CUANDO MIRO LA CIUDAD pienso un bosque, un bosque es un laberinto. Al perdernos siempre hallamos algo y ese algo encontrado puede ser tan propio como nuestro reflejo. ¿El minotauro sería el reflejo de Teseo? ¿Y Ariadna y el hilo, que serían?
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Hace algunas noches, caminando, me topé con una pareja, era joven, acaso en sus treinta. Comenzaban una discusión. Ambos de pie, junto al coche. Ella parecía guardar su cosas en la cajuela, aunque también podría estarlas sacando, ¿salía de trabajar y él la recogía? o ¿estaba llegando a casa? Qué importa, ella empezó a decir: «¡estábamos bien, estábamos bien!», y cada vez alzaba más la voz, voz que era mezcla de miedo, enfado y desesperación; entre cada frase intercalaba el nombre del novio. Mientras los pasé de largo ella no dejó de repetirlo: «estábamos bien». Ya lejos de tan penosa situación la seguía escuchando, era como un eco.
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Desconozco todo sobre esa pareja, su historia es misterio, ¿para qué teorizar o inventar culpables? Sin embargo, la frase no dejaba de exigirme, no podía ser en balde que sintiera pena por su dolor, ¿qué me estaban reflejando esos dos que no me resultaban ajenos? No tardé en encontrar un hilo en aquella madeja mental: pienso que aquella expresión, por la forma en como la chica la repetía, era una especie de conjuro o mantra para alejar y alejarse de un riesgo, ¿para no afrontar una verdad? Si es así, esa verdad sería lo contario al reclamo: no estábamos bien. Y como no quiero aceptar esa verdad —tal vez Freud diría realidad— no escucharé. Magia.
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«Ya vas a empezar», «ahora no», «luego hablamos». Constantemente lanzamos y nos lanzamos conjuros para negarnos a escuchar, y por ende a reconocer, que no estamos bien, sea con la pareja, la familia, el trabajo, en una palabra, con uno mismo. Peor aún: casi todo el tiempo lo desconocemos. Las cosas marchan, se mueven y cómo no si la tierra siempre está en movimiento, pero ya lo dicen unos versos de Gil de Biedma, «por debajo / algo tira más fuerte». Tarde o temprano ese algo se reclamará en malestar, malestar que nuevamente evadiremos a toda costa: viajes, compras, placeres, incluso con trabajo. Toda corriente subterránea siempre busca salida y el malestar se hará escuchar, por ejemplo, la noche de un sábado.
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Dije debajo y subterráneo. Ambas palabras refieren lo que no se puede ver. Según el diccionario de los símbolos de Juan Eduardo Cirlot, el lago y sus aguas superficiales son «significado de espejo, de imagen y autocontemplación, de conciencia y revelación». Carl Gustav Jung siempre quiso vivir cerca del agua, en su caso era porque el lago también representa lo oculto, lo desconocido, lo sumergido, lo inconsciente. Creo que no existe la inconsciencia total. En todo caso hay grados de inconsciencia, de desconocimiento.
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Es el conocimiento lo que permite a Edipo vencer a la esfinge; sin embargo, es mucho más lo que él desconoce. Los psicólogos Joseph Luft y Harry Ingram se inspiraron en Edipo Rey para ofrecer un modelo gráfico de comportamiento interpersonal, dicho modelo es llamado Ventana de Johari. Se trata de un cuadro formado por cuatro cuadrantes que representan a la persona total en relación con otras personas. «La base que lleva a distinguir estos cuadrantes es la conciencia o percepción del comportamiento, sentimientos y motivaciones», dice Felicísimo Valbuena en un deslumbrante ensayo al respecto.
Veamos un poco más: el primer cuadrante se refiere a lo que yo sé de mí y los demás también; el segundo es aquello que los demás saben de mí, pero yo no; el tercero es lo contrario del primero: lo que sólo yo sé de mí y mantengo oculto a los demás; el más fascinante es el cuarto: «es el cuadrante desconocido, es decir, abarca todos aquellos comportamientos, sentimientos y motivaciones que resultan desconocidos para el individuo y para los demás. En Edipo Rey, las causas de la peste resultaban desconocidas para Edipo y para los tebanos. Sólo los dioses sabían lo que ocurría». Este cuarto cuadrante, estos «dioses», esta tierra ignota es lo inconsciente.
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No sin cierto sarcasmo, Jung decía que los hombres modernos se creyeron libres del mundo simbólico y del influjo de los dioses, pero en realidad éstos no habían desaparecido, sino que se convirtieron en enfermedades. Ya no tenemos dioses, tampoco oráculos, ¿cómo alcanzar el cuarto cuadrante? Para Fernando Pessoa «cuando el alma es viuda / de algo que ignora, el sentimiento es ciego». Y con todo, sentir ya es conocer. Según Valbuena, podemos emplear la deducción o la retrospección; también las situaciones-límite, esos cambios que cualquiera puede experimentar durante una crisis o enfermedad o bajo determinadas drogas o estados de privación sensorial e hipnosis; asimismo las técnicas proyectivas, los sueños… Todos llevan a dicho cuadrante.
