Cursaba el primer año de la carrera de derecho en una universidad de renombre y prestigio, dirigida por padrecitos. Unos alumnos –en su mayoría juniors–, en el final, se plagiaron un trabajo sobre Spinoza, los cacharon y los reprobaron del curso… o al menos eso nos dijeron los padrecitos. Mágicamente, en la boleta, los juniors obtuvieron mejor calificación y yo callé, hasta terminé sintiéndome tonto por no haber hecho lo mismo.
Después caí en otra universidad particular, pero más clientelar —eso nunca se lo dicen a los papás–. Un día llegó un maestro estricto, de quién aprendí las bases del Derecho Administrativo porque su clase era una cátedra de verdad, pero los demás compañeres no entregaban tareas, no estudiaban y hasta llegaban crudos –lo que acostumbraban hacer en otras clases sin consecuencias–. Recuerdo que el examen final constaba de diez preguntas a desarrollar y me sentí orgulloso de haber sacado, con un maestro tan exigente, un ocho de calificación que me supo a diez. Al resto de los compañeres no les fue también. Sacaron unos y doses –no sabía que eso pudiera suceder— y se organizaron para reclamarle a Torre (el profe), quién no se inmutó y los ignoró. La turba amotinada fue con el coordinador de la carrera y tal fue el desmadre que Torre tuvo que doblar las manitas y les dejó un trabajo para no reprobar el curso. Por su puesto, ni los leyó, solo no volvió a dar clase en esa universidad y yo volví a callar, porque mi ocho se convirtió en el diez que había saboreado.
Tiempo después, cursé la maestría en Derecho en la máxima casa de estudios. Uno de los profesores impartía tan buenas lecciones que nos quedábamos con ganas de más. El salón estaba anonadado con sus clases y todos poníamos atención–a pesar de ser a las 7 am–. Allí conocí a Pierre Bordeau, Niklas Luhmann, entre otros. Sus clases estaban preparadas y lo más importante era que le encantaba enseñar sociología. Al momento del trabajo final, me quebré la cabeza pues ¿Cómo hacer un trabajo para tal maestro? Se hizo lo que se pudo y saqué a mi buen amigo 8. Luego, me enteré de un escándalo. Un compañero mío, quien era el director general de administración del Congreso donde trabajaba, fue descubierto haciendo plagio. Por su puesto, el maestro lo reprobó y mi compañero –quién tenía una voz fuerte y gutural—fue traicionado por el enojo y dijo: “¿Cómo va a ser plagio si puse a mi secretaria a hacerlo?”. El chisme terminó hasta el consejo universitario. Resultó que, lamentablemente, el docente tuvo menos influencia que compañero y perdió la cátedra. Cuando nos enteramos, unos pocos compañeros intentamos organizarnos –en un grupo de What’sApp— para protestar–, pero no pasó de ahí.
Quisiera que estas microhistorias fueran ficción, pero no es así. En los tres casos, las personas –chillonas, chuecas, gandallas– salieron limpias: Los juniors ahora tienen suelditos de 50 mil pesotes, si mal les va; mis amigos de la otra universidad andan postulando derecho –o más bien chueco, como diría el buen Torre–, y el director general chapulineó del congreso al metro durante unos años y ahora tiene un gran puesto –con mucha responsabilidad– en el gobierno actual.
Responsabilidad, ¿sabemos que significa?, y si es así, ¿cuánto nos cuesta asumirla? Decir: “La cagué”, “Sí, fui yo”, “Reprobé, me aguanto y vuelvo a tomar el curso” ¿Por qué no reconocer nuestros errores y aprender de ellos? ¿Qué hizo falta en nuestra educación para aceptar nuestros actos? ¿Será por eso que al gandalla y “vivo” de las colonias, se le hace fiesta, y al responsable, se le menosprecia? El que no tranza, no avanza dicen por ahí. Pero, es fácil criticar a los demás, lo más difícil es el auto cuestionamiento ¿Por qué callé? por un diez barato y por no perder el tiempo, esa es la realidad.
