Me encontraba sentada en mi escritorio de la oficina cuando recibí un mensaje por TEAMS. La persona encargada de recursos (in)humanos me invitaba a pasar a la oficina. Al llegar me dijo con voz muy suave que habían pedido mi baja. Me sentí muy mal, no me habían dado la oportunidad de aprender y no estaba lista para dejar ese lugar. Pude ver en su rostro que estaba apenada, pero también que le importaba poco cómo podía sentirme. De la nada me había convertido en un número más de las estadísticas de desempleo del país.
– Tienes las puertas abiertas, por si un día quieres volver.
Solté una risita interior; si tenía las puertas abiertas, entonces para qué me despedía. Era como escuchar a un robot en lugar de un ser vivo de recursos que no tienen nada de humanos, después de todo en la época actual utilizan softwares que automatizan y gestionan la selección y contratación de sus candidatos (ATS). Me desecharon en menos de quince minutos.
Me negaba a aceptar que estuviera desempleada. Además no tenía ganas de pensarlo, me la pasaba sin hacer nada en casa, hundida en la cama sin ninguna intención de iniciar la búsqueda de empleo, las expectativas que tenía sobre ese empleo eran altas.
Se sentía como cuando el chico del que estás enamorada te dice que es mejor terminar porque ya no siente lo mismo que antes. ¿Estaba en una ruptura? ¿Acaso estaba viviendo un duelo laboral?
Según Lindemann (1944) «el duelo se entiende como la respuesta natural a la ruptura de un vínculo». Justo eso es lo que estaba viviendo: la ruptura de una relación con una empresa que me había abierto las puertas y ahora me las cerraba. ¿Fui yo o fueron ellos? Me invadía una serie de incertidumbres. ¿Sería capaz de volver a conseguir empleo rápido? ¿Cuánto tiempo pasaría desempleada? ¿Qué iban a pensar mis amigos y familiares cuando les dijera que me habían despedido?
No solo se trata de ir contra de ti mismo y los pensamientos fatídicos que te invaden sobre la posibilidad de no volver a encontrar empleo nunca y que tengas que vivir debajo de un puente, si no que se acercaban emociones diversas como la sensación de no haber sido lo suficiente para el empleador, que no encontraré otro puesto que sea de mi agrado, que mis conocidos comenzarán a cuestionarme sobre lo que haría en esta nueva situación y sobre todo, lo que más me agobiaba y que me hacía sentir pesadez en todo el cuerpo era: que perdía mi valor al no tener trabajo.
Me puse a reflexionar que llevaba trabajando más de 20 años ininterrumpidos, pasando de una empresa a otra, durando en algunos lugares más que otros, pero nunca pasé más de un mes sin empleo. No me imaginaba a mi misma como una persona no productiva ¿ Mi valía como persona estaba concentrada en el hecho de tener o no tener empleo? ¿Era menos inteligente, menos capaz, menos estudiosa solo porque no portaba un gafete con el nombre de una empresa?
Las respuestas, aunque negativas, no evitaban que me sintiera como una inútil con la simple idea de que ya no tenía una rutina diaria. Se acabaron los días en que tenía que levantarme temprano, hacerme el desayuno y salir a pelear un lugar en el transporte público. Y para los días de home office, no había más necesidad de callar a los perros cuando comenzaban a ladrar. Mi vida cotidiana como la había conocido durante el último año se había terminado.
Entonces, me pregunté sobre lo que quería hacer.
A partir de este instante hablaré desde el privilegio que pocos gozan, me disculparán si lo que digo no aplica para todos los lectores, pero finalmente decidí que no quería buscar empleo.
Por fortuna, el finiquito que me había otorgado la empresa fue bastante generoso, me ayudaría a sobrevivir al menos unos tres meses sin necesidad de pensar que tenía que ponerme a pedir limosna. Así que respiré profundo y supe que esta era una oportunidad para replantear mi futuro, pero, ¿qué era exactamente lo que quería replantear?
