W. Burroughs definía el Cut-up como una forma artística que filtra el futuro entre líneas. Todo lo grabado puede ser editado, como la realidad misma. En este sentido, se trata de un método para imaginar la realidad a partir de la deconstrucción aleatoria de su semántica. Aunque resulte difícil de pensar, cada una de estas referencias demuestra la afortunada relación entre lo azaroso, auténtico y literario.
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Lafkadio no llama con frecuencia. Entre todas las vidas posibles eligió la del ermitaño para entretejer sus ideas en teorías o enredar la madeja un poco más. Lo conocí… espera, sería injusto decir personalmente, porque lo personal es político o subjetivo y eso ya había sucedido gracias a la publicación de su columna dominical en un reconocido periódico. Mejor digamos presencialmente, eso sucedió años después, cuando una lluvia alucinante me obligó a refugiarme en una librería de viejo cerca del metro Insurgentes. Lafk, elegante saco de tweed y lentes redondos, hablaba con soltura con los Coyotes viejos sobre libros viejos, ¿de qué más podría ser? Recuerdo que deambulé por los estantes de olor vainilloso, mientras secaba entre visillos la plática sobre jazz, beats y contracultura. La lluvia chorreaba intensa. Mi falta de recato y la referencia bibliográfica “atinada” como debutante lectora de lo marginal, derivaron en lo extraordinario: resultó que el autor del libro citado contestaría mis dudas de inmediato porque lo tenía enfrente. Lafkadio con los ojos brillantes, movió ligeramente los labios a manera de media sonrisa, para después invitarme un trago cerca de ahí.
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Desde la primera visita a su casa de Frontera, me dejó hurgar en los tesoros de sus libreros y poner a prueba mi francés. Recorría ese espacio con libertad. A veces sumergía irreverentes trozos de texto hasta el fondo de una taza de café muy oscuro. También salía al balcón a fumar y así enfocar la avenida Álvaro Obregón con su atractiva traza decimonónica, lo que me hacía sentir en un paralelismo temporal; antigua como ese caballete que fue posesión de Gerardo Murillo, el Dr. Atl, pero resistente ante la respuesta del polvo que entraba por la ventana. Todas las historias que se contaron ahí se tornaron en sí mismas un refugio, a veces ácido, otros, amargo.
−Esta tarde el viento se cuela por las rendijas y convida a las almas a acercarse, tal vez por ello la invitación es cómplice— La voz de Lafk, un tanto solemne −Hoy se cumplen cuarenta años de la muerte de Kerouac. Vamos a poner unas flores en una de las casas donde vivió ¿no? Es la única que queda en pie.
Adelantada visualmente recreaba cada escenario posible. En el camino resonaron en mi cerebro haikus libres, poemas jazzeados, el funeral del maestro, los gastados zapatos, los parajes desiertos, los muchos budas y los refugios hogar-cantinas-pulquería de poblados del olvido.
−Hey, Lafk. El espíritu beat es como una explosión, me regala pautas para vivir en este mundo de mierda. Nada se compara a esa sensación de romper las reglas, aunque sea una apariencia temporal. Me siento trasgresora. Aullaré.
Lafk reía discretamente ante mis ocurrencias −Como escritor y poeta, Kerouac conoció la tierra del tequila a su manera, su gente y sus tradiciones, sus misterios y pócimas místicas; todos sus apuntes y vivencias se encuentran recopiladas en Mexico City Blues, cuyo propósito es desentrañar un capítulo perdido de la generación Beat en nuestro país.
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No pasó lo mismo cuando fuimos tras los pasos de Joan Vollmer. Los nuevos amigos suecos de Lafk querían hacer un documental sobre el fallido Guillermo Tell. Intentamos recorrer esos espacios, pero no tuvimos éxito. Ni siquiera pudimos pasar. Las tres hermanas solteras que ocupan el departamento 10, en Monterrey 122, soltaron a sus cinco perros entrenados para ahuyentar turistas y devotos. Por fortuna, los suecos no quitaron el dedo del renglón. El documental quedó listo meses después con fragmentos de frustración remojada en whisky y anécdotas sobre el orgón reichiano en el jardín de Lawrence: Johnny Deep, Kurt Cobain, Sean Penn, Patti Smith, Tom Waits o el gato Fletch. Las armas, los dardos envenenados o las drogas, enmarcando la imagen de un Billy Burroughs cuidando las hortalizas y su excelente puntería, la que fue perfecta hasta el día de su muerte. El muy maldito.
