Murmullos Murmurantes

¿Los libros, no se rayan?

A los lectores, bien podrían catalogarnos en dos grupos: 1) aquellos que cuidadosamente leen un libro, procurando su conservación física en beneficio de futuros lectores y 2) los que gustamos de leer interviniendo sus páginas con dobleces, subrayados, garabatos y todo tipo de anotaciones. Ambos estaremos de acuerdo en que la lectura es un lugar íntimo y siempre vulnerable a todo tipo de interrupciones. 

No obstante, los sobresaltos no siempre vienen de afuera. Al profundizar en una lectura, parece inevitable que de pronto nos salten ideas que resuenen con lo leído. Estas imágenes o visitaciones pueden incorporarse al pensamiento, guardándose en alguna circunvolución del cerebro o bien pueden ser inscritas en la misma página del libro. En su favor, puedo decir que la acción de profanar las páginas de un libro con el rastro de un bolígrafo te permite estar cara a cara con su autor. Aun siendo de algunos siglos atrás, sus palabras y las tuyas comparten ahora el espacio del encuentro. En la misma página, lo escrito alguna vez, dialoga con los signos o apuntes al margen de lo leído.

Y es que leer es dialogar con la diversidad del pensamiento. Leer, para conversar. Escribir, para platicar. Dos palabras para una misma acción o dos verbos distintos que en direcciones opuestas, como el habla y la escucha, conservan un mismo sentido. No es posible escribir sin haber leído y ocurre que pocas veces se puede leer sin responder al impulso de transgredir el blanco del libro, de habitar sus páginas con la huella caligráfica de nuestros pensamientos.

Sin embargo, hay un riesgo en esta libertad cuestionada. En un breve ensayo, Fabio Morábito advierte que la vanidad de subrayar un libro de forma compulsiva puede representar un bloqueo para la creatividad del escritor. Es cierto, cualquier exceso romperá el equilibrio de la conversación, dando como resultado la erudición incomunicable o la diarrea de palabras hasta la deshidratación. Después de todo, habrá que procurar cierto equilibrio porque el escribir sobre un libro impreso puede resultar además un acto estético: su propuesta ha de ser creativa y no destructiva, respondiendo a la ética de habitar un objeto más que al sinsentido de estropearlo. Al añadir más tinta a lo ya impreso en un libro, creamos un espacio al que nos prometemos volver. De hacerlo, la sorpresa estará en el encuentro o desencuentro con uno mismo. 

El punto es, que nada que esté vivo permanece intacto. La piel se arruga y se agrieta, como evidencia del paso de los días; las relaciones afectivas se desgastan o se fortalecen con el tiempo; y las hojas de papel se degradan o se incineran como en Fahrenheit 451. Lo que realmente importa no es el libro adornando un librero, cuando lo que perdura es su lectura. Al escribir o subrayar en un libro, apostamos por nuestra trascendencia en una memoria compartida, pero a su vez, como escribe Esteban Ordoñez Chillarón, este sacrilegio necesario repercute más en quien lleva a cabo la acción que en el mismo objeto.

Sea entonces la pregunta: ¿qué huella es dejada en nosotros al atrevernos a rayar un libro?

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