El desierto no es un vacío; es una presencia que exige. En las rancherías de México, donde el horizonte se estira hasta que los ojos se cansan, la vida no se “lleva”, se sostiene. Habitar el desierto es aprender el lenguaje de la resistencia: saber cuándo callar, cuándo buscar la sombra y cómo convertir la aridez en una forma de identidad.
En este paisaje, la vida en las rancherías transcurre con un ritmo propio, marcado por el ciclo de la lluvia que no llega y el sol que no perdona. Es un estilo de vida de manos curtidas y miradas largas. Aquí, la soledad no es aislamiento, sino un diálogo constante con la tierra. Y es precisamente en esa soledad donde brota una de las expresiones más crudas y hermosas de nuestra cultura: el canto cardenche.
La espina que se queda: Cardenche y Arturo Loera
El cardenche toma su nombre de una cactácea cuya espina tiene una peculiaridad cruel: entra fácil, pero al intentar sacarla, desgarra la piel. Así es el sentimiento en el desierto, y así es el poema “Cardenche” de Arturo Loera.
Loera no solo describe el paisaje; lo encarna. Su poesía se siente como esos cantos de los peones en el semidesierto lagunero: voces a capela, desgarradas, que no necesitan instrumentos porque el eco de los cerros es suficiente. En su obra, el desierto deja de ser un escenario para volverse un personaje que duele y que canta.
Al leer a Loera, conectamos con la ranchería no como un punto en el mapa, sino como un estado mental. Su poema es esa espina que, una vez que se clava en la memoria, es mejor dejarla ahí, permitiendo que el desgarro nos recuerde que estamos vivos, que seguimos aquí, habitando nuestra propia aridez.
Cardenche
Preparo bien mi canto en los acordes del sotol.
Sé que moriré en el desierto, pero
no soy el único que ha intentado cruzarlo a manga
para despertar a los alacranes dormidos bajo la arena
como hizo Dios hace mucho tiempo,
borracho al octavo día.
¿Cuántos hombres se me han muerto allá quemados?
Sin guitarra ni acordeón,
con el veneno del Diablo, mi Sapioriz.
Cuadro que sólo Dios presencia ahora
en calidad de hormiga.
Híncate, nube obrera.
Pasa la botella a tus hermanos, señor mío.
Deja las espinas en la entrada.
Mi corazón coronado quiere gritar.
Que los aguijones del mundo sepan
que veneno y veneno se vuelven canto,
canto quebrado, canto puerco, a rastras
por la noche y sus tiraderos.
Ven, quítate aquí las botas,
y acompáñanos, tenemos algo que contarte.
Pero no ofendas a los señores de la casa.
Vamos a jugar a ser humanos.
Jugar a ser los humanos más rotos
que este desierto ha visto.
Y mira que ha visto a tantos.
No te estoy diciendo que Dios existe,
te estoy cantando que la luna es redonda
porque a veces pareces olvidarte.
Mira nada más cuánto dolor.
No te vayas tan temprano.
¿A dónde vas, veneno, que más valgas?
¿A dónde tu voz de lija?
¿Cuántos pesos me debes por la cosecha, Dios mío?
¿Cuánto por esta espina, hijo de hombre?
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Semblanza: Arturo Loera
Nació en Chihuahua en 1987. Poeta. Estudió Letras Españolas en la Universidad Autónoma de Chihuahua. Es parte de la agencia de publicidad Folklore . Ha colaborado para Cuadrivio, La Cigarra, Palabras malditas, Pliego 16, Punto en línea, Radiador y Tierra Adentro, entre otros. Ha sido becario del PECDA Davida Alfaro Siqueiros en la categoría creadores con trayectoria, de la Fundación para las Letras Mexicanas (FLM) (2013-2015) y del FONCA en su programa de jóvenes creadores. Premio de Poesía Editorial Praxis 2013 por Cámara de Gesell . Premio de Poesía Pellicer-Frost 2017, por el conjunto de sus poemas titulado Un montón de piedras(Mantis Editores, 2017). Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2021. Sus poemas han sido traducidos al inglés y al italiano. Parte de su obra se encuentra en las antologías Los 43: poetas por Ayotzinapa (Drokerz, 2015), Fuego de dos fraguas: poetas jóvenes de México y España (Exmolino / Taller Editorial, 2016), Del inconveniente de haber nacido en México , ( Piedra Bezoar, 2016), Parkur pop.ético (o cómo saltar las bardas poema el el) (SEP, 2017).