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Abro los ojos despacio. Despierto dentro del sueño. Tengo su mano. Corro hacia la ventana y la cierro, hay mucho sol. Ahora estamos en Mixcoac, un apartamento pequeño y con mucho estilo en una vetusta vecindad de los años treinta. La luz a chorros me permite inundar de aguamarina la serena mirada de Lafk. Ahora mueve despacio los labios, ¿qué dice? Siranda siranda siranda. Como un mantra. Sonrío. Parece tener un diccionario en sus sueños.
–Cuéntame otra vez, ¿Paulina llorando en los escalones de la entrada de su casa, porque Elizondo había tenido otro ataque de ansiedad? Me parece tremendo, sospecho de Farabeuf como una obra perversa. Qué tanto se parece a esa historia del maestro Argüelles, la que formó parte del guión de una película, donde un soplador de vidrio, para que sus obras sean brillantes y experimentales, debe hacer gritar de dolor a Evodia, su esposa.
—Farabeuf es una historia para cine muy obsesiva. ¿Recuerdas Tajimara? Los escenarios son más aproximados a Godard que a un intento de explicación microfísica en Fuentes o García Ponce. Ese afrancesamiento, basado en clichés, no les permitió relajarse, en cambio, los norteamericanos coetáneos no siguieron esa dirección. Estaban al límite, buscaban quemar, romperse, mezclar lo lúdico con lo sagrado o solo viajar libremente, específicamente en lo que respecta a su sexualidad. Es algo más descarnado, directo y básico, algo que quedó plasmado en la propuesta de Sergio Mondragón en The Plumed Horn, por ser una mezcla un tanto arriesgada de las antiguas culturas americanas y la fatalidad de la posguerra norteamericana, Pero, tal vez lo importante sea mirar a través de la biografía a nivel molecular, no como un asunto moral o de trascendencia ética. Más Darwin, menos Kant. Un extraño Artificium. Hay demasiadas cosas que están de más en el mundo.
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“Todo me lleva a la atroz conclusión de que jamás habría sido escritor sin la muerte de Joan” (Queer, William Burroughs)
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Los días en Santa María la Ribera valen la pena si vas al mercado o al cinematógrafo; a comer en una modesta cantina o a visitar el Kiosko Morisco en patines. Calle de Fresno. Qué recuerdos. Un barrio cruza la educación sentimental. En Fresno vivieron mis padres, cuando recién llegaron a México. Tal vez por eso, cuando mi hermano y yo éramos muy pequeños, mamá solía llevarnos al museo del “Mamut”. Fui infinitamente feliz en ese lugar lleno de cajoncitos… Muebles, vitrinas, arte… La extraordinaria escalera… Una azotea, “pero qué niña tan curiosa, ven a ver el lugar donde estuvo el primer Cuarto oscuro de la ciudad”. Santa María de mi corazón. En el edificio sesentero de cinco pisos, Lafkadio y yo lidiamos con una extraña criatura que vivía en la azotea. Recorrimos la zona. Bebimos vodka aderezado con la dama de la ardiente cabellera, la misma que peinó en sus últimos días el maestro Arturo Rivera.
−Es una imagen afortunada de Porfirio Barba Jacob… Pero, realmente si fumo es porque tú me la das– Decía Lafk, a manera de descargo moralino.
