Siempre hay opciones, lo cierto es que no siempre puedo verlas. Ahora, por ejemplo, no soy capaz de vislumbrar el escape, este sentir me obliga a lanzarme. Estoy aquí en la orilla del precipicio y no veo la posibilidad de regresar, solo sé que lo siguiente es ir hacia la muerte. Observo mis pies que están en el filo de la barda frente al abismo. La noche me obliga a cometer el acto y no considero la resistencia, mucho menos el escape, acaso la negación escondida entre los escombros de una especie de resignación delirante.
Aún me encuentro con los pies sobre la cornisa del edificio, postergando la caída. Siento una angustia inmensa, pero sé que no podré evitarlo. Sin pensarlo más, me lanzo. Siento el aire que se impacta contra mi rostro, la piel se mueve y doy por hecho que produce una serie de sonidos grotescos.
Sigo cayendo, siento el corazón apretado y la respiración cada vez más honda al inhalar, me arden los ojos y de ellos escurren lágrimas, desciendo a gran velocidad. Veo mi vida entera.
Me impacto contra la banqueta mojada y se produce un sonido pesado, explosivo. Hay una luminosidad artificial en el ambiente que predomina en la oscuridad, son las luces nocturnas de la ciudad. La noche le da una carga negativa al ambiente, alberga al miedo y a la desesperanza tanto como a la desesperación y a la locura. Las cosas cambian con el brillo de sol, pero en la noche se sufre, la noche es la sede de la muerte.
Pedazos de mis vísceras se encuentran esparcidos por la banqueta, las paredes del edificio están salpicadas, también los autos estacionados a la orilla de la calle quedan manchados con residuos y sangre, así como los árboles y las plantas se tiñen del rojo espeso de ese líquido que ahora ya no corre por mis venas. Mi cuerpo es una pieza despanzurrada, con una forma diferente a la humana, bien podría ser el cadáver de un puerco.
La gente se acerca. Me rodean para observar colmados de horror, no soportan un cuerpo sin vida porque les hace recordar que la muerte es un proceso inevitable que algún día los pondrá en el sitio en el que estoy ahora. Pensar en su propia muerte los aterroriza, aún así permanecen frente a la escena atraídos por el morbo. Hay llanto, gritos, murmullos y al final de la noche, silencio absoluto.
Me duele la cabeza, abro los ojos y veo la banqueta, tanto la calle como los autos están embarrados con una nata de sangre; comienzo a moverme y me doy cuenta de que no solo me duele la cabeza, me duele el cuerpo entero, pero hago un esfuerzo y me levanto, quedo sentada sobre la banqueta. Ya es de día y la gente pasa, echan una mirada y siguen su camino.
Pensé que estaba muerta, pero no. Estoy más viva que nunca, la luz del sol me anima a pesar del cuerpo dolorido. Me pongo de pie y comienzo a caminar. Durante el día el mundo es un refugio esperanzador donde la muerte es posible pero lejana.
Me siento feliz y entro en el edificio, subo el primer escalón, deseo llegar más alto, creo que la ciudad se verá hermosa desde la azotea.
Subo el primer piso y me topo con Susi, la vecina que hoy está radiante con su andar de avestruz y su ánimo imparable, me sonríe y se me inflan los pulmones de alegría, le lanzo una sonrisa de esas que obligan casi a cerrar los ojos. Ella baja, pienso que va a trabajar o tal vez se esté yendo de vacaciones porque esa felicidad que irradia es propia de alguien que está experimentando un cambio radical positivo, no sé, quizá ha dejado su empleo de oficina para irse a recorrer el mundo. Afuera el sol resplandece como hoguera, su reflejo ilumina el interior del edificio de manera intensa.
Yo sigo subiendo la escalera, en el segundo piso está Axel, el gato de Lucila que es un ser de otro universo. Se acerca y restriega su cuerpo contra mi pierna, con la cola enhiesta. Maúlla como deseándome buenos días al igual que lo hace el sol con sus brazos calurosos, pienso que soy muy afortunada y que no todos los días tenemos la dicha de caminar bajo un cielo tan limpio y soleado como el de hoy.
Continúo al siguiente piso, comienzo a sentirme cansada, pero me encuentro con Fabián, la acacia de María, una joven vecina que le pone nombre a todo, su bicicleta se llama Saya, la estufa Rojita, es posible que al nombrar las cosas que la rodean se sienta menos sola. Fabián está floreando, es un hermoso arbolito de flores amarillas que caen en ramilletes, pronto necesitará que lo siembren en el jardín porque esa maceta, aunque es grande, es insuficiente para un árbol, la luz del sol lo inunda a través de la ventana ¡Qué feliz me siento!

Sigo al cuarto piso, me tiemblan un poco las piernas pero mi ánimo es inquebrantable, una corriente de viento frío baja por la escalera, me impide caminar con fluidez. Aquí no hay nada, solo frío, creo que no vive nadie, pero aún se ve el sol allá afuera a través de la ventana, ahora con menos intensidad, ya está cayendo, a esta hora es la luz horizontal del atardecer la que observo hacia afuera desde la altura del edificio.
No me detengo, prefiero avanzar al siguiente piso, me tropiezo en el quinto escalón del siguiente bloque de escaleras y caigo hasta el primero de ellos; me levanto, pero la rodilla me duele, está lastimada.
Ahora voy cojeando y con dificultad llego al siguiente piso en donde se escuchan gritos, parece que los vecinos están peleando, se dicen cosas ofensivas y se golpean. Siento pena por ellos. Afuera el sol está mostrando sus últimos destellos, me siento un poco sola pero avanzo con urgencia para salir rápido de este piso gélido y violento.
Ya estoy exhausta y la rodilla me duele como si tuviera decenas de alfileres clavados en la rótula ¡Ay Universo mío, ayúdame a continuar! ya casi llego, solo me falta un piso.
Llego al sexto piso, creo que debo descansar aquí. Echo un vistazo al pasillo, está increíblemente sucio y huele horrible, con temor me acerco al primer departamento, la puerta se encuentra entreabierta y decido pasar. Tengo mucho miedo.
¿Pero qué es esto? Todos los infiernos acumulados en un solo lugar: el dolor, la desesperación, la incertidumbre. Una carnicería, no puedo identificar qué clase de cuerpos son estos apilados sobre mesas metálicas, pueden ser ovejas, o perros, quizá humanos, no lo sé, hay personas destazándolos, se les nota el cansancio y la locura en los rostros. Al fondo se escuchan gritos. La luz es muy tenue y se pueden percibir los destellos rojizos del atardecer, todo es desolador.
Subo a rastras la escalera hacia la azotea, el sol se ha ido. Me siento desesperada y tengo deseos de morir, ya sé que siempre hay opciones, lo cierto es que no siempre puedo verlas.