Hablemos de números
Como caído de Linkedin, encontré un artículo escrito por Stephanie Ramos, quien contaba su experiencia de haber salido de Amazon. Tras seis años de trabajo, fue despedida en 15 minutos, me sonaba familiar. Luego, tuvo que reingresar para darse cuenta que ya nada era como lo recordaba, lo cual la llevó a una decisión final: renunciar. ¿La razón? Ese trabajo pagaba sus cuentas, pero no la estaba guiando a la vida que ella quería.
Sí, por supuesto, todos lo sabemos. El dinero no da la felicidad, pero es más bonito llorar en un yate que sentado en el autobús que huele a humano. El dinero es necesario para cada una de las actividades que realizamos en el día a día. Cuando alguien me dice: Ir al parque es gratis, les respondo ¿cuántas veces puedes ir al mismo parque sin que te cause aburrimiento? El dinero importa, e importa mucho, con ello pagamos renta, servicios, diversión, medicinas. Es imposible, al menos para los que tenemos obligaciones, imaginarnos sin un ingreso que cubra nuestras necesidades básicas. Pero cuando profundicé en este pensamiento, me di cuenta de que mis últimos trabajos habían sido elecciones basadas en cuánto estaría ganando. No es que los trabajos fueran terribles, solo que en realidad no tenía expectativas de crecimiento, lo cual era distinto en el último empleo, por eso me sentía tan frustrada.
En ese último empleo sentí que tenía oportunidad de desarrollar mi carrera hacia otro destino, aprender cosas nuevas, hacer que el curriculum creciera, pero nada de eso sucedió, entonces, al final, se convirtió en un empleo que me daba de comer, pero no me llevaba hacia donde deseaba estar.
Así fue que lo decidí, no quería un trabajo que solo cubriera mis gastos, quería algo que en verdad me hiciera sentir feliz, que se acoplara a mi vida personal y no al revés. Tenía la oportunidad en mis manos para poder tomar mejores decisiones, era tiempo de escucharme a mí misma.
La insoportable necesidad de enviar currículums
Perder el empleo lleva aparejados otros duelos, como el relativo a la pérdida de una parte de nuestra identidad, vínculos sociales, poder adquisitivo, estatus social, la pérdida de ciertas rutinas, etc.
Muchas personas afectadas por el duelo por despido reaccionan sumiéndose en un estado de pasividad, es decir, se muestran apáticos, se aíslan y son consumidos por el pensamiento de que no encontrarán un empleo o que no tienen lo suficiente para cubrir el perfil de ninguna empresa. Otras se llenan de planes y de manera compulsiva envían su currículum a ofertas de lo más variadas, sin antes plantearse a qué tipo de empleos o cargos quieren postular.
Recordé la última vez que busqué empleo. Fueron casi dos meses en donde había estado en diferentes entrevistas, no me quedaba en ningún trabajo y lo peor, los ahorros se estaban terminando. Frenéticamente lanzaba curriculums todos los días a diferentes empresas sin poner mucha atención en el giro, el perfil o las actividades que debería llevar a cabo si me quedaba. Era tanto mi furor, que en muchas ocasiones me llamaban diciéndome que había solicitado un puesto y yo era incapaz de recordar para qué, cuándo, y por supuesto mucho menos sabía el nombre del futuro empleador. No podía parar. pensaba que mientras más currículums enviara, más solicitudes llenara, más correos escribiera tendría más posibilidades de conseguir un trabajo, el que fuera. Pero no era real.
Resulta que al momento de tener tantas opciones, iniciar varios procesos y abrumarme con entrevistas, perdía de vista lo que era realmente importante: asegurarme de que estaba solicitando el empleo correcto. Y no solo me refiero al empleo que pagara mejor o que tuviera el mejor horario, si no el que me ayudara a usar mis conocimientos previos y me llevara a hacerlos crecer.
Por supuesto muchos te dirán que no desperdicies el tiempo y que al perder un trabajo saltes de inmediato a buscar otro, porque corres el riesgo de que haya otra persona que te arrebate esa oportunidad y te quedes con las manos vacías, pero piensen: ¿Cuando terminamos una relación, saltamos de inmediato a buscar una nueva pareja? Mediten en esa veces que brincaron de una relación a otra, ¿fue la mejor de las ideas? ¿No habría sido mejor tomarse el tiempo para cerrar el ciclo e iniciar la búsqueda con un sentimiento de calma?