− ¡Eres un farsante! ¿Cómo escribes sobre algo de lo que no conoces? No te hagas de la boca chiquita. Hay mucho qué aprobar sobre eso. Necesitamos informantes y testigos. Por ejemplo, si tuvieras que adivinar cuál era el disco favorito de Jimi Hendrix, ¿qué dirías? ¿Muddy? ¿Dylan? Ves, no es tan fácil dar una sola respuesta. Requieres confiar en un testimonio. Un informante. Yo le creo a Kathy Etchigham-Page cuando dice que la mayor parte de los discos de Jimi eran discos de blues. Hagamos un experimento psicodélico desviado, por ejemplo, si tienes que usar grandes amplificadores, wah-wahs y un equipo que haga que tu guitarra diga cosas diferentes, rayos, tú no puedes tocar blues. La gente lo podrá discutir pero yo estoy completamente segura que Jimi era un blusero, eso es realmente lo que lo prendía. Es una intuición. Pero para el proceso de creación escritural puede ser una pista para saber dónde realmente pertenecía el corazón de Hendrix o de quien quieras. Cualquiera que diga que Jimi iba a volverse músico de Jazz se puede ir a la mierda. Si Jimi estaba con un músico de jazz, le gustaba el jazz, si estaba con un cantante de folk, el folk, así era él. Pero lo que realmente le gustaba y lo que realmente tocaba en privado era blues. Podremos confiar en esos testimonios de la privacidad o no.
− Siempre hay más información en lo que no se dice, por ejemplo, otro dato, Ferlinghetti detestaba a Burroughs, me lo dijo con mucho énfasis cuando le di mi libro esa noche en el Bombay… De hecho, Ferlinghetti no quiso publicar El Almuerzo Desnudo cuando era inédito. Siempre hay más. Y te puedo contar también sobre los monjes que guiaron el funeral de Allen Ginsberg. Burroughs se burló de esa ceremonia. Curiosamente, cuando Burroughs murió, llegaron a su funeral cuatro monjes budistas. Argumentaron que Allen Ginsberg, antes de morir, había dejado indicaciones y una suma importante de dinero para la realización del ritual.
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En ese departamento vivimos un temblor y la creación de una colección de libros. Creíamos saber muchas cosas, pero un café se enfriaba. Tratábamos de pensar que todos somos parte de un parque de juegos, no importaba la violencia en las calles o la luz de las torretas a toda hora. Solo queríamos mecernos felices, cada uno en su columpio. Observándonos el uno a la otra, para coincidir en el vuelo y crear un vacío. El testimonio o la ausencia. En ese vacío se recrea la escritura. Jamás seremos escritores sin la ausencia de lo que amamos
–¿Cuándo vamos a hablar de lo nuestro?
–Nunca, Lafk ¿Para qué? Somos muy distintos. Marx tiene razón. No olvides tu pasado trotskista o tu presente aristocrático. No funcionará.
Mientras me perdía en esa melodía que pensaba era nuestra canción, Lafk buscaba la letra en las palabras de otro siglo. Sentido único y otro, siempre. Pero es esa parte del informante y el testimonio la que me empezó a dar una suerte de neurosis. Todos sus personajes femeninos tenían algo de mí. Entendí que Lafk me espiaba y que yo me dejaba espiar.
Una noche me percibí observada como en el cuento de Poe. Descubierta en mis contradicciones más personales y, antes de ser “un corazón delator”, decidí dejarlo llevar el control de los datos por el bien de la literatura. De la Gran Literatura, como habíamos prometido. Pero el desplante de la construcción de esa otredad nos llevó a una situación delirante. ¿Quién es el que habla realmente? ¿El efecto Pigmalion o la necesidad de una musa o informante?
Ante la zona oscura de una realidad terriblemente humana, el ser testigo, informante u obra, otorgan una sensación un tanto laberíntica. Lo que me recordaba demasiado al inestable vaso en la cabeza de Joan Vollmer.
No, no salí corriendo, pero tampoco quise jugar a Guillermo Tell. Hay mucho qué contar, creo que merecen leer en algún momento cómo termina esta historia.
(para Joan Vollmer)
2 Comments
David Uve Estrada
Me gusta ese espíritu beat impregnado en cada recoveco de este relato. Se nota que la autora se pasó mucho tiempo de su vida inmersa en este mundo místico y dionisiaco de Burroughs y su compañía armada. Cumple al 100% con la función narrativa del Cut-up, avanzando en rápidos fotogramas narrativos que me dejaron sumamente interesado en seguirla leyendo. Saludos y muchas gracias por compartir.
Rodrigo Vera
Estar en el laberinto de la mente de una mujer, culta, musica, melomana, literaria, poeta , blusera, citadina y cuarentona es un privilegio extraordinario. Mas textos audaces y pictoricos como este, aunque para entenderlos sea necesario un astrolabio.