Murmullos Murmurantes

Servicio a domicilio

Caminamos a la orilla de una carretera durante todo el día y a pesar del paso acelerado la noche nos alcanzó, la luz se terminó y nosotros seguíamos enclavados en la sierra, en su carretera solitaria, fría y oscura, tanto que ni siquiera percibíamos nuestros propios rostros, teníamos que intuir nuestros gestos, nuestras miradas. No habíamos visto ningún vehículo que nos pudiera rescatar en todas esas horas de caminata, parecía un lugar olvidado por la humanidad.

Así que allí estábamos en las tinieblas a una temperatura inexorable con tendencia descendente, los grillos se manifestaban con vehemencia y las luciérnagas se habían apagado esa noche. Debo confesar que yo tenía un poco de miedo disfrazado de incertidumbre, potencialmente pavor; pero él no, él caminaba con seguridad, sin un solo titubeo consciente o inconsciente, a él nunca le daba miedo lo sobrenatural o el eco del llanto lejano de animales o seres desconocidos. Además de su escepticismo hacia lo sobrenatural, tampoco temía las situaciones terrenales, nada lo detenía.  

Yo en cambio, intentaba disimular el miedo tras el silencio, pero no lo conseguía, me delataban el paso lento, la respiración cortada y mi escrutinio del entorno.

No advertimos el primer auto porque apareció a nuestra espalda, pasó como alas de colibrí y no tuvimos tiempo de pararlo, el conductor no se percató de nuestra presencia a la orilla de la carretera aunque pasó a nuestro lado. Cuando iluminó el camino que teníamos de frente vimos a dos hombres en bicicleta con el rostro cubierto casi por completo, cada uno empuñaba un machete, fue una vista rápida pero nos dio tiempo de distinguir claramente sus ojos brillantes asomados por la capucha negra, las llantas de sus bicicletas eran rojas y con el rodar parecían estar en llamas, era una imagen aterradora; sentí que mi respiración se interrumpía, él se quedó atento, tomé su mano y su seguridad seguía permeando mi percepción.

Regresamos a la oscuridad absoluta cuando el auto se alejo tras una curva, sabíamos que dos hombres con la cara cubierta y machete en mano se nos aproximaban, fue por eso que tomamos la decisión de caminar en la dirección opuesta en lugar de continuar avanzando hacia ellos, hacía un encuentro incierto porque, aunque no estábamos seguros de su intención, su presencia no representaba un buen presagio. 

Seguimos marchando unos minutos tomados de la mano, con el conocimiento de que nos venían persiguiendo. Nada pasaba, ya nada se escuchaba, nada se veía. Las pantorrillas me temblaban desbordadas en una danza formada de pulsaciones, y por primera vez, percibí en él una veta de miedo; si no era miedo, puedo decir que, entonces su confianza se había disuelto.

Desafortunados fuimos al cambiar la dirección de nuestra caminata creyendo que huíamos porque volvió a suceder: por segunda vez un automóvil apareció a nuestras espaldas e igualmente no tuvimos tiempo de detenerlo, pero sí de que su luz nos advirtiera sobre la presencia de otros tres ciclistas encapuchados y amachetados. Era la misma escena que acabábamos de ver en la dirección opuesta, de igual manera desaparecía el auto con su luz y todo volvía a la oscuridad total.

Y en ese no ver que nos llenaba de incertidumbre, no dimos ni un paso más, permanecimos estáticos sin saber qué hacer, con el miedo desbordado, con el llanto contenido.

En seguida se dejó ver una camioneta por el lado del segundo grupo de ciclistas malditos, cuya luz nos mostró que habían avanzado considerablemente hacia nosotros. Él lanzó una señal desesperada al conductor para que se parara y nos sacara de ese lugar; pude sentir el terror de que la esperanza se me fuera por la carretera y ciertamente se me fue. No quiso detenerse, después pasó al lado del otro grupo de ciclistas, los que venían de frente a su auto y que habíamos visto primero, también estaban ya muy cerca.

