Tus ojos, tu boca, la garganta, ese par de senos, el ombligo, tus labios acariciados por la mar. Las olas que te lamen. Te va mi mirada, las niñas te andan, erizan tus vellos de las piernas, los mojan.
Hay una tristeza congénita que me inviste.
El atardecer alarga nuestras sombras. Una marea te llama, es delicada como bebé mamando. Eres arena, miles de tús repetidos incesantemente en playas vírgenes, en atracaderos pacíficos e inaccesibles apenas permeados de inentendibles corazones diminutos de roca.
Tu nombre, tu dulce nombre, canción que despide a tu cuerpo que se hunde. Dices que eres inmensamente feliz, que no es el mejor ni el peor momento: es y ya. Soy cobarde ante nuestro pacto. Recuerdo que recuerdo. Sueño portentosamente con todo lo que has sido, que fuiste. El tambor que latía en mi pecho se detiene con un golpe seco.
Despierto bañado en sudor
Jadeando
solo
deshabitado
eternamente solo
Devastado.
Éric Márvaz