Difícilmente me atrevería a contar la vez que me enamoré de ella por su capacidad de escucharme en medio de tanto ruido que la rodeaba o la ocasión que casi me conmuevo hasta las lágrimas al percatarme de la mirada atenta de un grupo de estudiantes, al impartir la clase de filosofía. La generosidad de un gesto como la escucha o la mirada atenta revive en mí un halo de esperanza casi inconfesable.
No exagero. Para Simone Weil, la atención es la forma de amor más pura que existe, expresión de una profunda generosidad del alma humana, orientada siempre hacia lo divino. Un acto radical de amor, que involucra a todos los sentidos y a la plenitud de la razón. Un amor consciente; un amor cuyo sentido radica en la presencia de la otra persona. Siglos atrás, los pitagóricos sabían de la importancia de hablar a partir de saber guardar silencio; los primeros años de su formación académica los dedicaban a practicar el silencioso arte de la escucha. La palabra encontraba sentido cuando lograba acallar el impulso de su propio sonido.
Atender. Prestar atención. Reparar en aquello que con facilidad se ignora. Sí, reparar, en su connotación de encontrar pausa y remedio. Reparar lo que es roto por la prisa y la desesperación. Reparar lo que la angustia omite con alevosía. Detenerse a escuchar lo que permanece en el tiempo. Contemplar el lugar donde se está, donde somos mientras todo acontece. Mirar y saber que lo observado es más allá de la apariencia. Mirar para asombrarnos. Hacer presencia, porque atender nos descubre distintos en el universo de lo homogéneo. Al prestar atención nos percatamos de la compañía que solemos ignorar.
Atender, entonces, comienza como un acto de rebeldía ante la imperiosa demanda de mantenerse siempre ocupado en sí mismo. Rebeldía frente a la sobreestimulación de lo pendiente, una pausa cuando no hay tiempo, un silencio guardado ante el afán por opinar de todo y tener la razón. Rebeldía porque se decide respirar en el frenesí que nos deja sin aliento, pero una vez encarrerados ¿cómo regresar al punto donde la vida aún no pierde su rumbo? Quizá baste, sí, con prestar atención y saber que, aunque las cosas suceden sin que nos percatemos de ellas, nuestra vida comienza cuando nos detenemos a observarla o cuando al prestar atención nos descubrimos inmersos en ella. Porque encontrarse en lo ajeno resulta también maravilloso, como en este Inventario del primer gesto que escribe Carmen Amores, a quien conozco sin conocer:
Comenzar para mí
es notar que algo se ha movido por dentro
antes de que tenga palabra,
una incomodidad suave,
un latido distinto
como cuando la luz de la mañana
entra con un ángulo nuevo
y todo parece el mismo cuarto,
pero no lo es.
Sobre el autor:
Alberto López
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1 Comment
Magali
Alberto, leí tu ensayo, no está de más decir que traté de hacerlo con atención y cuidado. Aún estando en medio del barullo de la Facultad, lo logré. Tanto, que fue como escucharlo desde tu voz. Saludos!