Un gesto destacable de Roger Waters fue presentarse en la Ciudad de México a pesar de que el cantante no se encuentra haciendo una gira mundial, con excepción de tres o cuatro conciertos que dará en los Estados Unidos.
El concierto fue anunciado como “Tocando temas de los mejores discos de Pink Floyd”, cual cassette de antaño con la leyenda “Los 15 éxitos de oro de …”. El músico británico se apegó a tal declaratoria y fiel a una puntualidad inglesa, el espectáculo inició a las 20:00 horas.
Antes del concierto, la multitud iba y venía, mientras que los granaderos y policías cerraban las calles aledañas. Todo parecía indicar que se estaba gestando un caos general mientras los altavoces de las principales avenidas repetían, una y otra vez, que la plaza se encontraba en su máxima capacidad. Como buen defeño, me valió madre y seguí caminando hacia la plaza.
Me encontré todo tipo de personajes: borrachos, pachecos primerizos (que más tarde les da la pálida), el típico que se cree chistoso y no cierra el hocico, el chiflador rompe tímpanos, los nostálgicos, los que parecen que ponen al dvd “reproducción con comentarios” y no dejan de hablar todo el puto tiempo. Incluso un teporocho, que supongo despertó de su peda más reciente y se encontró con que había más de cien mil cabrones invadiendo su hábitat, trataba de huir diciendo: “yo mejor me voy por un pomo”, a lo que alguien con simpatía le respondió: “don, le encargo un seis”. Las masas, benditas sean.
Una vez plantado en el lugar elegido, atrás de la plancha de la Gran Tenochtitlán, me aferré a ese punto como al vagón del metro por las mañanas y al día a día, nada lejano de mi realidad. Luché por ese espacio codo a codo, por ese intangible.
El show inició con el clásico sonido envolvente de los conciertos de Waters, fue una sorpresa lo que venía. Inició con temas del álbum The Dark Side Of The Moon para continuar con: Set The Controls For The Heart Of The Sun, una de las primeras canciones que escribió durante su carrera musical y que siempre gusta de interpretar.
La lluvia inició y el juego de luces proyectadas sobre miles de personas convertían la vista en algo único: los edificios gubernamentales, la catedral, los hoteles y restaurantes, todos fueron testigos y parte de este evento.
Nunca hubiera imaginado ver a Roger Waters tocando en la Plaza de la Constitución y a la multitud deleitándose con cada acorde, requinto, los coros tan excepcionales y los gráficos e imágenes proyectadas en el escenario. Siempre respaldado por los músicos que lo han acompañado en sus últimas giras.
El concierto fue un viaje a través de algunos de los álbumes más significativos de su producción discográfica: A Saucerful of Secrets, The Dark Side, un par de rolas del Meddle, incluida Fearless rola que disfruté mucho y que fue rematada con el himno del club Liverpool FC. Cuatro rolas más del Wish You Were Here, y otras más del Animals para cerrar con algunas de The Wall. Considero que hubo grandes omisiones de su producción como solista.
Con una duración de casi dos horas y media, tenía que haber un encore, el cual no se hizo esperar mucho. Waters leyó una carta en español en donde manifestó su empatía hacia las familias de los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa: “sus lágrimas se hicieron mías”. Un gesto generoso y empático de alguien que ha experimentado la guerra de cerca. Esto me recordó que durante su visita a México, a el Papa Francisco le valió vergolia y no recibió a los familiares de los desaparecidos.
“Es hora de derribar el muro de los privilegios que dividen a los ricos de los pobres”, indicó el artista. Una labor que no sólo le corresponde al gobierno, sino también a nosotros como sociedad.
“Sus políticas han fallado, la guerra no es la solución. Escuche a su gente, señor presidente, los ojos del mundo lo están observando”, sentenció el músico inglés. El público en una sola voz con múltiples ecos repetía: “¡fuera Peña!, ¡fuera Peña!”.
Creo que después de esta proclama, debió interpretarse Vera y Bring The Boys Back Home, como en los encore de los conciertos pasados y no ir directo a Comfortably Numb. Así habría tenido un mayor efecto gritar: ¡devuelvan a los chicos a casa!
Desconozco el efecto que causó el discurso de Waters en la política mexicana, que quizá lo desestimó como portavoz válido, pero esa noche fue el escenario perfecto para recordarnos que el mundo está expectante de todos nosotros, los mexicanos, y nos invita a revivir el recuerdo inolvidable de aquella noche con una simple consigna: You’ll never walk alone.
Xavier Ariza