Murmullos Trazos al Vuelo

Regalos de otoño

El otoño es una estación, especialmente en poesía, que se ha asociado a menudo con la melancolía. Las posibilidades y oportunidades del verano se han ido y el frío del invierno está en el horizonte. Los cielos se vuelven grises, la cantidad de luz diurna utilizable disminuye rápidamente y muchas personas se vuelven hacia adentro, tanto física como mentalmente. Se la ha denominado una temporada poco saludable.

La cita es de una revista. No estoy de acuerdo. Aunque el otoño tiene mucho de melancólico también tiene un lado muy positivo que nos regala momentos de felicidad. Recuerdo que alrededor de los veinte años, caminando hacia mi casa al regresar de la escuela, me percaté por vez primera de que partir de octubre la luz del sol cambiaba, de que ésta tomaba una tonalidad distinta, una menos brillante y que al alumbrar las cosas, si bien éstas se tornaban más opacas, paradójicamente ganaban intensidad, una especie de nuevo brillo propio, como si fueran más ellas: en las banquetas descubría grietas y fisuras antes invisibles; en los troncos de los árboles apreciaba como antes no su áspera textura; las fachadas de las casas y edificios ahora parecían otras, como recién pintadas. Quizás ese día tomé conciencia del otoño. O simplemente lo conocí. Y no sólo la luz: más adelante en mi vida también tomé conciencia de otros regalos que nos trae el otoño, por ejemplo, los olores, que se hacen más intensos, se reconcentran y la tierra huele más húmeda y las hojas secas despiden un aroma leñoso. Los alimentos. A la mesa llegan las manzanas, las granadas, los duraznos. Mi madre preparaba dulce de calabaza que sazonaba con canela y otras especies de temporada, en casa todo se llenaba de dulzor. Todavía. Con los años me he ido haciendo amigo del otoño, como en el poema de Keats, porque el otoño es un amigo apacible que sabe escuchar, en especial por las tardes, cuando gusta de conversar y ayudarnos a reflexionar lo vivido.


Leave a Reply