«Black then white are all I see, in my infancy,
red and yellow then came to be, reaching out to me,
let´s me see».
TOOL, Lateralus
«El punto de partida es el estudio del color y sus
efectos en los hombres».
Vasil Kandinsky
El otro día, caminando de regreso a casa, me llamó la atención un auto color amarillo en medio de la avenida, resaltaba por el contraste con el pavimento y los tonos opacos del resto de los coches. Me recordó que de niño ese era mi color preferido, incluso a los objetos de ese color les creaba personalidades de carácter alegre, mientras que siempre desconfiaba de los azules y rojos. Estaba pensando en ello cuando en una plática rutinaria sobre imagen corporativa me preguntaron cuál es tu color favorito, pensé decir amarillo, pero callé por su nitidez tan disímil a la imagen parca de las oficinas empresariales; también porque el rojo y el azul ahora me caen bien, así como varias tonalidades de verde y café.
No conozco a nadie sin cierta predilección de color, al menos para algunas cosas personales en particular. Alguna tonalidad captura nuestra atención en el día a día. La relación del ser humano con la cromática es inherente a su naturaleza y desarrollo: la pintura y la ciencia han caminado juntas desde los pigmentos que dio la tierra para las pinturas rupestres, las pruebas en cada región con base en los materiales y flora disponibles como el azul egipcio, el desarrollo de la química en el siglo XIX que cambió la paleta de los impresionistas que rompieron con el naturalismo y lograron develar los matices novedosos de la realidad que contemplaba su mirada; experimentación que continúa hasta ahora, como lo hace ver el tono oscuro denominado vantablack: el negro absoluto, capaz de absorber el noventa y nueve por ciento de la luz visible, fruto de la nanotecnología de 2017.
No es regla que el desarrollo tecnológico permita a un creador materializar su obra: el artista visual, antes médico, Wolfgang Laib recolectó manualmente polen para crear un cuadro de amarillo vivo, polvoso, sin ninguna clase de químico agregado; cúmulo que tardó 30 años en recuperar dado el ciclo natural de la flor que lo expulsa al sur de la Alemania, mezclarlo con otra clase de polen hubiera perturbado la uniformidad de tonalidad que buscaba en la pieza, así «Polen de Avellanas» (Pollen from Hazelnut) fue expuesto en el Museo de Arte Moderno de Nueva York en 2013. Laib ha manifestado que su cuadro es algo más que una pintura y gracias a las fotos que he podido apreciar, estoy de acuerdo. La calma me reviste mientras veo un acomodo ordenado de la naturaleza determinado geométricamente por la mano humana que pacientemente lo recogió, filtró y desplegó. Tal vez, cuando llegue mi hora de partir regresaré como polen, sin pintura, seré el color de mi infancia, el amarillo en sí mismo.
Hasta los dioses han sido coloreados, como lo mostró la exposición «El Color de los Dioses». Creíamos que las esculturas de la época clásica solo se presentaban en mármol blanco, ahora sabemos que en Grecia existía una nutrida policromía, pero los pigmentos fueron erosionados por el paso del tiempo. Cuando la exposición visitó Ciudad de México fue aparejarla con piezas mesoamericanas que compartían, desde su cosmogonía, ese lenguaje sagrado expresable solo a colores, armando así un binomio policromado que revelaba la importancia del color en culturas de latitudes tan lejanas. Los dioses no arribaron desnudos en gris o blanco, estaban arropados por el arcoíris.
«¿Cuál es tu color favorito?» Contesto imaginando que sólo existen los siete colores del arcoíris y en su conjunto, en lugar del pleno blanco, forman una dimensión cromática donde la vida se despliega con tonos y matices innumerables que animan mi percepción, me conectan con otros, nutren mis recuerdos y me dan sentido, es decir la presencia se ilumina, esto es el octavo color, mi preferido.

By: Wendo
Próxima entrega: Parte III. El asombro.
Hugo Labourdette