En alguna ocasión escuché al Maestro Juan Galván Paulin, experto en historia de las religiones, hablar acerca de la hospitalidad y proponía no imaginarla como un código o una práctica consuetudinaria, sino como algo más: un acoger feliz y desinteresadamente al otro. Me parece que en dicha ocasión abordaba el origen del cristianismo. En aquellos tiempos los primeros cristianos fueron hombres y mujeres que al decidirse a abrazar la nueva fe abandonaron las ciudades romanas para retirarse a la soledad de los desiertos de Siria y Egipto en busca de la «paz interior».
Y pensando en el desierto, ¿existirá sitio más inhóspito?, ¿qué lo volverá tan duro?, ¿el sol desquiciante?, ¿la sed? ¿No será la ausencia de otras personas? No en balde llamamos desierto a una selva o a un bosque: «Desierto incógnito poseído por los lacandones», es la referencia que de la Selva Lacandona ofrece un mapa de Chiapas del tiempo de la Reforma. ¿Y el Desierto de los Leones en Cuajimalpa? En este bosque aún se conserva el que fuera el primer convento del Virreinato, y también decenas de ermitas, olvidadas a la sombra de los oyameles; si la Orden de los Carmelitas Descalzos eligió esta región fue precisamente por su soledad e inaccesibilidad.
Pero hablemos de la hospitalidad, que es sagrada en el desierto. Precisamente, en El libro de la hospitalidad, el poeta Edmond Jabés, en un capítulo llamado «La hospitalidad nómada», relata su travesía en compañía de un amigo por el desierto del Sinaí a bordo de un cabriolé americano gris con interiores en cuero azul, el cual seguramente era hermoso, pero que lamentablemente volcaría en una duna dejándolos a su suerte. Tras esperar ayuda por más de treinta y seis horas los viajeros supieron que no tenían más alternativa que emprender la vuelta a pie por el mismo peligroso camino. Aterrados, esperaron el atardecer; durante la marcha vieron buitres y luego oyeron el grito de una hiena solitaria que así les hacía saber que estaba próxima. Para su fortuna, a la «media noche, una voz, grave, potente, surgida del fondo de la noche» les preguntó hacia dónde iban. No era un fantasma, sino un beduino que tras oír su desventura les dijo: «Voy con vosotros … Acaso no sois mis huéspedes». Si aquel nómada les había acogido fue porque estaban en «su territorio» en «su casa» y por lo tanto se sentía responsable de ellos, «aunque, en este caso, tal vez no se trataba de responsabilidad sino, más bien, de una peculiar idea de hospitalidad propia de los nativos del desierto». Antes del amanecer, a través de un atajo, llegaron hasta El-Shatt (un campamento para refugiados de la Segunda Guerra Mundial). «Quien, inesperadamente, se presenta ante uno siempre tiene su sitio reservado en la tienda. Es el enviado de Dios», concluye Jabés.
El carácter divino del extranjero está presente en todo el Antiguo Testamento. En Génesis 18: 1-5, sentado a la entrada de su tienda, a la hora de más calor, Abraham corre a recibir a tres hombres que se aproximan:
Señor mío, si quieres hacerme un favor, te ruego que no pases de largo delante de tu servidor. Yo haré que les traigan un poco de agua. Lávense los pies y descansen a la sombra del árbol. Mientras tanto, iré a buscar un trozo de pan, para que ustedes reparen sus fuerzas antes de seguir adelante. ¡Por algo han pasado junto a su servidor!
Abraham sabe que estos hombres son la presencia de Dios. Y es así porque el hombre que atraviesa distancias interminables, sin agua ni pueblos donde abastecerse, todo el tiempo está expuesto a la muerte; al llegar a un campamento de pastores, no es un intruso ni un enemigo, sino un huésped digno de atención y respeto, que debe gozar de la hospitalidad. La hospitalidad tiene un carácter sagrado que se convierte en virtud, pero también uno «legal», pues es una necesidad para la vida del desierto. Quizás, emparentada con el temible código Hammurabi mesopotámico, la hospitalidad anticipa la reciprocidad. Este cariz no fue exclusivo de los pueblos semíticos; como ya dijimos, el desierto es ausencia de otros antes que sol o arena.
Las leyes de la hospitalidad de la Antigua Grecia son consideradas un antecedente de la diplomacia y el ius gentium romano; sin embargo, iban más allá de regular las relaciones entre los pueblos: era tal su valor sacro que el gran Zeus era el protector de los huéspedes, suplicantes y extranjeros. La filoxenia poseía una ritualidad y una simbólica propias, bastantes semejantes a la del pasaje bíblico, tanto el baño como el pan y el vino tenían un alto valor sagrado. Esta tradición quedó conservada en distintas obras literarias del mundo grecolatino, desde La Odisea hasta Las Metamorfosis de Ovidio. En la primera, Ulises será huésped en distintas ocasiones y las hará valer, pero en otras faltará a ellas recibiendo el justo castigo divino. De la segunda, hay un relato por demás interesante, ocurrió en la ciudad de Tiana (actual Capadocia, Turquía), a donde cierto día llegaron un padre y un hijo extranjeros; tras ser rechazados por todos los habitantes llegaron a la casa de Filemón y Baucis, matrimonio pobre y anciano; sólo ellos los recibieron. Sólo tras las debidas atenciones, como lo dictaba la tradición, los huéspedes revelaron sus verdaderas identidades: eran los mismísimos Júpiter y su hijo Mercurio (el Hermes griego, mensajero de los dioses, señor de los caminos y las fronteras).