Valga decir que estoy enojado –encabronado, como espero estén ustedes—por lo que pasó el cuatro de mayo de 2021. “Casualmente” un día se cayó la vía del tren. Como un “incidente” lo menospreció la jefa de gobierno y la gente furiosa salió a romper los torniquetes, los sensores de tarjeta y a pintarrajear en los pisos de las estaciones del metro. No fue un accidente, como hace un año en Tacubaya –donde le terminaron echando la bolita al chófer–; ni un corto circuito, como el incendio de las oficinas centrales en enero y donde murió una oficial de policía y hubo intoxicados. No se equivoquen, no fue un “incidente”, ni un “accidente”, fue una omisión que cuarteó a un centenar de vidas.
A los que somos chilangos nos ha partido el corazón cada una de las historias de los sobrevivientes y de los muertos porque nos vemos reflejados en su dolor. Como ellos, hemos salido de trabajar agotados y encontrado, a las once de la noche, un asiento para descansar y escuchar música mientras viajamos a nuestra casa. También fuimos quienes hemos dejado a nuestras parejas en la estación más cercana después de un día de enamorados. Hace un mes fui con mi sobrino de once años explicándole la iconografía de las estaciones. ¿Quién no ha sentido alivio de llegar al metro alguna vez en su vida? La gran mayoría tiene una historia dentro del vagón o en el andén, es por esto que nos duele tanto.
Imagino que en la cabeza de los dirigentes del metro decían: “Ahórrate una lanita en el mantenimiento, qué puede pasar, ¿qué se caiga? Eso nunca ha pasado”. Imagino las risas cínicas y los bolsillos llenos de fajos de billetes, mientras los trabajadores veían con horror, pero en silencio –porque si no se les corre– el recorte del presupuesto del mantenimiento. Me arde el cinismo de la directora del Metro que nunca renunciará, me enerva la cara de la jefa de gobierno menospreciando y nombrándolo como “incidente” –-como al colegio Rebsamen–, me encabrona la sonrisa del prejidente, que ni siquiera se fue a parar a la zona del derrumbe ¿Se acuerdan de Miguel de la Madrid en el 85’? En fin, ha pasado casi un mes y aun no hay ningún responsable en la cárcel por las muertes que hubo en el derrumbe del Metro.
Desde 2017 los vecinos alzaron la voz con fotos en Facebook de la trabe dañada donde se leía: “Esa madre se va a caer”, pero las voces no fueron lo suficientemente fuertes y los oídos gubernamentales nunca quisieron escuchar. Ahora están saliendo otros reportes de diferentes líneas, que son más longevas y que piden mantenimiento. ¿Esperaremos a que se lo den o lo exigiremos acción inmediata? Tenemos la responsabilidad de hablar y de gritar cuando pensamos que las cosas se están haciendo mal. Para mí, el cuatro de mayo de 2021 fue un rayo que partió el árbol. Esto no puede seguir más, la ineptitud combinada con la avaricia y la sed de poder fue lo que derrumbó una ballena de cemento y coartó vidas humanas y dejó a decenas heridas y trastocó a los millones que usamos el metro d i a r i o. Esto no es un llamado al voto –una vez cada tres o seis años no es suficiente–, esto es un llamado para no callar más. Cuándo vean a un niño que roba, cuando vean a un estudiante que le chilla al profesor para que lo pase, cuando alguien plagie, cuando alguien robe, alza la voz tan fuerte tan fuerte como puedas para que esa acción no se repita. Evidenciemos al corrupto, al tranza, al “vivo”; que sepan que hay consecuencias. Gritemos y exijamos porque nuestro silencio mata. Ni las palabras, ni las publicaciones en las redes nos están alcanzando para hacernos escuchar.
¿Qué estamos esperando? ¿A qué nos toque?
Imagen tomada de Facebook. Autor: Facebook / @csdrones