Máster Razo y yo caminábamos por el tianguis de la SanFe, barrio al norte de la ciudad de México, cuando descubrimos el viejo cuadro de una Harley oxidándose en una azotea atiborrada de objetos. Nos emocionamos mucho y tocamos la puerta. Nuestra intención inicial fue comprarlo y sacarlo de ahí; lo peor que podía pasar era que nos mandaran a la goma. Pero eso no pasó. Nos abrió una dulce ancianita que manifestó la alegría en su decir porque alguien por fin la ayudaría a limpiar el “tilichero de la azotea”. Tomamos aire y decidimos ganarnos ese cuadro de motocicleta, aunque termináramos hasta el día siguiente. La doña no solo nos vendió el cuadro a un precio de risa, sino que nos dejó husmear en uno de los cuartos de la enorme casa. La habitación había sido de Toño, el hijo que no regresó. Toño era un hippie que amaba las motos y que 1979 había partido en busca de un lugar llamado “Alma”.
La historia nos motivó y nos enfrascamos en un alucine que duró horas. Las cajas del buen Toño contenían las pertenencias de un chavo ondoso, intenso e ilustrado, algunos libros, revistas, recortes, discos, fotos… Una cápsula del tiempo, donde deslindamos una de nuestras obsesiones vintage: comprender el fractal llamado rock mexicano a través de sus fuentes.
Me gusta recordar este suceso porque fue el inicio de una curiosidad que no termina, una delicia que abre los oídos y las preguntas… Como una madeja que se expande, el archivo “Alma” se abre hacia el estudio del rock, porque los documentos que lo integran urden la historia privada de un testigo y nos permiten escuchar una banda sonora personal pero en correspondencia con otras miradas, hipótesis, rolas, sistemas de creencias. Animal salvaje, sin duda, el rock se aborda históricamente desde eras, décadas, pero su estudio puede ser solo una aproximación sesgada por la biografía del investigador o por el afán protagónico de quien lo ha vivido. Para elaborar una reflexión seria, además de la revisión del archivo “Alma”, ha sido necesaria la reunión de documentos de autores variados que van desde la literatura de la “onda”, hasta artículos recientes que fortalecen el estudio de un contexto, antes que de un género, porque después de todo, el rock no es mexicano, ¿o sí? El contenido del archivo “Alma” permite ver algunas inconsistencias: hay un proceso artístico transgresor y de protesta que es la esencia de los movimientos estudiantiles, cuyo hilo conductor es violentamente interrumpido en octubre de 68 y en junio de 1971. Después, tiene lugar el Festival de Avándaro, donde la masiva y confusa convocatoria puede ser interpretada desde muchas aristas y lugares comunes: Que si los tijuanos eran unos y el sonido Chicago otro; que cuando estuvo Morrison todo fue un fraude, que si Gustavito Díaz Ordaz usaba el pelo largo; que si Lora, su laney y la prensa vendida; que si la venta de drogas desactivó la rebeldía y en ese sentido, sospechar del Estado haciendo un trabajo efectivo al inocular la diversión televisiva, desde la reproducción de formas de vida dependientes y endeudadas, que aniquilarán la utopía. O tal vez solo es la descripción de algunos sueños clasemedieros, que funcionaron como paliativos para desbaratar el espíritu de insurgencia que caracterizó a los movimientos estudiantiles.
El archivo “Alma” es un compendio de testimonios, artículos, imágenes, opiniones, manifiestos, relatos, etcétera, que permiten entender el Festival de Avándaro como prototipo de circulación del rock en la industria cultural o en su reproducción en los medios radiofónicos o televisivos. La reflexión sobre Avándaro expone las ganancias simbólicas de tres generaciones que guardan recuerdos por la forma de hablar o de vestir, recuerdo de los lugares de reunión, los festivales, el Chopo, los buenos tiempos. El tesoro acumulado por Toño, comparte lo más cercano al entendimiento de las palabras de la tribu, su purificación a través del acorde o la letra maciza. También es posible observar los carteles de rock y quiénes figuran en ellos; el rockstarismo, los lugares de reunión. Sobre los movimientos estudiantiles del 68 y el 71, la oscura presencia de la represión, donde la alternatividad es legitimada, integrada, hasta ser algo bien visto o aceptado. Avándaro crea una paradoja donde la transgresión, la búsqueda de la libertad o lo políticamente incorrecto, quedará asimilado por los mecanismos de contrainsurgencia del Estado.
PERO… ¿NO ES LA DEFINICIÓN DE UN TARGET?
Han pasado cincuenta años desde que el controvertido festival de Avándaro fue noticia. Los jóvenes que acudieron al llamado de un concierto que se volvió multitudinario, ahora intentan reconstruir con fragmentos de rock y nostalgia una bitácora de viaje, donde la experiencia de la masividad podría confundirse con la transgresión.
