Columna

Recuerdo de los días nublados

Amor, no llores
veo luz en tus males
siguiéndote el corazón
bailando en un canto de zorzales

Milo J

Existen momentos imposibles de fijar en una fecha del calendario. Así, nos nacen los recuerdos. Hay pasajes de la memoria que no se pueden pronunciar por sí solos. Entonces, buscamos las palabras para compartir lo entrañable y con ello habitar lo antes vivido: 

Como una llama que se extingue lentamente, Fermín enfermó de tiricia. Signos vitales estables. Sin llanto alguno, tampoco había rastro de lamento en su respiración. Simplemente, su andar se tornó inerte. Preocupado, su padre lo llevó al médico, quien escuchó el debilitamiento de los latidos en su corazón. El remedio implicó una buena dosis de paciencia. Junto al río, Fermín arrojó algunas flores, antes reunidas en un cuenco; contempló entonces su tristeza mientras el color de las flores se alejaba con el agua. La rutina de unos meses, lo llevó a la serenidad. Con la calma recuperada, buscó el movimiento. Junto a su padre, el hermano menor de mi abuela, asistió a las fiestas del pueblo. La tambora y el trombón, le recordaron el ritmo perdido en su corazón. Sus pies comenzaron a bailar. Fermín sanó. 

El recuerdo de mi abuela llegó como bálsamo a la herida. Decidí (re)escribirlo para poder compartirlo, para mantener a flote con palabras lo que el tedio se empeña en olvidar, lo que el dolor insiste en ocultar. Cuando la tristeza es capaz de oscurecer la voluntad e impregnar de desánimo cada una de nuestras acciones; cuando no existe razón suficiente para dar frente a la batalla que se libra en las profundidades de nuestro ser; cuando el nudo en la garganta nos impide respirar y el dolor expone nuestra fragilidad ante la vida; sólo entonces, la experiencia del límite nos abre al mundo. Con una mayor comprensión de nuestra condición, se nos ofrece un camino distinto: no todo está perdido.

Sí, en la desgracia hay que procurar el consuelo. Fermín no sanó al tomar una pastilla, tampoco lo hizo después de aplicarse un ungüento. Fermín recuperó el ritmo a través de un ritual que puede rastrear sus raíces en la cultura mixteca. El agua, como la vida, en su constante fluir. El andar, convertido en danza, como augurio de tiempos mejores pese a todo pronóstico en contra. Propios o ajenos, los días nublados requieren compañía y una dosis de agua de mar.

Ilustración: Valeria Hipocampo

Al llorar, nuestros ojos recuperan claridad. La tiricia decanta, como el agua contenida en las nubes. La tristeza pasa, y en su paso nos devuelve la posibilidad de sabernos con la fuerza de una mirada renovada, aun se encuentre emergiendo de entre las ruinas.

Alberto López

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