Murmullos

La Sociedad de Judas

¿La corrupción se combate con corrupción? No. Pero parece que, cual peste, la corrupción engendra más casos de sí misma. Típicamente hay un corruptor y alguien que puede ser corrompido, lo cual nos hace saber que es un fenómeno interaccional. No intrapersonal. Esto es baladí, pero significativo. La corrupción no puede darse individualmente, precisa la complicidad y se concreta en el silencio. Es por ello que se ha convertido en un fenómeno cultural, porque se ha socializado como forma de resolver los problemas. No, como se piensa generalmente: una “característica” propia del mexicano. Vivir en México no te hace ser corrupto per se. Sostener lo contrario es sugerir que somos ontológicamente perversos. Y eso es un error. Estamos, sí, en un medio que precisa del soborno para obtener favores, privilegios o, incluso, justicia.

Pero esto último es una falacia: la corrupción y la justicia no se llevan. Más la simulación de la justicia si puede dar una apariencia de legalidad a los decisiones gubernamentales. Vivimos pues, en un Estado fingido. En un simulacro de legitimidad. Los corruptos, para mantener su comercio, deben aparentar y callar. Las consecuencias de esto las conocemos tan bien que resulta doloroso enlistarlas.

Quedando claro como no se resuelve el problema, vale la pena preguntar por como sí se resuelve. La respuesta, también la conocemos todos: con honestidad. Pero nuevamente esta respuesta es insignificante, porque todos sabemos ser honestos. ¿Qué pasa entonces para que el mito de la corrupción se perpetúe? Sospecho que es el egoísmo. El cuál es la exclusiva preocupación por uno mismo, por su bienestar y por su comodidad material. El egoísta cree que puede prescindir de los demás y usarlos para su conveniencia. Tanto los corruptos ven al otro como un medio para llegar a sus fines, desconociendo en primer lugar  las reglas de la comunidad de la que forma parte, y en segundo lugar, la humanidad de su cómplice, al mismo tiempo que ellos mismos deben renunciar a esta condición. Por tanto no sólo es un fenómeno económico o ético, sino que lleva a la deshumanización de sus ejecutores y a la perversión de la sociedad donde viven.

La soberbia es en esencia el instinto de autoconservación, la búsqueda absoluta de autogratificación, es, en suma, animalidad pura como bien lo señala Leonardo Da Jandra en su “Filosofía para desencantados”. Una sociedad que no supera este estado se dirige a la lucha tribal por los recursos y, en consecuencia, al empobrecimiento de su relación con los demás y consigo mismo. La vida en comunidad precisa del reconocimiento de los demás como iguales y de comprender que yo sólo soy en relación al otro. Si atento contra alguien, lo hago contra mí mismo.

Es claro entonces que la justicia va a ser una posibilidad real en cuanto la sociedad civil comience a corporizarla. Esto es, que la lleve a cabo en sus decisiones personales. ¿Cómo se espera la honestidad del otro, sin que uno no la lleve a cabo? Mientras la honestidad no sea acto en el escenario común será difícil esperar algo de los órganos de gobierno, los cuales, no está de más recordarlo, deberían ejemplificar los valores democráticos. El corrupto no puede seguir siendo el educador del país. De ahí la insistencia de Platón sobre la exigente formación de los dirigentes en su República ideal para que estos lleguen a gobernarse a sí mismos antes de conducir a la polis.

Algunos podrán objetar, no sin razón, que lo que propongo es a largo plazo. Y no lo niego, pero creo que conforme la comunidad vaya generando la confianza de nuevo en sus relaciones personales, se restablezcan los lazos familiares y, sobre todo, se faculte el diálogo fecundo entre ciudadanos informados, habrá mayor capacidad de organización y será más viable exigir a los representantes que cumplan su papel de velar por los intereses públicos y no por los propios. Ante este cuestionamiento pregunto: ¿Qué se puede esperar de una sociedad organizada por un montón  de Judas que comercian su humanidad por unas monedas? Es fácil: una revuelta por el poder, más no una revolución espiritual. Y este es el campo en donde estamos más comprometidos, en restablecer nuestro compromiso con la palabra y con la vida para vivir civilmente, esto es, humanamente. Anteponiendo al afán de lucro, el principio de esperanza de construir una vida en comunidad dignificante.

Ariel Mendoza Romero

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