Volvía. Siempre volvía.
Estando lejos quedada su recuerdo, estando cerca quedaba su perfume.
Abatir su aliento, debatir su existencia.
¡Ah, la dulce venganza de la indiferencia!
El punto del sueño donde nada existe, donde todos vuelan.
En la tierra fértil de nuestra inconsciencia,
Donde el muro calla y guarda memorias.
Te impide moverte y luego sutil, te miente con rabia,
Te arroja a la cara una gota fría, una gota dulce: la melancolía.
Perenne extrañeza que todo subleva,
No te des la vuelta, quédate sentado.
Esperando al cielo, que te lleve el duelo, y vuelvas, y vuelvas.
No dejes que sueñe sin haberte hallado, sin saber de ti;
Sin sufrir el gozo de lo acostumbrado.
Deja que te toque, que te abrace en llanto,
Que me diga el mundo que no hay un futuro.
Que todos me dejan, que te pertenezco,
Que soy y no soy, vueltas desoladas: divina esperanza.
Con un pie en la tierra y otro atado a ella.
Que te lleve el aire, que te deje incierto,
Que te pida amor y luego, amanezca.
Claudia Vázquez