Columna

Escribir bajo la lluvia: De paso por lo eterno

La lentitud es belleza
copio estas líneas ajenas
respiro
acepto la luz

Blanca Varela

           Ebrios de cerveza y amistad, antes de salir de la cantina, Paco sacó de su mochila una libreta; un práctico regalo para un escritor en ciernes. El obsequio, empastado en verde militar, incluyó sin intención un torbellino que aún soy incapaz de dominar. Quizá, este sea el primer intento de encontrar puerto, un poco de calma y hallar alguna respuesta.

           ¿Qué palabras han de escribirse en una libreta, cuyas hojas repelen al agua? ¿Qué grupo de ideas merecen ser salvadas de un posible diluvio? ¿Qué dignidad, sino la del lenguaje escrito, es capaz de resistir la lluvia de la desmemoria?

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           Comencé a escribir a los cinco años. Las paredes de mi cuarto peligraban con ser insuficientes para grabar en ellas mi nombre. La solución llegó con un pizarrón blanco, que a la fecha conservo, seguido de libros de caligrafía y el nacimiento de un callo en mi dedo anular por la forma “incorrecta” de agarrar el lápiz o la pluma. En segundo de secundaria abandoné la cuadrícula y el rayado en los cuadernos y, como dejar las llantitas de la bicicleta, me aventuré al blanco del papel.

           Escribir, no es más que ofrecer un testimonio del diálogo que ocurre entre el mundo compartido y nuestras entrañas. Aunque, para algunxs escritorxs, su oficio implica ser parte del todo y añadir un poco de belleza a lo ya existente. Escribir, entonces, es también un gesto estético, de reconocimiento al horizonte de vida y una forma de acercarse al mundo y envolverse en él. Al mismo tiempo, escribir, es un acto creador: sirviéndose del lenguaje, quien escribe reestructura el universo conocido y su inventiva conduce en su lectura a nuevas formas de vida.

           He aquí mi misión como escritor. Escribir como un ejercicio de respiración para preservar el instante y traducirlo en palabras o imágenes. Escribir acerca de todo y nada a la vez, entendiendo que lo visible sólo es real a partir de la existencia de lo intangible . Escribir para “mirar la mirada que mira” (Escritura y el enigma de la otredad, p. 80) y buscar la profundidad de la oscuridad; no para huir de ella, sí para incorporarla a la luminosidad de las palabras. Escribir para habitar cada paso y no extraviarse, no extrañarse de sí. Escribir siempre a mano, porque las palabras se encarnan al cuerpo y a los sentimientos en busca de su claridad. Escribir como un remedio para lo que en la superficie parece irremediable.

           En De paso por lo eterno, espacio literario que hoy se inaugura, escribiré como un acto de rebelión en contra de la saturación del sinsentido, desde los confines de la contemplación, para ejercer el antiguo oficio de escribir en compañía. Escribiré, entonces, a favor de brindar hospedaje a quien lee el hilo de mis pensamientos y ofrecer una trinchera en defensa de la quietud de la tempestad y de la precipitación de la calma. En el ensayo, género literario de esta columna, nada está completamente dicho cuando se aleja, por decisión propia, de las verdades absolutas . En cambio, todo está aún por escribirse bajo la lluvia mientras tenga presente los versos inscritos en mi piel:

    Escribo
    para que el agua envenenada
    pueda beberse.

    Chantal Maillard


    1. Ray Bradbury (1995), Zen el arte de escribir. España: Ediciones MInotauro.
    2. Esther Seligson (2000), Escritura y el enigma de la otredad. México: Ediciones Casa Juan Pablos y Ediciones Sin Nombre.

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