Entretanto ven que la cratera, tantas veces vaciada, se llena sola y que el vino remonta espontáneamente. Atónitos ante semejante prodigio, Baucis y el medroso Filemón quedan sobrecogidos, y alzando sus manos pronuncian plegarias y piden perdón por la escasa comida y la falta de boato.
A pesar de la humildad del recibimiento, los dioses agradecen la generosidad de Baucis y Filemón y sólo a ellos les eximirán del terrible castigo que asolará a toda la región por faltar a las sagradas leyes de la hospitalidad.
En este relato, como en el texto bíblico, se observa una idea o motivo recurrente en distintas literaturas y folklores: detrás de un mendigo anda disfrazado un dios para enterarse de la soberbia o la injusticia de los hombres… Empero, y lejos de toda metafísica religiosa, don Alfonso Reyes podría darnos una lectura más actual: «Cuando una mano se alarga para pedirme algo, pienso que esa mano puede ser, mañana, la que me ofrezca un vaso de agua en mitad del desierto».
Hemos vuelto al desierto. Siempre he pensado que las ciudades son un desierto, las masas que las habitamos apenas nos dirigimos la palabra, apenas nos miramos ¿cómo no sentirnos en un páramo, en una tierra extraña? No es necesario detenernos en este fenómeno, el cual, antes que sociólogos o psicólogos, han sido los poetas quienes mejor lo han señalado: «en la Ciudad de México —son palabras de Fabio Morábito— todos somos extranjeros»; sin embargo, en este desierto no hay leyes de hospitalidad. Qué habrá pasado, ¿los procesos de secularización la han arrasado volviéndola una mera relación contractual, un asunto de pagar hoteles o restaurantes? Hoy ya se habla de la «industria de la hospitalidad». Desacralizado el mundo, cómo temer a un mendigo si éste ya no es «el protegido de Zeus», cómo alegrarse ante un extraño si envés de «enviado de Dios» es una amenaza.
Así, no será difícil comprender el carácter inhóspito de nuestras ciudades. Sean los baños públicos un ejemplo. Todos lo hemos padecido. Ya en oficinas o comercios a diario vemos baños perenemente cerrados o sospechosamente fuera de servicio, incluso hay establecimientos donde éstos ya no existen: me pasó hace poco en pleno Reforma, en el local de una exclusiva marca de helados (tan caros como una comida), el cual opera sin baños para sus clientes; otra anécdota semejante fue hace algunos años, en el café de una reconocida chef en la mismísima Roma. No sé si me lo negaron, pero uno de los empleados, con una sonrisa boba en la cara, me aseguró que no tenían. Entonces crucé la calle y entré a un supermercado donde en balde compré una exótica botella de agua para asegurarme la entrada al baño: salieron con la misma respuesta. (Dicho sea de paso, no deja de sorprenderme que en tan cosmopolita colonia los perros tengan más derecho a apaciguar la sed que los viandantes, ¿por qué no, junto al platito con agua dispuesto para los canes, poner también un bebedero para los humanos?)
Pero como descargo a lo anterior, que no justificación, debo reconocer que «la burra no era arisca». Hace unos días un buen amigo, mientras comíamos y discutíamos este mismo tema, me recordó que la hospitalidad siempre debe ser recíproca: también es frecuente hallarse con baños públicos sucios y vandalizados. Me contó acerca de uno donde la jabonera estaba «enrejada», seguramente para que no se la robaran; con eso lo dijo todo.
Reciprocidad o mejor: saber agradecer. Y cuánta falta nos hace, quizás porque a diferencia de los pueblos semitas o helenos hemos olvidado aquello de tratar al prójimo como queremos que éste nos trate, ¿no es eso ya una muestra de agradecimiento? Desde luego esto está muy lejano del «acoger feliz y desinteresadamente al otro» del Maestro Galván Paulin; sin embargo, estas culturas antiguas o tradicionales lo tenían muy claro: sin respeto no puede haber paz, quizás de ahí el aire tan violento que hoy respiramos. Kant, en su Paz perpetua, dice que ésta no se alcanzará ni a través del comercio ni del dinero, pues sólo son otras formas de guerrear; lo único que puede llevarnos a la paz es la hospitalidad. Para el gran filósofo, ésta no es «una manera fantasiosa de imaginar el derecho», es mucho más: es una vía a la belleza, pues estética y ética van juntas, y «siempre acabaremos recompensados por nuestra buena voluntad […] por nuestra ternura hacia lo extraño». Aprendamos de los beduinos, de Abraham, de Baucis y Filemón. Seamos más hospitalarios.
Juan M. Esquivel