Murmullos Murmurantes

Venganza de a 500

No lo reconocí a primera vista, lucía tan acabado. No estaba envejecido, sino derrotado, sin la luz de la vida que regularmente se refleja en los ojos. Parecía un fantasma sin sonrisa, sin expresión, sin esperanzas. Lo paré en la calle al salir de la oficina el día de la Convención Nacional de Contadores Públicos, yo le había hablado a Norma para decirle que se adelantara, que la alcanzaría después porque ya era muy tarde y aún no terminaba unos pendientes importantes. Así que al salir tomé el primer taxi que pasó y ahí estaba ese espectro al volante. 

Le indiqué el lugar hacia dónde dirigirnos, no hablamos, pero no pude ignorar su insistente mirada a través del retrovisor. Cuando llegamos le pagué lo que marcaba el taxímetro: cincuenta pesos. Al bajar del vehículo me dijo —Que te vaya bien Heriberto—. 

Me quedé pasmado por la sorpresa, volteé a verlo y al instante percibí una enorme familiaridad hacía ese hombre. “¡Ay cabrón! Es Axel” resolví en el pensamiento. — ¿Eres Axel? — le pregunté, ya seguro de que sí era. Y me observó con una vergüenza insostenible, como arrepentido de haberme descubierto su identidad, “mejor no le hubiera dicho nada, hubiera dejado que me pagara y que se fuera, que cada quien siguiera su camino”, pero ya era muy tarde para arrepentirse. Después agachó la mirada y dijo —Oye Heriberto, ¿podríamos conversar un momento? —.

¿Qué?, ese hombre a quien no veía desde hace más de treinta años me estaba pidiendo que dejara esperando algo evidentemente importante para mí, o sea, a mi esposa y a mis colegas en el evento del año. Escuchar a un casi desconocido me pareció ridículo al instante, sin embargo, un pensamiento me puso de regreso en el taxi “Tengo que escucharlo, Axel Potebnia tiene una deuda grande conmigo”.

Quería saber cómo el niño más rico de la secundaría se había convertido en eso que estaba en frente de mí, cómo alguien que había crecido con una seguridad infinita en sí mismo, estaba ahora tan reducido a poco más que un zombi.

Sus padres eran emigrantes europeos, él era hijo único y había nacido en México, lo inscribieron a la secundaría pública con la idea de integrarlo a la sociedad mexicana y no aislarlo con los hijos de los demás compatriotas emigrados. Era una familia rica, o quizá solo los considerábamos así porque su posición era mejor que la nuestra y, tal vez, por eso se sentía superior a nosotros, era un niño cruel al extremo.

En lo que a mí respecta, yo no conocí a mi padre. En ese entonces, mi madre tenía un puesto de frituras afuera de la escuela y eso me valió para que Axel y el grupito del que era líder me nombraran “el chicharronero”, me molestaron durante los dos años que estuvimos juntos en la escuela. También me decían IBM, acrónimo de Inmensa Bola de Manteca; o Heripuerco o Hericerdo. Cuando se trataba de molestar a los demás, en especial a mí, su creatividad no tenía límites. A pesar de eso, yo deseaba pertenecer a su grupo y hacía todo lo que ellos me decían, pero siempre terminaban burlándose. 

En una ocasión me invitaron a irme de pinta con ellos, yo estaba muy emocionado porque pensaba que después de eso me iban a aceptar. Teníamos que escalar la barda de la escuela que era bastante alta, recuerdo que cuando me encontraba en la cima sentí mucho miedo, yo era el último, ya todos estaban del otro lado y me gritaban “I-Be-eMe, I-Be-eMe, I-Be-eMe”. Salté, más por la presión que por valentía y me quebré la pierna, ninguno de ellos me ayudó, ni uno solo, se echaron a correr mientras yo gritaba y lloraba del dolor. Un prefecto de la escuela me escuchó y fue quien me ayudó. Me sentía realmente estúpido y además me expulsaron, terminé la secundaría en otra escuela y a ese grupito no volví a verlo nunca.