Yo ignoraba lo que realmente estaba sucediendo; todo indicaba que venían por nosotros y no eran entes sobrenaturales sino matones despiadados, iban descalzos y se veían siniestros con sus machetes empuñados, sin el menor indicio de cansancio o agitación, estaban en su territorio. Yo no sabía en qué iba a terminar ese martirio, él tampoco y no teníamos opción de escapatoria por ningún lado, estábamos acorralados.

Así parados frente a la carretera pudimos observar que otro vehículo se acercaba, las esperanzas se me habían escapado, los ciclistas ya estaban a unos pasos de nosotros o mejor decir a pocas vueltas de rueda— ¡vienen a destazarnos con sus machetes!— era lo único en lo que pensaba.

De repente, con una gran sorpresa, me di cuenta de que él estaba en medio de la carretera; en el asfalto con las piernas vibrantes y el llanto irreprimible escurriéndole hasta la barbilla. Vi la manera en que sus rodillas se vencieron sobre el pavimento frente al auto, le obstruyó el pasó, levantó los brazos mientras movía las manos abiertas, suplicándole que se detuviera, que nos ayudara. Estaba desesperado, dispuesto a ser atropellado.

Esta vez el auto se detuvo milagrosamente y, de manera súbita, en una transición imperceptible ya estábamos arriba, como si no hubiéramos tenido que correr para lograrlo. El conductor arrancó cuando estuvimos dentro.

Él seguía llorando y yo veía la carretera, pasamos al lado de los ciclistas siniestros despedazadores, me esforcé por fijar la mirada hacia el frente.

Nuestro salvador permaneció en silencio por un largo rato ante nuestra evidente intranquilidad, esperó a que nos calmáramos, no preguntaba nada, tenía en el rostro una sutil sonrisa dibujada. 

Después habló—Y ¿ustedes qué hacían en la sierra?, ¿conocen a alguien? —.

— No, vinimos a explorar la montaña, a respirar el aire fresco y disfrutar del paisaje. Simplemente nos gusta alejarnos de la ciudad de vez en cuando— respondió él, aún con cierta agitación.

La sonrisa del conductor se definió aún más, parecía que se burlaba—Así que a explorar la montaña ¿entonces no saben nada de la sierra? —. Tras hacer esa pregunta su rostro cambió  al extremo, fue de una sonrisa a un gesto duro y continuó con tono de regaño —Por eso, porque no saben nada de la sierra, no deberían venir así nomás. Es muy peligroso, aquí la gente no se anda con chingaderas ¡he!—.

—Y ¿usted sabe quiénes eran esos ciclistas? —  Pregunté intrigada.

— ¿Cuáles?, no, yo no vi a ninguno. Pero aquí es muy peligroso, como ya les dije, no deberían andar por estos lugares, un día aparece un muertito por aquí, al lado de la carretera y nadie sabe nada. — respondió y se quedó callado. 

Nadie habló mientras avanzábamos, pero ya nos sentíamos seguros. Nos llevó hacia la ciudad y entró en ella sin esperar instrucciones, avanzaba por las calles solitarias sin titubear, como si supiera exactamente hacía donde se dirigía. Entonces él le dijo.

—Oiga, déjenos en la plaza principal, nosotros vivimos cerca de ahí. No se preocupe y muchas gracias señor—.

El conductor no respondió de inmediato y siguió avanzando, acababa de pasar por la plaza y no se había detenido.

—No se apuren, yo los llevo—dijo después de un rato mientras seguía avanzando a una velocidad considerable. No tuvimos tiempo de decir ni una sola palabra cuando ya se estaba estacionando frente a nuestra casa, fue directamente hacia el lugar en donde vivíamos sin que nosotros lo pidiéramos. Ante nuestra estupefacción, el conductor lanzó un grito— ¡ya bájense pues!— Y así lo hicimos de inmediato. 

Cuando descendimos, nos quedamos parados frente a la casa y lo vimos avanzar, nos dimos cuenta de que la cajuela de su auto no cerraba bien, la había amarrado con una cuerda corta y por la ranura se asomaba la llanta roja de una bicicleta grande que no cabía del todo. 

Shaila Esquivel

Leave a Reply