Desde Stonehenge hasta La Meca las piedras han sido sagradas. Símbolo del ser son lo nunca cambiante, la unidad y la fuerza, aquello que no muere, una representación de lo divino. La idea perdura: las piedras siguen fascinando al hombre.
Supe del Valle de Piedras Encimadas hace años, durante mi primera visita a Zacatlán. Hasta ahora lo visito, justo comenzando el otoño, la temporada que más disfruto y coincidentemente «la época más bonita para conocer», según mi guía. Inmediatamente empecé a tomar fotos. Piedras de millones de años, figuras caprichosas a las que se busca parecido con animales, objetos y hasta personajes populares; el juego sólo confirma la fascinación ya mencionada.
El valle está rodeado de bosque, al irnos adentrando en la espesura la niebla, que lentamente bajaba, nos envolvió: comencé a sentirme en otro lugar. Entonces, como si de un sueño se tratara, algo me ocurrió con los colores: las plantas, las ramas, el ocoxal sobre la tierra fueron adquiriendo un brillo que me hipnotizó, misteriosa luz que inútilmente traté de captar con la cámara.
Días después, unos versos de José Ángel Valente parecen explicarme mejor aquel momento: «El amarillo, el verde, el encendido / rojo sólo para morir / bajo el tendido velo del otoño». Efectivamente, vi tenderse el velo del otoño; sin embargo, aquella tarde el encendimiento no fue exclusivo del rojo, también el verde y el amarillo, ya desde la vegetación, ya desde las piedras, parecían resplandecer un aura casi dorada.
Los romanos consideraron al inframundo casa de la riqueza, de ahí que llamaran Plutón al Hades griego. Cómo no ver en otoño sombras doradas, es la avanzada del invierno anunciando el anual retorno del reino de los muertos.
Esto no debe extrañar, el hombre jamás escapará de los dioses, sin saberlo él mismo los persigue en delirio. Un valle de piedras será siempre sitio de encuentro con lo Otro.











