Habrá quien afirmé que sólo conoce un cielo gris y que las transparencias del aire ya no forman parte de su tonalidad. Miente o no sabe mirar. No le culpo. Observar el cielo es una práctica poética, cada vez menos usual.


Por motivación o terquedad, me he dedicado a mirar las nubes y a perseguir amaneceres y puestas de sol. Todo para descubrir que el cielo a favor existe, que el aire se comunica con la tierra y que una mirada lo mismo puede condensar una tormenta que aguardar la esperanza necesaria para un nuevo amanecer:







