Hay una ceguera hermosa en el hincha, una demencia cuerda que Eduardo Galeano entendía como nadie. El fútbol, decía él, es la única religión que no tiene ateos, y el estadio es el único templo donde los milagros ocurren bajo los ojos de miles. Viajar miles de kilómetros para asistir a un Mundial no es un asunto de logística; es una forma de peregrinación. Uno cruza fronteras persiguiendo una promesa: la de participar, aunque sea por unos días, de una alegría compartida. Va en busca de la fiesta que parece capaz de suspender las preocupaciones ordinarias, de ese instante en que los desconocidos se reconocen entre sí por los colores de una camiseta o el grito de un gol.
Pero el fútbol también carga sus contradicciones. El Mundial moderno no siempre es el juego; a veces es la industria que creció a su alrededor. Como ha señalado Juan Villoro en más de una ocasión, la pasión y el negocio conviven en una relación incómoda. Todo parece diseñado para convertir la emoción en producto: los boletos, las experiencias exclusivas, los souvenirs, las zonas VIP. Da la impresión de que la celebración ha sido cuidadosamente empaquetada y puesta a la venta. Por momentos, uno se pregunta si la esencia del juego sigue ahí o si se quedó atrapada detrás de los anuncios luminosos.
Sin embargo, el espíritu del fútbol tiene una costumbre admirable: siempre encuentra una forma de escapar.
Uno llega esperando el estruendo de los estadios y termina descubriendo otra cosa. El Mundial que fui a buscar no apareció en las pantallas gigantes ni en las tiendas oficiales. Lo encontré en una sala cualquiera, compartiendo partidos con personas que no distinguen un fuera de lugar de un tiro de esquina, pero que se sentaron a verlos simplemente porque sabían que para mí eran importantes. La celebración cambió de domicilio. La esencia de la fiesta se mudó a una sala.
Ahí ocurrieron los días de lluvia.
Las conversaciones largas que empiezan sin rumbo y terminan hablando de la vida. Las series vistas por casualidad. Los silencios cómodos. Las bromas privadas. Los descubrimientos que llegan cuando ya no se está buscando nada. Fue en esos momentos donde entendí que el viaje había cambiado de tema.
También apareció una revelación más incómoda. Me asomé a una forma de habitar el mundo que durante mucho tiempo imaginé para mí y descubrí que pertenecía a otros. Hay experiencias que no llegan para mostrarnos lo que podríamos ser, sino para ayudarnos a comprender lo que no somos. Y eso, lejos de ser una derrota, puede convertirse en una forma de alivio.
Con los años uno aprende que la madurez consiste menos en conquistar posibilidades que en reconocer límites. Saber quiénes fuimos. Aceptar quiénes somos. Despedir con cariño a quienes ya no seremos.
Quizás por eso el viaje terminó significando algo distinto. La distancia recorrida, los partidos vistos y las ciudades visitadas fueron importantes, pero no esenciales. Lo esencial ocurrió en los espacios intermedios, lejos de las multitudes. Entendí que la pasión no se mide por el tamaño del estadio ni por la magnitud del espectáculo. Se mide por la capacidad de compartir aquello que nos importa con las personas que deciden acompañarnos.
Para terminar, me quedo pensando en una vieja advertencia del escritor suizo Max Frisch, que bien podría aplicarse a los viajes, a los mundiales y a la juventud:
“Queríamos trabajadores, y llegaron personas”
Quizás yo quería fútbol, y me encontré con la vida.
Últimas entradas:
- El juego ajeno y los días de lluvia
- La Permanencia como Acto de Resistencia: Reflexiones sobre el Murmullo en un Mundo de Gritos
- La Geografía del Silencio: Habitar el Desierto y el Canto Cardenche
- CRUCE DE MIRADAS
- El Dragón en la Azotea
1 Comment
Vero
Siempre es un gusto leerte, Sr. Editor tu mirada crea un espacio de belleza inesperado. Sorprende lo que encuentras, esa extravagancia de lo cotidiano que permanece invisible para el mundo con sus prisas. Tus letras ralentizan el tiempo y profundizan los espacios. Nunca dejes de escribir ni de mirar ni de volver.