Tras leer La tradición oculta del alma de Patrick Harpur, creo que Valbuena, entre otras cosas, nos está hablando del alma; todos los caminos que señala nos llevan a sondear esa dimensión olvidada, acaso reducida a mente; ya decía Paz que hoy alma es una palabra prohibida. ¿Y cuál es esa tradición en torno al alma? Una muy lejana de lo que normalmente entendemos por religión. Es un saber tan propio como ajeno y que nos acompaña desde los orígenes más remotos; comienza con los primeros chamanes hasta llegar al mismo Platón. En esta tradición surgirá, sin saberlo ella misma, la psicología de las profundidades pues como Mircea Eliade ha dicho del psicoanálisis «éste inauguró un nuevo modo de descensus ad ínferos»; no olvidemos que Gilgamesh también fue primero en descender a los infiernos.
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En Más allá del principio de placer, Freud afirma que «la tesis de Kant según la cual tiempo y espacio son formas necesarias de nuestro pensar puede hoy someterse a revisión a la luz de ciertos conocimientos psicoanalíticos. Tenemos averiguado que los procesos anímicos inconscientes son en sí “atemporales”». ¿Acaso Freud nos está diciendo que en el inconsciente impera el tiempo mítico? Si es así, se trata de un tiempo sin principio o final, donde los acontecimientos siempre están ocurriendo: Edipo está matando a Layo y a la vez, siendo niño, le están atravesando los pies para colgarlo y abandonarlo a su suerte en el Citerón. In illo tempore; sin embargo, el que los acontecimientos no estén ordenados cronológicamente en el inconsciente no debería entenderse como ausencia de orden o caos, tal vez la mejor manera de comprenderlos sería pensarlos como laberinto: orden por descubrir, por resolver.
Según el diccionario de la RAE, laberinto es un «lugar formado artificiosamente por calles y encrucijadas, para confundir a quien se adentre en él, de modo que no pueda acertar con la salida». Si la técnica psicoanalítica es un descensus, entonces la sesión terapéutica sería el lugar de acceso, el umbral o puerta donde comienza dicha inmersión hacia el laberinto de la memoria profunda, laberinto construido no artificiosamente por la vida misma, tanto la individual como la colectiva.
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Cualquier espeleólogo sabe que todo descenso entraña el peligro de no regresar, cuando Teseo entra al laberinto no lo hace solo: mediante el hilo Ariadna lo guía. Así, el buen terapeuta guía al paciente en su descenso hacia lo inconsciente, y más importante: también lo ayuda para regresar a la superficie, pues es el regreso la reelaboración de lo vivido. Sin el hilo de Ariadna, Teseo no podría retornar: podemos entrar en una cueva y avanzar sin parar hasta agotarnos, pero para regresar se necesita el hilo, se necesita de Ariadna. Quizás la princesa cretense, el laberinto y aquella larga hebra también podrían simbolizar todo lo anterior: la resignificación de lo vivido para seguir viviendo sin dejar de vivir.
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Aclaro: de ninguna manera considero a los psicoanalistas oráculos modernos, ni que las muy distintas corrientes del psicoanálisis sean todas efectivas, de hecho, es muy difícil encontrar la técnica, el espacio y la persona indicados, pero cuánto vale intentarlo. Lo digo por experiencia propia: desde hace tiempo cada semana tengo cita con el terapeuta o ¿debiera decir conmigo mismo? Me escucha y me escucho. En cada sesión es sorprendente todo lo que puedo llegar a escuchar/me decir acerca de mí mismo. Autoconocimiento.
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Aunque los servicios de atención psicológica cada día tienen más demanda, parece que el grueso de la sociedad sigue sin considerar esta alternativa. Acercarse a la terapia psicológica en busca de orientación sigue siendo un tabú, no poca gente sigue creyendo que es para locos. Sin embargo, como ya lo decía, tal vez tenga mayor peso la negativa a reconocer que las cosas no andan bien y por lo tanto hay que pedir ayuda. El niño siempre pide ayuda. El adolescente no, su ánimo de independencia lo obceca, cree poder resolver todos sus problemas por sí mismo. El adulto, el verdadero, pide ayuda y lo hace porque sabe, como el niño, que es pequeño ante la vida.
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En mi decisión de acudir a terapia quizás tuvo qué ver la lectura de Merecer un libro hace un par de años. En uno de los ensayos que lo componen, su autor, el maestro Vicente Quirarte, hablando de su amor por los libros, «como no queriendo la cosa», introduce una pequeña confesión: «Cuesta menos encuadernar libros que ir al psicoanalista. Pero si no hubiera estado diez años en terapia —primero con Frida Zmud, tan Ava Gardner, tan aguda, tan temible y luego con Miguel Matrajt, el mejor Sherlock Holmes del alma— no tendría el impulso de seguir…». Tal vez estas palabras fueron el exhorto que comenzó a cimbrar el muro de mi resistencia; pero momento, me he desviado demasiado de aquella anécdota que nos introdujo en esta selva, en este laberinto: la pareja discutiendo. Creo que si aquella imagen me resonó tanto esa noche es porque me recordó a mí mismo. Era un espejo y me reflejaba como las aguas de un lago, lago al que cada vez me sumerjo más hondo.