El triunfo de Donald Trump me cayó como un golpe en el hígado, en el corazón y en la neurona. La mañana de la elección, antes de salir de casa, escuché las encuestas que daban el triunfo a Hillary Clinton. Confiada como quien lee su horóscopo salí de casa. Por la tarde, los resultados variaban entre un candidato y otro. Entrada la madrugada, el triunfo de Trump era inminente. Las bolsas internacionales cayeron, al igual que mi esperanza en un mejor porvenir. La tristeza me invadió y ni siquiera el sol se asomó ese día, como si fuera un augurio de los días grises que se avecinan.
La elección presidencial puso en evidencia lo que pocos imaginamos cuando pensamos en América y eso es que la nación más poderosa, la que tiene las mejores universidades del mundo, la que presume de ser la tierra de la libertad y las oportunidades, también tiene una población, primordialmente blanca y resentida; rezagada y abandonada que se dejó seducir por un slogan anacrónico: Make America great again y eligió a un payaso como presidente. ¿Diversos países en un país? Sí. Por un lado, una población que no acepta los trabajos que realizan los latinos por considerarlos inferiores, pero que no puede acceder a mejores oportunidades porque el sueño americano los ha defraudado. Por otra parte, grupos de latinos y jóvenes en general que le apostaban a un Stronger together; y otro sector, que no comulgaba con las ideas radicales de un demente ni con ese establishment representado por Hillary.
Aún no sé qué fue lo que más me impactó de esta elección. Me inquieta que el odio y el temor motiven nuestras decisiones. Me duele que la misoginia se imponga a la capacidad, el trabajo y la constancia de una mujer. Me preocupan los millones de mexicanos que están allá. Me humilla que nos llamen delincuentes. Me duele escuchar a niños gritando a otros niños: construyan el muro, un día después de la elección. El odio estaba ahí antes de Trump, su triunfo sólo valida su expresión.
En México, la clase política no está preparada para el desafío que se vislumbra. ¿Nosotros lo estamos? Somos un país que discrimina y castiga la diferencia. Detrás de nuestro clasismo y pigmentocracía habita la idea absurda de superioridad. Cada vez que decimos “indio”, “chairo”, que juzgamos las preferencias musicales y les otorgamos un valor, solo hacemos evidente nuestro temor a pertenecer al grupo colonizado. Vivimos sintiéndonos extranjeros dentro del país: ¡Vaya tontería!
¿Qué vamos a hacer ahora? Los individuos somos la base de una sociedad, somos nosotros quienes en conjunto conformamos grupos y otorgamos identidad a un país. Si cierro mis ojos y miro hacia adentro, encuentro posible pensar, sentir, crear, trabajar, acompañar, cooperar, escuchar, ser valiente, fuerte y orgullosa de mi país. Ese el camino que elijo y espero no estar sola.
Susana Bárcena Gaona