Regreso a mi niñez era una época apacible y fantasiosa en la que no existían densos umbrales para indagar en el existir de mi cuerpo, me generaban inquietud sus sensaciones y reacciones que no disfrazaban la realidad de lo que yo era en aquel momento.
Se presentan mis recuerdos, me invitan a vislumbrar sus reminiscencias sobre el día que decidí llegar a mi cuerpo. Me observo acostada en la cama, ensimismada y rodeada del fardo de ropa que mi mamá se daba a la tarea de planchar. Ella de pie, siempre con su temple pensativo y un tanto agobiado. Aunque no lo dijera reconozco la atadura de su mirada que detiene la realidad para vivir de forma aparente, aquella apariencia que no le permite percibir las diferencias entre la benevolencia o la displicencia.
Cada quien absorta hacia sí, realicé un movimiento extraño: crucé las piernas e involuntariamente las apreté para darme la vuelta. Por unos segundos me causó risa y sonreí, fue una sonrisa extrovertida por explorar lo que reconocía como mío, mi cuerpo. Después, esa manía curiosa en mí me impulsó a volverlo a internar, una vez más crucé las piernas y las apreté.
Nuevamente experimenté una sensación de cosquilleo y cómo en medio de mis piernas algo que aún no conocía comenzaba a ruborizarse. Se convertía en un secreto cálido que deseaba llegar a ser febril al penetrar lo vedado de lo pueril. Por primera vez me adentré al Kábala de mi cuerpo donde la epidermis cesa y la vitalidad de las pulsiones yacen, se satisfacen y gratifican sin pudores, preceptos e ideales.
Tal arrebato me exhortó a indagar aún más: levanté mi pantalón e intenté deslizar mi mano por debajo de él como el agua que fluye en el manantial y mi curiosidad se convertía en el estrepitoso choque del agua contra las piedras que resonaban en mi interior, aquel ruido me impedía parar o dejar de indagar. De pronto, como una caída terrenal, me esfumé de las brumas apacibles de mi ilusión: mi mamá y el alarido que emanó me hicieron estremecer, quedé pasmada como si el estupor se hubiera adueñado de mí.
Cerré los ojos y comprendí falsamente que lo que se hallaba entre mis piernas era el hastío de la intimidad, la culpa o lo pernicioso que se formaba en mí. Fortuitamente mi infancia se plasma en el presente como un secreto implícito, un fantasma que desea revelarme uno de los actos por los cuales comencé a temer de conocer mi cuerpo, mi verdad se oscureció a través del estrepitoso ruido de la “realidad”.
Karina González