
El bodegón es quizá uno de los géneros pictóricos más antiguos. En él se representan objetos naturales: flores, frutas, semillas, animales vivos y muertos, piedras. También, los que han sido hechos por el hombre: ollas, utensilios de cocina, antigüedades, libros, artesanías. Por lo general, la representación ocurre en un espacio determinado, por ejemplo, una alacena, un escritorio, un sillón. Cuando apareció la fotografía, ésta no tardó en practicarlo.
Es común oír que el bodegón busca provocar sensaciones en el espectador, especialmente de tipo positivo: bienestar, tranquilidad, armonía, serenidad. Es cierto: las provoca. También se dice que es un género menor, que le sirve al pintor para desarrollar ideas o esquemas de color. El bodegón podría parecer trivial, una pintura meramente decorativa o didáctica. No es así…
Otro de los nombres que recibe es naturaleza muerta. Los holandeses, quienes cultivaron profusamente el género, las llamaron stillleven que bien podría traducirse como “vida detenida”.
Qué precisa la aspereza del Norte:
contrario a estos frutos, por siempre encendidos,
tu vida avanza, ¿adónde?
No lo sabes, quién podría.
Estos versos los escribí (o más bien ellos me escribieron) una noche de año nuevo muy fría en San Cristóbal de las Casas, miraba bodegones o naturalezas muertas en las paredes de un hotel. Recién había leído Una canasta de frutas maduras de Guy Davenport. En ese ensayo el erudito estadounidense comparte muchas ideas en torno a las still life. Aquí una:
Los pueblos primitivos daban de comer a sus muertos. En las tumbas más antiguas hemos encontrado platos y cántaros. Desde los primeros tiempos conocidos de Egipto, familiares y amigos daban de comer a sus padres muertos; el ka, o alma, podía comer […] Y cuando, después de mucho tiempo, no quedaba más familia que alimentara a un ancestro con comida fresca, había una comida pintada en la pared de la tumba, gracias a la cual el ka podría vivir hasta la aparición diurna de Osiris, cuando el tiempo se detendrá […]

Para Davenport, esa es la auténtica raíz de la naturaleza muerta, fascinante… Para mí, el bodegón y sus variantes —como la alacena— son una constante invitación a disfrutar de la vida, a descubrir las maravillas olvidadas en el simbolismo de lo más cotidiano y, sobre todo, a recordar lo frágil y pasajera que es nuestra existencia.
