: el estilo parisino de Paseo de la Reforma; el pollo frito al estilo Kentucky en el mismo menú que el pulque, bebida de los dioses prehispánicos; el lujo de la limusina Cadillac paseándose al lado de animales muertos tirados a un lado del camino, una sección entera de las calles citadinas nombradas en honor de Arquímedes y Goethe y otros pensadores, contra lo que se convertía en una aparente dictadura que ejercía su poder sobre los jóvenes. El verano pasado, los estudiantes estuvieron a punto de tomar el gobierno. La represión fue tremenda, entre trescientos y mil estudiantes fueron asesinados, la mayor parte de ellos acribillados o simplemente secuestrados en medio de la noche.
Ricardo cuenta que el penúltimo día de la gira, el domingo, Los Doors leían las reseñas de sus presentaciones en los periódicos locales. Un crítico de El Heraldo, por ejemplo, dijo que Morrison era “un pirata pelirrojo mezclado con Fidel Castro y el Jorobado de Notre Dame”. Morrison estaba demente, decía el texto, y lucía como un sucio y viejo gringo que “se acariciaba la barba como un ogro que acababa de comerse a su víctima”. Además, decía que Morrison era muy ruidoso y ácido. “Es la mejor reseña que hemos obtenido”, dijo Ray Manzarek, sentado en el asiento trasero de la limusina, camino a la Lagunilla. Mientras cientos de personas se arremolinan ahí, dispuestos a jalonear a los dos integrantes de The Doors, con papel y pluma en mano para pedirles un autógrafo.
La visita llegaba a su fin. Miles de mexicanos habían mirado las barbas y los largos cabellos de The Doors, pero nadie había hecho ningún comentario peyorativo, de hecho, un joven llamó a Morrison, “Jesucristo”. El país fue descrito en reiteradas ocasiones como una “olla de presión política a punto de estallar”, pero The Doors parecían haberse mantenido lejos de la situación, excepto por el hecho de que varios de los conciertos planeados no se llevaron a cabo.
El grupo regresó al hotel. Richard iba manejando, y en un intento por perder a un auto que venía siguiendo a la limusina, dio un arrancón sobre Reforma, sólo disminuyendo la velocidad en las curvas. Iba tan rápido que todos comenzaron a reír. Al tiempo que cada vuelta quedaba en el pasado inmediato, los miembros de The Doors, tratando de guardar la calma, vitoreaban la manera de conducir de Kichner. “¡Pronto, pronto!”, gritó Morrison, formando una suerte de pistola con sus dedos índice y pulgar, imitando sonidos de disparo con su aguardientosa voz.
Hemos hecho quinielas, Ricardo piensa que Jimbo se preguntaba hacia dónde se dirigía la carrera armamentista y las acciones de las franjas oscuras del Estado en un país como México, tan espectacular como vulnerable. El hecho es que Jim pasó las últimas horas en México, mirándose al espejo. Algo encontró en su rostro, algo de lo descarnado que percibió en la representación del dios Xipe-Totec. “Fuego nuevo” gritó en voz alta en todos los tonos mirándose al espejo. Entonces, se quitó la barba.
Los Doors esperaban el avión que los llevaría de regreso a casa. Más flashes. Llama la atención una foto que muestra a Jim Morrison con el fragmento a sus espaldas de una pintura mural atribuida erróneamente a Diego Rivera. El mural es realmente La conquista del aire por el hombre del artista Juan O’Gorman (1937, parte inferior derecha, décimo panel).

Jim Morrison quedaría muy impresionando por las formas proféticas de los temas planteados por el arquitecto mexicano. Era una síntesis perfecta de todas las caras de ese fractal llamado México. Moderno y tradicional. Público, pero extremadamente íntimo. ¿Ves? Yo creo que Jim sintió que era un lagarto muy pequeño ante las máquinas de guerra y el poderío tecnológico expuestos en los trazos de O´Gorman. Ese aleph lo hizo sentir menos ajeno, más universal. Decidió que quería más. Que ese mapa al estilo Le Corbusier tenía mucho más qué darle y que quizá era tiempo de ir a Europa y conocer París, Barcelona, el mundo entero. Jim pidió que le hablaran sobre Juan O´Gorman. Ricardo conocía a su sobrina, pero no sabía gran cosa sobre arte. “Es un arquitecto algo loco y excéntrico, tiene unas casas muy interesantes”. La capacidad de desdoblamiento en O’Gorman perturbó a Jim, porque lo hacía mirarse a sí mismo dentro de un sueño. Un sueño donde moría una y otra vez para encontrar, por fin, las puertas que decía representar pero que no lo habían llevado a ninguna parte. Cuando estaban arribando a la Ciudad de Los Ángeles, Jimbo despertó muy sobresaltado. Comentó que había soñado que estaba dentro de un mural de Juan O’Gorman.
Pocos años más tarde, Ricardo Kichner encontró a Pam Morrison en una fiesta extrema, después de la muerte de Jim. Pam le preguntó si sabía quién era Juan O’Gorman, porque una noche cercana a su muerte, Jim soñó que hablaba con el pintor. Juan lo abrazaba y luego le decía que estaba deprimido, sobre todo desde el fallecimiento de su amiga Frida Kahlo; Juan O’Gorman le confesaba a Jim que había decidido suicidarse: primero haría una mezcla con las pinturas con las que realizaba sus murales y la bebería, luego se colgaría de un árbol y posteriormente se daría un disparo en la sien con su escopeta, para finalmente caer ahorcado del árbol. Algo realmente inolvidable.
Agradezco el valioso testimonio de Ricardo Garibay III.
Hopkins, J. “Jim Morrison en México. El ‘Rey Lagarto’ falleció hace 50 años”, en Rolling Stone, junio 2021.

