Esta noche el clima congela mis articulaciones. Por azares del destino me encuentro andando en las mismas calles donde caminamos meses atrás, cuando el tiempo era cálido. Usábamos gafas bajo un sol enorme, buscando un poco de sombra.
Ahora, titubeo alrededor de las fauces de este laberinto. Mi paso va lento en medio de edificios que lucen como vigilantes, observándome de forma inculpadora. Al andar por estas avenidas grises y húmedas tengo la sensación de haber olvidado algo.
Mi andar es por banquetas llenas de aparadores, con tipografías tan variadas y trastornadas. Arreglos navideños colgando de un lugar a otro; y ese color rojo, que ahora se me hace tan solitario. Tan ausente de fuego. Un fuego muerto. Muerto por pasión.
Mi voz ya no es mi voz. He perdido el significado de mis propias palabras, si es que alguna vez fueron mías. Vocablos, tonos, ademanes y ritmos, todos ajenos a mí. No percibo de qué habla la gente. Solo quiero encontrar un refugio de este frío y de este aire distorsionado. Deambulando ahuyenta de mí la quietud y la armonía.
Voy esquivando gabardinas, abrigos, cuerpos, sueños, almas. Este camino ha sido largo. Quisiera tener la fortuna de ser un vagabundo, al menos sabría a dónde dirigir mis pasos.
Me detengo unos segundos esperando el verde peatonal y miro el cielo. Una lluvia fina hiela mi rostro. Bajo esta neblina densa, me siento miserable y perdido en un autismo. Aprieto mis puños para no sentir el frío, para no sentirme débil, para seguir avanzando. Pero mis pasos son torpes, sin ritmo y mi pulso va degradándose.
Me pregunto ¿a dónde se fueron nuestros planes, nuestros sueños? ¿Qué ha quedado de ti? Me vienen imágenes de esos ayeres que no regresarán. Ya no hay más tardes de parques ni risas. Ya no hay matices, ni manifestación de lo que fuimos. Ya no hay gestos. No más tu cuerpo. No más mi cuerpo.
¿Qué dios nos condenó a esta confusión? ¿Qué suerte nos arrojó a esta parquedad?
No fue falta de comprensión. No fue ausencia de empatía. No fue silencio.
Entre nosotros no fue edificado un muro sino una torre, donde ya no comprendimos qué hablaba el uno o el otro.
Como hijos de Adán, nos fue confundido nuestro lenguaje. De esta forma, cesaron nuestros anhelos.
Xavier Ariza