¿Alguna vez han robado o al menos sentido la tentación de tomar algo ajeno? Si me permito tan atrevida pregunta es para contar una anécdota…
Tras caminar un rato, entré a una sucursal de Starbucks. Compré un café americano y me dirigí a un sillón para leer, fue entonces que la vi de reojo. Estaba arrumbada en un librero empolvado. ¿Nada hubiera pasado de no ser por el logotipo del extinto CONACULTA en su contraportada celeste? No lo sé.
Para Simon Weil, todos los pecados son un intento por llenar un vacío. Yo he intentado llenar el propio con libros y luego de algunos años, he aprendido que en los lugares menos esperados hay tesoros. Tras beber la mitad del americano decidí acercarme al librero para tomarla. No era azul, estaba «intervenida»: originalmente blanca, alguien la había pintado. En la portada se leían los nombres de distintos escritores: Adonis, BeiDao, pero fue Anaïs Nin con Un viaje a Marruecos quien me hizo abrirla inmediatamente. Saber que la blanca Fez es un laberinto donde calles y casas se entrelazan indescifrablemente, que sus pasillos y ventanas están enrejados con celosías, que sus habitantes —al menos aquellos que la francesa conoció— no ven en la amistad un intercambio sino la creación de un ambiente favorable, soñador, meditativo, ¿fue lo que me encendió el deseo? Bastaron esas líneas (¡qué líneas!) para que desde muy hondo de mí algo o alguien dijera: «Esta revista debe ser mía»…
¿Por qué nos enamoramos? No hay respuesta, aunque me seducen mucho aquellas palabras de Fedro en el Banquete: «un amante es cosa más divina que un amado, ya que está poseído por un dios». Sin embargo, hoy vivimos otro tiempo (¿o debo decir otro lenguaje?). Más de dos mil años después, Freud —que debe mucho a Platón— nos recordó que además de personas, también nos enamoramos de cosas, de ideas. No sólo tenía claro que existen diferentes tipos de amor, sino que toda persona es guiada por una «moral» que regula su conducta: el ideal del yo. Sin embargo, Freud también nos dirá que al enamorarnos «la conciencia moral no se aplica a nada de lo que acontece en favor del objeto (la persona o cosa en quien nos fijamos); en la ceguera del amor, uno se convierte en criminal sin remordimientos. La situación puede resumirse cabalmente en una fórmula: El objeto se ha puesto en el lugar del ideal del yo». Sea la posesión de un dios o una psicopatía, enamorarnos es la máxima experiencia de conocimiento y por ende de autoconocimiento.
Regresando a la anécdota, esa tarde aquella revista había desbordado mi eros. El mundo se había reducido a una revista o parafraseando a Lope de Vega y su famoso poema acerca del amor, no hallaba centro ni reposo fuera del bien. ¿Cómo hacerme de esa revista, de las palabras y la belleza que contenía? Robándola.
Miré alrededor: el lugar estaba casi vacío; yo lejos de las cámaras; en la barra sólo una chica distraída. Una especie de coro comenzó en mi cabeza: «guárdala en tu mochila y ya»; «no, mejor tómala y luego sales como si nada»; «no, no te arriesgues, déjala». Necesitaba aire. Robar. En algunas partes de México han cortado las manos a los ladrones. ¿Exagerado? Tal vez, pero cada cabeza es un mundo. Para algunas personas tomar una vieja revista que “a nadie le importa”, que está ahí “para qué te la lleves” jamás significaría un dilema ético. Pienso que robar es robar, así que dejé la revista y fui al baño en busca de aire y olvido. Inútil. «Eros que rompe las fuerzas, y de todos los dioses y de todos los hombres domeña la inteligencia y la sabiduría en sus pechos». Entonces, mientras nuevamente me armaba de valor para robar la revista vino a mí un sueño que había tenido días atrás…
Visitaba a una escritora muy anciana acompañado de un amigo. Uno de sus nietos nos recibió, la casa era muy hermosa. Subimos hasta su cuarto, ella descansaba. Cuando despertó mi amigo la ayudó a sentarse en una silla de ruedas y se la llevó. Quedé sólo por un momento. En la mesa de noche había un libro, era obvio que la mujer lo había estado leyendo. Algo me decía que era un compañero de toda la vida. ¿Por qué le estaría dedicando sus últimos momentos? Casi deshojándose lo abrí, una de las solapas, ya desprendida, hacía las veces de separador. Debieron ser las ilustraciones con caballeros y escenas épicas, pudo más el misterioso glosario con nombres que jamás había escuchado. Decidí robarlo. Salí de aquella casa, ni los nietos ni mi amigo se dieron cuenta. Sólo ella cuando a la noche lo buscara. De inmediato sentí una culpa que nunca había conocido. Las manos me ardían de vergüenza y mis oídos estaban aturdidos, sé que eran las Erinias reclamándome. Había traicionado la confianza, la hospitalidad. ¿Devolverlo? ¿Con qué cara, qué argumentaría?…
Desperté destrozado (¿el desajuste del ser, la presencia del mal de la que habla San Agustín?). Y exactamente así me sentía en el baño; pero tras recordar este sueño, ocurrieron dos cosas: la primera, afirmar con Jung que los sueños son la Via Regia hacia el inconsciente y por lo tanto una vía al autoconocimiento; el problema es que hoy no le damos mucha importancia a los sueños, a veces ni siquiera los recordamos al despertar, pero ese es un tema para otra ocasión. La segunda: de alguna manera hay una similitud entre lo soñado y lo que en ese momento me pasaba: robar. Desconozco lo que un psicoanalista habría de decir acerca del sueño relatado, pero al menos en ese momento a mí me dio cierta lucidez acerca de lo que debía hacer: hablar, preguntar si me podían vender la revista o plantear una alternativa lícita para obtenerla, dejar otra, por ejemplo. La voz popular dice que hablando —es decir, usando las palabras— se entiende la gente. Yo cambiaría hablar por escuchar; si lograra que me escucharan, que supieran lo importante que la revista es para mí… La chica distraída en la barra, con una sonrisa, dijo que no había problema, podía tomarla.
¿Realmente que me pasó? Días después, hojeando Libros, secretos de Jacobo Siruela, creo que encontré una explicación, que no justificación, a lo ocurrido: «aunque el mal no tenga sustancia en sí mismo, subjetivamente sí la tiene. La opaca dimensión interior no se compone de cosas sino de pensamientos, sentimientos, imaginación […] y en esta esfera de la experiencia, el mal existe en estado latente, como una cualidad que aparece y desaparece sin cesar en nosotros, y, como parte de nosotros, puede en cualquier momento despertar y avivarse sin que seamos a veces conscientes de ello». No somos buenos o malos, somos ambos; también libres para decidir.
