Alrededor de la fogata, arropado por el regalo de Prometeo, el ser humano le impuso límites a la sombra helada de la noche, armó protección contra los depredadores y cocinó sus alimentos. Como parte de su curiosidad hacia el fuego, le arrojaba ciertas hierbas que liberaban fragancias agradables, aunque imposibles de morder, nutrían. Al atestiguar como el humo se elevaba, su olor se ligó con el cielo y sus misteriosos designios.
El misterio no es exento de una esencia. Todo templo al que he entrado tiene un olor característico, proveniente del incienso, que en conjunto con la arquitectura, la luz de las velas y el silencio dan la pauta para pensar en un espacio de realidad aparte, por lo menos solemne, distinto al de la calle, al de la ciudad.
Cada casa que festeja la Navidad representa derivaciones hogareñas del rito, forma un templo doméstico. A mí me tocó que en preparación de la puesta en escena del nacimiento del Cristo, mi abuelita dejaba disponible el lecho de la figura del Niño Dios para que a la media noche del 25 de diciembre lo acurrucara cuidadosamente para rezarle y cantarle canciones de cuna, así cada año le daba la bienvenida al mundo. El lecho lo adornaba con dulces de colación cuyos colores pastel y olor acaramelado armonizaban con la celebración del infante Jesusito.
De pequeño, alguna Noche Buena acompañé a mi abue a comprar los dulces de colación. De regreso me preguntó si quería comer uno, asentí; mientras me daba un dulce a la boca acarició y sostuvo mi carita entre sus manos con una sonrisa. Me dejó comer varios antes de llegar a su casa, donde nos esperaba el resto de la familia. El olor de sus manos era dulce.
Entre más pasa el tiempo, detalles del recuerdo se me van escapando, salvo el olfato. Para los antiguos, los perfumes eran materia divina arropada en la tierra; dentro de mi leyenda personal han acertado: un arcano me ha revelado que los dulces y el cariño comparten el mismo aroma.

Hugo Labourdette