Hay que reflexionar en lo que hicimos bien o mal, lo que aprendimos, lo que rescatamos y lo que tenemos que desechar. ¿Cuántas veces elegimos pareja solo por no estar solos? Nadie nos dice que estar solos también tiene su parte positiva. En el trabajo es igual, debemos elegir con la convicción de que estamos tomando la mejor decisión, no solo por la premura de tener un trabajo para ser útil a esta sociedad. Entonces, ¿cómo pasar nuestro tiempo de soltería laboral?
Il dolce far niente
El vacío entre las horas es peligroso, entre otras cosas porque desde niños nos han dicho que siempre hay que ocupar el tiempo en algo, y no hacer nada nos genera ansiedad. Muchas veces mi mamá se inventaba actividades durante el fin de semana que la mantenían ocupada hasta que se sentaba y exhalaba: “No he parado en todo el día”, pero me ponía a pensar, ¿era muy necesario limpiar la porcelana en un domingo tranquilo? Por supuesto que no, pero en un mundo donde hasta los pasatiempos deben generarte dinero o si no estás perdiendo el tiempo, es común encontrar personas que son incapaces de disfrutar de un descanso sin sentir culpa.
El arte de hacer nada (il dolce far niente) consiste en dejar a un lado el ritmo cotidiano del día y dedicar un momento a la introspección, a la relajación y a la conciencia de vivir en el momento. Desde salir a la banqueta o asomarse por el balcón a dejar la vida pasar hasta sentarse en un café y ver a las personas que caminan por la calle. Se trata de un tiempo para desconectarse de todo.
Adoptar esta filosofía podría hacernos sentir extraños, la idea es introducir en nuestra rutina pequeños momentos de serenidad que nos ayuden a disfrutar el presente y a descansar de la realidad. Tomar un descanso nos permite mantenernos mejor enfocados (y positivos) durante todo el día.
Esto te ayudará a visualizar los pasos a seguir para el resto del viaje, este viaje te guiará por caminos sinuosos y rectos, que invariablemente forman parte del destino hacia una nueva etapa en tu vida.
¿Ahora, qué sigue?
La tecnología puede ayudar y desanimar al mismo tiempo
“Gracias por su interés. Hemos revisado su candidatura para el puesto. Aunque sus habilidades y capacidades son de interés, no vamos a continuar con su candidatura en este momento”.
¿Por qué debería esforzarme en poner todo mi empeño en pulir mi CV, capacitarme y venderme como el mejor candidato si en la actualidad muchas respuestas automatizadas son como las de arriba? Ambiguas e insoportables, lo único que generan es la frustración de no saber ni siquiera por qué te están rechazando, es como si te hubieran dado swipe sin darte siquiera la oportunidad de luchar por defender tu experiencia y para hacer todavía más contundente el rechazo, muchas veces vienen de correos Do_Not_Reply (no responder) es decir, ni se moleste en contestar, que nadie atenderá su súplica. ¿Puede haber algo más cruel que la indiferencia de un mensaje genérico? En muchas ocasiones ni siquiera recibirás un correo, ni tampoco una llamada, solo la pesada y ensordecedora incertidumbre del silencio.
Lo que debemos hacer es muy simple: hay que seguir, no dejes de insistir, aunque parezca que no hay forma de lograrlo, en algún momento uno de esos mensajes fríos y robotizados se convertirán en una, dos, tres entrevistas, una propuesta y finalmente la firma de un contrato que te llevará de nuevo al mundo laboral.
Sin trabajo, pero no sin rumbo
Perdernos en un mundo tan agresivo como la búsqueda de empleo no es sencillo, menos cuando el duelo que sentimos nos empuja a imaginarnos catástrofes que no sucederían ni en La guerra de los mundos, a todas luces nos afecta, nos paraliza y nos shockea. Pero hay que seguir remando, esta es una oportunidad para replantearnos nuevas metas, nuevos objetivos, nuevos intereses y también nuevas habilidades. No siempre el viento estará a nuestro favor, pero sin duda, el rumbo que tome nuestra nave será el que nosotros decidamos, al fin y al cabo, somos los que estamos al mando en el timón.
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