* LAS IMÁGENES DE © ANDRÉS RODRÍGUEZ ARANIS
(…) En algún lugar desconocido del mundo Coronando los sueños Recuerdo tus palabras Hablabas de conejos y cerezas De gorriones que comían en la palma de tu mano De ciudades enormes del otro lado del océano Donde los bares estaban llenos sólo de desconocidos Recuerdo tus palabras y recuerdo aún más tu silencio Que se unió al gran silencio que precede a la lluvia Y luego cómo huimos cogidos repentinamente de las manos cómo huimos sin saber hacia dónde Ensordecidos por el estruendo de la lluvia. “Antes de la lluvia”, Jorge Teillier.
En un tiempo paralelo, Henri Cartier-Bresson acerca la cámara a su cuerpo con una actitud casi felina. La cámara se incorpora a él como una segunda naturaleza a fuerza de captar lo que se entiende como el “instante decisivo”. En otro plano del tiempo y el espacio, la mirada alerta de Andrés Rodríguez Aranis (Yumbel, Chile, 1967) busca también el instante preciso para retener en una imagen lo que bien puede definirse como una postura frente a la vida. Cartier-Bresson, fotografiado en el acto mismo de fotografiar no solo sintetiza un oficio, sugiere también una dialéctica visual a la que Rodríguez Aranis alude de manera reiterada en su obra fotográfica o poética; está en las imágenes del amanecer cuando toma testimonio a los palafitos en el Archipiélago de Chiloé o sigue un camino crepuscular bordeado de árboles y jardines secretos del no lugar, musita la nostalgia lárica de las viejas estaciones del tren o se torna un retratista ambulante que prepara su equipo frente a un grupo de músicos urbanos en Valparaíso.

La insinuación del juego que establece la mirada puesta sobre el que mira –espejo de reflejos infinitos— es en cierto modo un acto reflexivo, acento deliberado sobre un quehacer cuya definición más inmediata consiste en la reproducción mecánica de aquello que se ve, pero que en el caso de Andrés Rodríguez se convierte en la creación de todo un sistema de referencias y de signos.
La especificidad del lenguaje fotográfico suele relegarse en aras de la inquietud que provoca lo biográfico, porque pocos se han detenido a pensar en una condición errante que encuentra razón de lucha con la cámara y en la lectura de imágenes. Una postura ante la vida y una vocación fotográfica, por ello, hay un libre juego con mil alternativas de la lente; así como una ganancia de espacios propios y prácticas a veces excéntricas, eso que otorga a la producción fotográfica no solo un valor de escaparate.
Hay también un florecimiento unánime del arte fotográfico más directo, en pronunciados acercamientos hacia el objeto, los contrastes de claroscuros y contornos precisos, imágenes pulcras, al punto de la abstracción, en las que la fotografía se solaza con los detalles y la belleza de las formas. La personalidad de Rodríguez Aranis también arraiga profundo en el sustrato de sus pasiones por la gente y las cosas, y aflora en una sólida presencia femenina.
La lectura de las fotografías del autor nos lleva poco a poco a Roland Barthes, cuando indica que la imagen “hace pensar, obliga a sopesar la vida, la muerte, la inexorable extinción de las generaciones, lo que pervive en la memoria temporal”. Desde esta idea la condición inherente a la fotografía es su carácter testimonial de lo que ha sido. Se trata de un enfoque que entroniza el caudal subjetivo del observador en la medida en que es este, en última instancia, el que confiere a las imágenes su verdadero e íntimo significado.
Barthes también nos dice “soy el punto de referencia de toda fotografía y es por ello por lo que esta me induce al asombro, dirigiéndome la pregunta fundamental ¿por qué razón vivo yo aquí y ahora?”, lo que está presente en el discurso visual de Rodríguez Aranis, lenguaje cifrado en el juego que propone ser observador observado, y que sugiere a su vez un tercer espectador que registra el atisbo del fotógrafo.

El trabajo de Andrés Rodríguez revela expresiones faciales o espaciales que parecen estar más cerca a la calidad plástica que a la condición humana. Perfección técnica y una suavidad que las convierte en aciertos notables. Encuadres amplios, abarcan varios planos y logran conjuntos clásicos. Hay una retórica de la belleza implícita en las formas y actitudes culturales y un aliento poético que llena las cosas triviales de múltiples significados. Lo que nos lleva más allá de la representación o falsas apariencias, a la manera de uno de los personajes de Ítalo Calvino, el instinto del fotógrafo lo hace un cazador de lo inasible donde más allá de reproducir la realidad, asedia su secreto recóndito.













2 Comments
Andrés Rodríguez Aranis
Gracias por escribir tu mirada precisa sobre mi trabajo visual. Me ayuda, me alienta en este vértigo que es el lente.
Mil abrazos!
Mariam Torneria
hermosa tu revista on line, sólo ahora la extracción de una muela me permite leer con mas delicadeza
Andrés Hermano: Ufff… yo, que no tengo ni una muela, sé lo que es eso, jojojó.
Mariam: pero tu lengua navega por los océanos pidiendo un elegante silencio