Después superé esa etapa. Ya en la preparatoria entré a clases de natación y bajé de peso, me fue muy bien en general, nadie me volvió a molestar. Más adelante me convertí en eso que llaman “una persona exitosa”.

Lo natural hubiera sido que Axel, por las posibilidades que tenía, estuviera en una situación más privilegiada que la mía, pero en ese momento los hechos me mostraban que no. ¿Qué le había sucedido a Potebnia?

Le advertí que solo tenía unos minutos. Definitivamente quería tomarme el tiempo para lo que en ese momento consideré la venganza que el destino me estaba otorgando. 

— Heriberto, es muy probable que no vuelva a verte, y es por eso que quiero conversar contigo— me dijo con mucha confianza y una enorme tristeza, como si fuera a confesarse antes de su muerte. Yo decidí dejarlo hablar sin interrupciones.

Me contó que se había formado como piloto aviador y que ganaba un dineral, pero lo había despilfarrado en una vida de excesos que lo hacían realmente feliz. Después se casó con una hermosa gringa y tuvo una hija. Pero debido a sus infidelidades, la mujer lo dejó y le exigió una pensión enorme, ahí empezó su decadencia. Unos meses más tarde comenzó a perder peso de manera excesiva y le diagnosticaron diabetes; le retiraron su licencia de piloto aviador, ahí se derrumbó. Con la herencia de sus padres solo le alcanzó para un departamento y ese taxi que ahora manejaba. 

Pensé que era un imbécil, que con mucho menos que eso mi madre y yo nos habíamos levantado, y se lo dije — Eres un pendejo, Potebnia. Deberías quitarte la vida— en seguida me bajé del taxi para reunirme con mi esposa. Más tarde, esa misma noche, me arrepentí de haberle dicho esa crueldad.

 Un mes después volví a verlo mientras esperaba a Norma fuera de su oficina, ella había comenzado a trabajar en un bufete jurídico que se encontraba en un edificio, era la primera vez que iba por ella. El departamento que Axel se había comprado con la herencia de sus padres era uno de lujo y se ubicaba en ese mismo edificio en el que estaba la oficina de mi esposa. Axel se veía peor que la vez pasada. Una vez más me dijo —Heriberto, quizá no vuelva a verte, pero necesito que me prestes quinientos pesos, debes estar consciente de que es probable que no te pague, por favor ayúdame—.

Yo sentía un poco de culpa por lo que le había dicho la última vez, y en esa ocasión parecía estar al borde de la locura, así que le presté el dinero que me estaba pidiendo.

La siguiente semana Axel se suicidó. Norma me contó que sacaron el cuerpo en una bolsa negra, se había colgado con una cuerda de una viga que atravesaba el techo de la sala, su hija lo había encontrado.

Claudia Potebnia se llamaba la adolescente. Entró al departamento y sintió algo parecido a un electroshock que le carbonizó el cerebro, el cuerpo de su padre se encontraba suspendido de una viga, una cuerda lo sostenía con un nudo en el cuello. Estaba pálido y deformado. Había una miríada de colillas de cigarros en el piso, el padre no tenía el hábito de fumar, solo cuando estaba preocupado.

La joven permaneció frente a la escena un largo rato. Su madre la encontró recostada sobre las colillas, el cadáver de Axel estaba suspendido frente al cuerpo tembloroso de la adolescente. 

Nos presentamos en el funeral como amigos de Axel, ahí escuchamos el testimonio de su hija. Una ligera carga de culpabilidad viene a mí de repente, por haberle sugerido que se quitara la vida, pero la cubro de inmediato con la seguridad de que si lo hizo fue porque ya no toleraba más su existencia. Solo me pregunto qué será de su hija, qué es lo que vendrá en esa vida tan desafortunada ¡Que herencia tan terrible la que Axel le dejó! Y mis quinientos pesos, bueno… eso ya no importa.

Shaila Esquivel

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