Murmullos Murmurantes

Los sonidos de mi tiempo

¿Se ha escuchado sonido que inspire más a la creatividad que el de unas tijeras recortando una hoja de papel?… Me encontraba viendo un documental –era sobre un periodista muy reconocido del siglo XX- en el que el director jugaba con imágenes y sonidos de máquinas de escribir e imprentas y ahí fue cuando escuché aquellas tijeras que, con precisión, pasaban sobre los bordes de las imágenes de algún periódico de la época. Fue inevitable pensar en que alguna vez, ya sea por la escuela o por gusto, creaba dibujos y pinturas. Para ello utilizaba todo tipo de materiales: colores de madera –de los que recordar su sonido al friccionar suavemente el papel me hace querer utilizarlos de nuevo-, plumones –de los que cuando ya se les iba a terminar la tinta chirriaban muy feo-, pinturas Vinci –de las que tengo más presente su silencio al deslizarlas sobre alguna superficie- y, mis preferidos, unos gises Pastel, los cuales espolvoreaba sobre hojas de papel y, con un algodón, esparcía para rellenar espacios en blanco y así creaba mundos de color.

Pronto esas actividades artísticas fueron desplazadas por la computadora y, por supuesto, por el internet, del que su sonido –perceptible al descolgar el teléfono- era una especie de interferencia con unos bips intercalados que remitían a la prehistoria -aunque fuera una cercana al entonces nuevo milenio- o esa idea nos la vendieron muy bien los comerciales, no por nada, a la fecha, aparece la imagen de un dinosaurio en el desierto cuando no hay conexión. Entonces cuando descolgabas el teléfono y había alguien conectado, esa persona te echaba una mirada impaciente para que colgaras y no interrumpieras sus “importantes” actividades las cuales, seguramente, eran estar chateando. Y es que las horas se pasaban en el Messenger, un chat popular también por sus sonidos: de un nuevo mensaje, del aviso de que alguien se acababa de conectar – si era de tu interés se te aceleraba el corazón- o, incluso, estaban los zumbidos que tenían la función de llamar la atención de alguien que ya se había tardado en responder –lo cual ahora sería una clara invasión a la tranquilidad y privacidad-. En ese chat, mientras estabas en línea, tus contactos podían ver a lado de tu información de contacto el nombre de la música que escuchabas. Por el 2007, cuando yo lo usaba, algunas variantes del rock aun representaban a muchos que éramos jóvenes y rebeldes, o eso creíamos. Bandas como los Strokes, Mars Volta y los Red Hot Chili Peppers -con un John Frusciante de cabello largo en su alineación- eran muy sonadas.

Ilustración: Alejandra Pérez

Esa música en mis audífonos hacía más ligeros mis traslados en el Metro: las guitarras y las baterías de mis canciones favoritas me hipnotizaban a tal grado que ni siquiera miraba lo que había alrededor, como cualquier adolescente buscaba la manera de evadir la realidad y sentirme fuera de lo cotidiano. Todas esas emociones se intensificaban cuando iba a un concierto. Era magia pura escuchar los sonidos de los instrumentos en vivo mezclados con el público que eufórico, aplaudía, gritaba y cantaba a todo pulmón. Con el paso del tiempo mis oídos se afinaron y aprecié con mayor detenimiento sonidos menos estelares como los que provenían de la calle, esos, los sonidos de todos los días: el rumor de la gente caminando sobre las banquetas, las conversaciones casuales en parques y cafés, las quejas de la gente en el transporte público que eran el pan de cada día, así como la música acompañada de risas que salían de bares los viernes y, que con su poder magnético, siempre me invitaban a entrar y poner alguna canción en la rocola. Para ese entonces ya odiaba el sonido de los cláxones que tanto atentan contra la tranquilidad de una ciudad aunque esta sea caótica. El silencio de las bibliotecas me dejó de parecer aburrido y se me erizaba la piel al escuchar los aplausos después de una buena conferencia o una clase. No había mayor alegría para mi alma que escuchar el tintineo de cubiertos y platos a la hora de la comida en alguna fonda de la ciudad porque ahí, en ese pequeño lugar, se conjuntaba, al menos por una hora, el descanso de una sociedad cansada de ires y venires, de obligaciones, tareas y sueños diarios por cumplir.

Estos sonidos que describo, que por momentos pasan desapercibidos, son transcendentales. Y es que “los ruidos y conjuntos de sonidos implican el escenario resonante en el cual la vida transcurre y ellos representan lo intenso o lo débil de la experiencia humana en las grandes urbes”1 escribe Juan Carlos Huidobro, un psicólogo social. Él enmarca su reflexión en la Ciudad de México a raíz de la pandemia covid-19 y de cómo los sonidos cambiaron debido al encierro, tanto en las calles como en la casa. Vistos así, como un escenario, los sonidos guían y dan sentido claro a la experiencia humana tanto en lo individual como en lo social. Ellos enmarcan días y enmarcan épocas. Se tiene noción de qué tan temprano es por el cantar de las aves por la mañana y se sabe que el día va terminando cuando en el patio de nuestra casa se oye el cantar de los grillos. Asimismo, cada etapa de la vida tiene un repertorio sonoro, digamos, esencial para la rutina: en una época fue la radio, luego la televisión, después el internet en las computadoras de escritorio, en un tiempo más actual las computadoras portátiles hasta llegar a nuestros días con los sonidos que provienen de gadgets cada vez más complejos y diminutos como nuestros teléfonos móviles, los cuales se han vuelto una extensión de nosotros mismos.

Los sonidos de ahora son cada vez más sofisticados y personalizados acaso para remarcar que somos una sociedad digital pero hemos llegado al absurdo de creer que el mundo entero cabe en un celular. Te conectas y desconectas de la realidad y estás fuera si no tienes un smartphone: es como si se hubiera materializado una película de ciencia ficción. Los días transcurren entre notificaciones y alarmas con sonidos, sí, agradables pero escurridizos. ¡Se han colado en cada rincón de nuestra vida personal! Son pues divertidos pero incómodos, curiosos pero adictivos, sencillos pero estresantes. Sonidos, tal vez, intrusos.

Me preocupan los sonidos de este tiempo, ellos nos envuelven en la inmediatez, incluso en la ansiedad por estar disponible y dar respuestas. Me pregunto: ¿Algún día tendré nostalgia por este escenario sonoro?, ¿Cómo serán los sonidos del futuro?, ¿Sonidos más veloces?, ¿Sonidos más dañinos?… Desearía que no fueran así pero mientras sucede la vida y lo descubrimos propongo que, de vez en cuando, podamos ser ese dinosaurio en el desierto, lugar en donde se escucha mejor el silencio, para sencillamente volver a escuchar esos, los sonidos de siempre, los verdaderamente esenciales, los que tarde o temprano vamos a extrañar: la palabra de un ser querido, el ronroneo de una mascota, el rumor de la calle, la música que nos gusta, nuestra propia risa cuando somos dichosos y ¿Por qué no? Los sonidos fabulosos de los materiales que mencioné al principio de este texto.


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1. Huidobro, J.C. (2021). Los Ruidos del Mundo. En Diario ContraRéplica Veracruz.

Alejandra Pérez Torres

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