Murmullos Murmurantes

¿Quién, del otro lado del espejo?

Mira hacia el horizonte y embriágate,
no del azul ni del vacío,
no de la opción del infinito,
sino del fuego misterioso
que nace en tu mirada.

José Ramón Ripoll

Entre una selfie y un autorretrato, existe poco más de un brazo de distancia. La diferencia está en la amplitud y en la profundidad de la mirada que voltea al sí-mismo1. Qué engaño más grande pensar que nos formamos sólo en función de lo que habita en nuestras entrañas y se devela en la superficie. En realidad, nuestro ser es extensible unos metros más allá de la piel que nos contiene; objetos cercanos y compañías cotidianas nos conforman y hablan más de nosotros que cualquier pose o tendencia a seguir en una selfie. Sea en la pintura, en la escultura o particularmente en la fotografía, la composición del autorretrato, en contrapunto, expone la intimidad del retratado, pero también proyecta la creatividad del artista sobre el fragmento visible de su totalidad. Es decir, el enfoque, la iluminación o el encuadre en un autorretrato, dan cuenta de la forma en que nos percibimos y proyectamos en un momento determinado de nuestra vida.

Aunque su ejercicio pueda rastrearse desde la antigüedad, el avance tecnológico de la modernidad revolucionó la práctica del autorretrato, ofreciendo al alcance de un clic la inmediatez de su resultado. Ni Rembrandt, de quien se conocen cerca de noventa autorretratos pintados, pudo imaginar tal hazaña. El problema, de nueva cuenta, está en la banalización de la autopercepción. Nuestra identidad deformada, a partir de la aceptación acrítica de estereotipos de belleza de aparador, hacen del cuerpo la mejor mercancía para una sociedad de consumo sin freno alguno.

Siendo así, ¿es el autorretrato fotográfico un espacio para el autoconocimiento o, por el contrario, es un espejismo más de la egolatría contemporánea? No olvidemos el mito de Narciso, para quien su reflejo representó una maldición al extraviar su amor propio en la superficie de su apariencia. Sin embargo, embelesarse con la imagen que nos devuelve el espejo no es la única ruta a seguir. Evitando el castigo de Némesis, habremos de tener la oportunidad para indagar en las profundidades de nuestra intimidad. Conociéndonos mejor, aprenderemos a mirarnos sin juicios ni recelos, aceptando el juego de luces y sombras que se revelarán en el acontecer del autorretrato:

Un acontecimiento es un olor que espera
que alguien lo respire,
una herida que aguarda encarnarse,
el agua de un torrente
inundando los poros,
una mirada que cruza el aire
y encuentra a alguien que le hace señas
y en la seña, en ella, se reconoce.2

Después de todo, si pensamos a la fotografía con la seriedad de un lenguaje, el autorretrato fotográfico es una expresión artística cuya propuesta consiste en comunicar lo imperfecto e inacabado de nuestro ser, en un ejercicio honesto de (auto)reconocimiento. Y, como todo lenguaje vivo, buscará trascender a partir de un cuestionamiento carente de una verdad absoluta: 

¿Quién, del otro lado del espejo?

Enfrentarnos a un autorretrato nos ofrece la posibilidad de profundizar en el reflejo de nuestra imagen, con la distancia y la responsabilidad necesarias para no ahogarnos en el estanque de agua. Estamos en donde nos proyectamos. Mirarnos, para mirar al mundo, hará brotar un conocimiento estético, a saber, aquel que nos permitirá conocer los contrastes y matices de un rostro cuya auténtica belleza no compite con la publicidad de la “eterna juventud”. El autorretrato es un espacio idóneo para trabajar con el poder evocativo de nuestra imagen a la vez que representa un acto creativo de autoconocimiento. 


  1. Se hace referencia a la concepción del Sí-mismo de Carl Jung, arquetipo que refiere a la totalidad del ser: unión y centro de la psique consciente e inconsciente. 
  2. Fragmento del poema 23, de Chantal Maillard, en Matar a Platón.

2 Comments

  • orlando finochietti

    Siempre tus escritos evocan zonas de vida no tan exploradas…Ésta en particular, es una zona minada en épocas de post guerra, ya que dejamos de vernos en los acontecimientos para mirarnos en los autoretratos…No creo que sea uno mas valioso que el otro…son miradas distintas desde distintos ángulos, distintos escenarios y distintas luces y sombras…Aunque la sensación es la misma, la de estar caminando por zona minada, a la expectativa de que en cualquier momento nos destruyamos con lo que vemos o logremos conocer algo mas de ese campo y evitemos explotar a sabiendas que ahí hay algo que debemos aceptar….Saludos cordiales y gracias…siempre se agradece la posibilidad de reflexionar!

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    • Alberto López

      Gracias por tu lectura, Orlando. En efecto, es tan importante mirar el lugar donde estamos como el saber quiénes somos. Ambas miradas alimentan nuestros pasos y la forma en que nos relacionamos con los demás, con el mundo. Mirar-nos para mirar, es un camino de tantos cuyo riesgo de vanidad es evidente. Eso sí, una vez roto el solipsismo podemos descubrir el poder evocativo de la imagen.
      Un abrazo, amigo.

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