Dice en entrevista un Luis de Llano Macedo, fresco, relajado pero caracterizado en el desparpajo que otorga la fiesta eterna: “El Festival de Rock y Ruedas de Avándaro’ se concibió como una carrera de autos, la cual sería aderezada con un concierto de rock. Los realizadores se habían basado en Monterey 1967, Woodstock 1969 o Isle of Wight 1970. Pero, para la mayor parte de la sociedad mexicana y las autoridades de los años setenta, esta experiencia representaba un atentado contra las buenas costumbres y contra la moral, así como una invitación a que la juventud se corrompiera (…) Antes de 1971, en un pueblo cercano a Valle de Bravo, en el Estado de México, se habían realizado una serie de carreras de coches en lo que se conocía como el Circuito Avándaro. Después un joven empresario con influencias políticas vio la oportunidad de revivir la gloria del pasado. Eduardo López Negrete, gerente general de la Promotora Go. S.A., fue quien gestionó los permisos necesarios para realizar el evento, para lo cual se valió de las buenas relaciones empresariales de su familia con Carlos Hank González, en ese entonces gobernador del Estado de México y cabeza del grupo Atlacomulco. Entre Eduardo López Negrete y Justino Compeán plantearon reavivar el Circuito Avándaro, pero este último propuso incluir algunos números musicales como preámbulo de las carreras, con la finalidad de generar mayor expectativa”.
Avándaro es uno de esos lugares simbólicos que deseamos habitar desde la lectura de un universo de transformación compartido; un imaginario social que aporta a las nociones de juventud, libertad y rebeldía, una suerte de sentido de pertenencia contracultural. Sin embargo, considero que el festival de Avándaro desmovilizó y legitimó una visión del orden social con un discurso de aparente transgresión colectiva, donde los sueños de libertad, rebeldía y contracultura, quedarán supeditados a los intereses de importantes empresas del mundo del espectáculo, el consumo de los productos creados para beneficio de los medios masivos de información.
Pensar 1971, nos regresa a ese 11 de septiembre como un símbolo de memoria. Para los representantes del llamado rock mexicano, es un símbolo donde el trabajo cultural intentó crear una identidad desde una supuesta profesionalización. Sin embargo, esta narrativa que aparentemente rompe con los patrones culturales de toda una época, se viene abajo cuando analizamos los bordes discursivos y artísticos del festival, concretamente los musicales; así como las semejanzas y diferencias de los conciertos masivos realizados en Norteamérica y Europa a finales de los años sesenta y principios de los setenta, para identificar algunos códigos, a manera de patrones recurrentes, que desembocan en la desmovilización de la protesta juvenil que tan solo tres meses atrás fue brutalmente reprimida. El ejercicio de poder del Estado se percibe desde una intención determinada por la opresión o la violencia material o simbólica y, en consecuencia, en la integración de los jóvenes a una vida social recreativa, acrítica y poco politizada. El discurso se vuelca hacia una narrativa donde “la censura y la represión” enmascaran la intención utilitaria de los monopolios culturales, la industria del espectáculo.
Avándaro se convierte en una hidra. La esencia del festival es la aplicación de una fórmula efectiva, donde la comercialización guía el poder de convocatoria a un concierto de bandas “de la onda”, porque generó una expectativa de ensoñación completamente exitosa. Los medios de información empezaban a madurar, aplicando técnicas de propaganda, de la industria del espectáculo y el flagelo de la payola. El consumo de las propuestas musicales había circulado ciertamente desde una suerte de clandestinaje, pero existían estaciones radiales, Radio Juventud, que marcaron la manera de escuchar de los jóvenes, así como la apropiación de sonidos y formas de vida como prototipos ideales.
El ser joven no era una dimensión homogénea, pero tampoco la parte más cómoda de la historia. La evidente presencia de la represión y la narrativa creada desde la fragmentación de la experiencia colectiva, permiten la circulación de palabras que estructuran el mito. Es notable la construcción de un imaginario social y un sentido de pertenencia que perfila algunos patrones de identidad. Un sueño colectivo que describe el Drama social (Turner: 1996) en sus tres etapas; un quiebre, una crisis y luego una integración. Avándaro no rompe, integra.
¿Qué pasó después de Avándaro? El trascendentalismo que utilizaron muchos chavos “de la onda gruesa” como filosofía de vida, fortaleció una alucinación colectiva donde la reverberación de esta “onda” en la dimensión pública mostró también la insatisfacción después de la fiesta. Toño dejó algunos testimonios en su archivo. Es claro suponer que la continuación de su viaje de conocimiento era ineludible. El mundo de los motociclistas lo echó a andar siguiendo la ruta utópica del regreso al origen. Toño buscaba su lugar ideal, un mundo posible donde todos pudieran ser libres, incluso de sí mismos.
SIBIU ALMA
Tres años después del hallazgo del archivo, Máster Razo llamó desde Denver. Hablamos sobre la situación de la comunidad artística de la región, donde hay una enorme extensión de desierto con monumentales formaciones rocosas y ahí, superando todo tipo adversidades, sobreviven algunas galerías y un círculo de artistas y coleccionistas de arte. Máster Razo me contó que en uno de sus paseos, conoció a un anciano que había vivido en una comuna en un área cercana al cañón del Chaco, en Nuevo México. La comuna se llamaba “Alma” y al preguntar de manera detallada sobre esa época, el informante recordó haber convivido con alguien llamando “Antonio” de nacionalidad mexicana. El supuesto Toño había permanecido un tiempo considerable viviendo en la comunidad, pero un buen día decidió dejarlo todo e intentar llegar a un lugar llamado “Sibiu Alma” asentado desde la Edad media en una región cercana a Transilvania, donde el término “Alma” deriva de alm, que significa olmo. Lo último que se supo de Toño es que viajó a Europa y en Rumania conoció a Bronislawa. Una poeta y cantante de origen romaní, que se hacía llamar “La hija de Papusza”.
