Louis Untermeyer / Trad. Juan Manuel Esquivel
Griegos, egipcios y desde luego judíos acostumbraban cubrirse la cabeza con ceniza en señal de luto o duelo. Los ninivitas la empleaban como gesto de profundo arrepentimiento. Así, no extraña que en la Biblia la ceniza sea un símbolo de penitencia interior o duelo. En el año 384 d. C., la Cuaresma adquirió un sentido penitencial para todos los cristianos y desde el siglo XI, la Iglesia de Roma solía poner las cenizas al iniciar los cuarenta días de penitencia y conversión… Y aun de todo lo anterior, para Louis Untermeyer —más conocido por su labor de editor que por sus poemas y prácticamente un desconocido en México— el Miércoles de Ceniza es muy distinto. Entre la blasfemia y la ironía, el poeta neoyorkino nos invita a la naturaleza, al campo, por el que siempre tuvo un profundo aprecio. Con todo, en este poema la protagonista es la luz, pero la luz de Untermeyer es masculina. Fascinante rasgo que en español es imposible de conservar; he preferido dejar tranquilo al lector. Sobre la rima y el verso medido, tan exactos y hermosos en el poema fuente, reitero mi preferencia por la prosa, pero esta prosa no sólo se pretende precisa, sino que además sabe que respetar la poesía es lo más importante. Ojalá que así lo juzgue el lector.
(Viena)
I
Impide la luz o déjala filtrarse
por estos pasillos ceñudos como una penitente,
como si caminara envuelta en un cilicio. Déjala
yacer a los pies de todo lo que siempre creció
falso y torcido, como este templo rococó
donde los cupidos sonríen desde nubes de caramelo
y donde el Señor, con uñas pulidas y cabellos perfumados,
actúa una parodia de lo divino.
Las velas sisean; los pedales del órgano lanzan truenos;
oscuras y retorcidas las columnas abandonan la tierra,
buscan una altura más solitaria, más negra.
La iglesia se dilata sucia, lóbrega, mientras el enjambre humano
forcejea con el júbilo del cuerpo impenitente.
Polvo al polvo… Vete… Impide la luz.
(Hinterbrühl)
II
Y entonces la luz huye riendo del pueblo,
arrastra consigo al sol por los caminos
donde ya aflora el lodo, mientras espolea
cada hoja de hierba que había aplanado el hielo.
En todo arbusto vacío se detiene para soltar
manojos de pájaros con gargantas verdes y amarillas;
a la vez, incluso las gallinas, inseguras de sus notas,
mezclan vocales oxidadas en intentos por cantar.
Ella cubre las puntas del castaño con rojos súbitos
y arroja un rubor oliva sobre lomas desnudas
que, de algún modo, confiaban en mantenerse blancas.
¿Quién pide un cilicio ahora? Brinca y esparce
un carnaval de color, derrama feliz
su sangre: la resurrección… y la luz.
Texto fuente: Ash Wednesday | The Poetry Foundation
SEMBLANZA AUTOR
Louis Untermeyer fue un poeta, crítico y traductor nacido en Nueva York en 1885. Sin embargo, su faceta más destacada fue como editor. Son más de cien libros los que editó y antologó para lectores de todas las edades. Destacan sus colecciones de poesía estadounidense contemporánea, las cuales permitieron tanto a estudiantes como al público general adentrarse en la palabra poética.
Evidencia absoluta de esta vocación, es que aun de haber nacido en una familia acomodada, en 1923 Untermeyer renunció al negocio familiar dedicado a la joyería para volcar toda su atención y energía en otra clase de orfebrería: las actividades literarias. Su amistad con Robert Frost, Ezra Pound, Arthur Miller y otras figuras le proporcionó material único para sus libros.
Al igual que Frost, Untermeyer amaba la vida en el campo. En una ocasión declaró a Contemporary Authors: “Vivo en una granja abandonada de Connecticut… desde que mi Nueva York natal me pareció inhabitable y antipática. … En estos acres verdes y a veces árticos, cultivo cualquier flor que insista en crecer a pesar de mi negligencia.
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