El Génesis, en una de sus versiones, cuenta como Dios antes de crear a los animales le pidió a Adán que los nombrara primero para materializarlos al mundo. Esto me recuerda a Juan Gelman, quien narra, en su ensayo “La letra perdida”, un capítulo del Zohar en el que la divinidad, previo a la creación, convocó al alfabeto para decidir con cuál de sus letras formaría la palabra que daría origen al cosmos. Tales historias comulgan con Flaubert, quien creía que a cada cosa le prexistía una palabra: la palabra justa.
Cuando la vida hiere, ¿habrá palabra justa que la albergue?
El lenguaje es puesto a prueba cotidianamente. Existe una abertura entre lo inefable y lo dicho. Quizá, la divinidad busca nombre en tal resquicio, y ansía que su creación lo cierre con la palabra justa que la bautice, y así, proclame que su obra ha terminado.
¿Qué tan fiable es la palabra, es verdad, mentira o indicio? Hay verdades que yacen bajo su superficie, dice el cantante Nick Cave al final de sus “20,000 días en la Tierra”. Chava Flores camina la misma sospecha: en su canción “Mi México de ayer”, canta que el país de su infancia se distingue del actual por una sensación que describe como un no sé qué. Otro buscaría un adjetivo que sembrara nostalgia y sería correcto, pero quedaría corto. Sabe que no hay palabra justa que describa con exactitud el sentimiento que evoca. Arribó al borde del lenguaje: lo que sigue, aquello sugerido por el vocablo, forma parte del misterio del no sé qué.
En “Palabras nuevas”, George Orwell critica al lenguaje y propone la creación de un vocabulario nuevo. No pasa por alto una teoría del origen del lenguaje que postula como ciertos sonidos están asociados a ciertos significados. En los cinco continentes está presente mama o mamá. Según algunos estudios, el fonema proviene del balbuceo que hacen los recién nacidos cuando quieren pecho.
¿La experiencia humana podrá definirse por una serie limitada de fonemas?
Religiones como el budismo y el hinduismo reconocen en la sílaba Om el sonido primordial que da inicio al resto de los mantras. Al pronunciarla, siento como mi estómago se contrae y el aire sale de mis pulmones: el vacío. Para vislumbrar la palabra justa, crear nuevas o innovar con las arcaicas tendría que comenzar ahí, en la ausencia de lugar. Bien lo identificó Edmond Jabès: se escribe siempre al filo de la Nada.
Creí que si me expresaba de manera clara, estaría seguro en un hogar hecho de letras: No residimos en una nación, sino en un idioma… la lengua materna es la verdadera patria refiere Emil Cioran.
La realidad se filtra entre las fisuras del lenguaje.
Escribo en aras de desentrañar la palabra que entreabra el significado oculto en el pensamiento y entrecierre la brecha entre la voz y el silencio.
Hugo Labourdette