Murmullos Murmurantes

Corazón intermitente

Por mucho tiempo creí que escribir la palabra «corazón», digamos en un poema, era cursi y nada original. Cuando escuchaba a una pareja decirse «corazón» para referirse el uno al otro pensaba que era horrible y que yo no iba a permitir de ninguna manera que alguien, sobre todo con quien llevara una relación sentimental, se refiriera a mí de esa forma. Tenía la sensación de que esa palabra era una especie de cáscara del lenguaje, vacía y sin sentido, que era utilizada cual comodín en miles de canciones pegajosas que sonaban en la radio. Era muy joven.

Mi vida continuó y olvidé la palabra porque ella no me hizo falta ni en mis trabajos ni en mis vacaciones. Así pasaron los días y un par de años hasta que me enteré que tenía una arritmia en el corazón. Nunca imaginé que a mis 29 años visitaría al cardiólogo, pensaba que esos lugares eran sólo para personas de edad avanzada. Recuerdo que en una de las primeras consultas él me dijo: Alejandra, te presento a tu corazón mientras yo lo veía latir en vivo y me hacía consciente de su forma real. Aquellas palabras, aunque sencillas, me estremecieron, en ese momento me parecieron hasta poéticas. Sentía como si me estuviera mirando al espejo.

Ese suceso me hizo reflexionar en cómo era posible que ese ritmo interno me mantuviera aquí y, además, que estuviera vivo día y noche, rítmico o arrítmico. Me impactaba pensar en un corazón de 90 años o más, imaginar los millones de latidos que habían surgido de él era una locura. En las noches silenciosas comenzaba a escuchar el mío y, no voy a mentir, sentía temor, no quería que detuviera su andar pues pensaba en lo triste que era cuando el ritmo de alguien cesaba y había que decir adiós para siempre.

Imagen tomada de internet:
https://weheartit.com/entry/303012999

El origen de mi arritmia es desconocido pero yo lo adjudiqué al sobresalto constante en el que había estado viviendo incluso para descansar y relajarme. Supongo que debe ser arduo para un corazón entrar en la velocidad actual, aquella a la que Pablo Fernández Christlieb1 se refiere como velocidad social y en la que la sociedad vive a unos 50 u 80 kph –que surgió después de descubrir la velocidad automotriz-, y como él mismo refiere, es aquella en la que también “…corren las obligaciones, los deseos y las superficies asfaltadas, el trabajo, las ansias y el tamaño de las construcciones”, todo ello carente de un sentido de apreciación y siempre con prisas. En mi caso, no me di cuenta cuándo pasó.

Como se verá ya no me cuesta decir «corazón» pues al fin pude sentir compasión por el mío. Sé que está ahí latiendo con fuerza y con muchas ganas pero también entiendo su fragilidad tanto emocional como física y por ello busco, en cada oportunidad, disminuir la velocidad para restarle trabajo y vivir mejor. No siempre lo logro pero lo intento y debo decir que ahora cuando escucho alguna canción que habla de un corazón confidente, delator, atómico, partío y hasta de chocolate o de melón, claro que me empalago pero también sonrío.


  1. Fernández, P. (2005): La Velocidad de las Bicicletas en La Velocidad de las Bicicletas y Otros Ensayos de Cultura Cotidiana (146-147). México: Vila Editores.

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