El pan suscita el respeto más arcaico,
próximo a lo sagrado; es un memorial.
Pierre Mayol
Hemos perdido la paciencia. Las consecuencias son alarmantes, según se analice. Si nuestra capacidad de espera es casi inexistente, el porvenir queda anulado. Todo es llanamente ahora, impacientemente todo ocurre al momento o en el menor tiempo posible. Con ello, la vida parece ser insuficiente y la distancia con las cosas se desdibuja; caemos en el engaño de la omnipotencia: la vida se somete a nuestro control “absoluto”, quedando al alcance de un clic o de una tarjeta de crédito.
Más allá de este espejismo, es bueno tener presente que una habitación en nuestra casa alberga un conocimiento filosófico y cotidiano que contrapone su sensatez a la imposición del sinsentido de la prisa. Se trata de un antiquísimo lugar, laboratorio de ideas, brebajes, tónicos y caldo de pollo. Sí, en la cocina, entre la pizca de sal y el misterio de la sazón, se halla la sabiduría del buen vivir. Saber que se acumula con los días, donde la vida es resultado de la sana distribución del tiempo entre el hacer y el esperar, y donde aún prevalece la ética del compartir.
El acto de cocinar nos lleva a distintos lugares, es cierto: la obligación impuesta, la ritualidad, el cuidado de sí mismo, la rutina, la creatividad o el goce de todos los sentidos. No es casual la respuesta de Sor Juana Inés de la Cruz a la «muy ilustre Sor Filotea», afirmando que «si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito». Quizá porque escribir es también aderezar lo que se mira con el corazón y se logra traducir en palabras con el uso de la razón. Juana Inés de Asbaje supo a bien comunicarnos que el desarrollo del pensamiento y el deleite de los sentidos forman parte del conocimiento humano:
¿En qué te ofendo, cuando sólo intento
poner bellezas en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?
En este sentido, escribir como quien cocina es embellecer la vida. Esto es, agregar un poco de belleza a la estética del vivir mediante el uso de las palabras. Cocinadas a fuego lento, las historias pueden nutrirnos tanto como una sopa y reconfortarnos lo mismo que una bebida caliente en días de invierno. Todo esto porque el acto de cocinar se extiende más allá de la cocina. El fuego de origen permanece tanto en los alimentos como en las historias y trasciende a la mesa y al cuerpo, espacios donde se comparte y extiende la calidez de su preparación.
Virtud a ello, la belleza en el entendimiento de la vida no está sólo en degustar un buen platillo a la mesa, sino en el saber que éste es el resultado de un proceso paulatino de elaboración. Antes bien, participar en dicho proceso nos hará comprender que todo lleva su tiempo de cocción, que nuestro estado de ánimo influye en el resultado final de las cosas, que nuestro poder de acción tiene un límite y que en algún momento no habrá más que dejar al fuego hacer su trabajo.

Alberto López