Hay días que se alargan y me agobian. Tengo que salir a caminar para que el aire fresco y contaminado de la ciudad me tranquilice y en cada paso, resbalen de mi cuerpo la melancolía y la ansiedad. Gozo encontrando detalles que, a causa de la velocidad diaria, he pasado por alto: una aldaba con cabeza de medusa, una puerta centenaria, una librería de viejo. Cuando encuentro una de las últimas, la atracción gravitatoria de la palabra me lleva a su interior.
Adentro, mis pasos se tranquilizan, el bullicio citadino se queda afuera, respetando el silencio expectante de los libros. Mi vista se afina y expande queriendo leer todos los títulos con una sola mirada, el aroma a tiempo detenido llega a mi nariz. Cuántas voces esperando unos ojos inquietos. El tsundonku me nubla y quiero llevarme todos, hasta las enciclopedias milenarias. Reconsidero, la imagen del monte de libros en espera de mi pasillo me visita y, por si fuera poco, el día de raya todavía es lejano. Luego, susurra en mi cerebro otra voz, parecida a la mía, pero más seductora: solo uno de poesía, o uno de cuento, o una novela, sacrifica la comida de hoy.
Las librerías de viejo normalmente están resguardadas por un guardián, por un guía espiritual o por un cerbero. Los guardianes de los libros son seres románticos. Te dejan en paz para que merodees su tesoro en silencio y te encuentres con un ejemplar enviado por el sino para llegar a tu mano. Los guías son los más peligrosos. En algunas librerías te ofrecen una taza de buen café y, junto con él, viene la plática. Al ritmo de una cobra hipnotizadora, su labia librofila te va envolviendo para sacarte información acerca de quiénes son tus autores y géneros favoritos. Tras la trampa y antes de que el café se enfríe, llegan las recomendaciones y en un abrir y cerrar de ojos, ya estás afuera de la librería con cuatro libros y dos pedidos para la siguiente quincena y no sabes cómo fue, ni qué pasó. Sales sin pesos y con hambre, pero sin remordimientos. Los cerberos sienten que sus libros son la última gota del desierto y te juzgan por no comprar los libros de Platón y Derrida que te recomiendan y te miran mal cuando les pides uno de Harry Potter –aunque aceptan el dinero–. No nos enfoquemos en esos seres inframundianos.
Los guardianes y guías suelen ser personas afables y letradas. Tras el diálogo y la convivencia, con los lectores habituales forman vínculos de comunión en el patio de la literatura. En mi caso, el guardián convertido en guía espiritual me ha visto crecer como lector. De leer únicamente novelistas que ilusionaban al joven yo, ahora me consigue y recomienda poetas y ensayistas que me roban el aliento. En algunas ocasiones, ha llegado a bulearme recordándome que llegué a su tienda buscando Crepúsculo.
No he de negarlo, durante mis paseos también me detengo a echar un ojito en las tiendas de libros nuevos, pero allí no me siento tan a gusto. Tal como en los centro comerciales, soy hostigado por vendedores que intentan convencerme de llevar un título de escándalo y de reciente publicación a un precio exorbitante. Aunque en algunas ocasiones vale la pena comprar uno solo por abrir y oler la tinta y el papel nuevos, listo para hacerlo tuyo. Si es un título que ya tiene años de publicado, procuro buscarlo en las otras librerías, porque un libro viejo narra diferentes sucesos a los que cuentan sus párrafos. Historias detrás de las historias: dedicatorias, diálogos entre autor y lector, alguna carta, un boleto de trolebús, un recibo.
En mi colección tsondukeana habita un ejemplar de Pedro Páramo con la dedicatoria de Juan Rulfo a una tal Betty. Cuando lo encontré entre los montones de portadas viejas, me sentía en las nubes por hallar un tesoro de incalculable valor. Pregunté su precio esperando una cifra estratosférica por parte del guardián, pero no, estaba a 50 pesitos. Seguramente no se dio cuenta pensé. Con póker face y sin regatear, con mis sudorosas manos saqué el billete y, sin ver a los ojos al guardián, lo pagué y hui. Ya en la cafetería de confianza, como pirata contando los doblones, con mucho cuidado saqué my precious y me puse a hojearlo. No lo podía creer, la dedicatoria de uno de los escritores más importantes del siglo XX ¡En mis manos! ¡A 50 pesitos! A la hoja siguiente había otra dedicatoria con una caligrafía que delataba a un puberto. Decía “Bety, que este libro te acompañe en el viaje, ¡Te quiero! A.”.
Días después, se lo llevé a mi guía espiritual para presumírselo. Tras una breve hojeada, con el alma helada y sin corazón, se empezó a reír de mi ejemplar. Esa edición es de 1994, Juan Rulfo murió en 1986, sentenció. Sin aliento, le arrebaté el tesoro y vi la fecha de publicación. Tenía razón. Tras balbuceos sugerentes a un probable regreso de la tumba de Rulfo, tal como Pedro Paramo, tuve que aceptar la derrota: La dedicatoria de Juan era falsa. Andrés, mi guía, al notar mi cara de tragedia le dio una resignificación al encuentro: la historia detrás de la dedicatoria puede ser interesante. El giro de tuerca me puso a pensar: Un cuento de amor juvenil. Tal vez “A” haya estado enamorado de Bety, quien se iba a ir de viaje y nunca regresaría. “A”, al saber el gusto de su amada por la lectura, hizo que alguien más, tal vez su papá, dedicara a nombre de Rulfo el libro. Tal vez, Bety haya sido feliz por la dedicatoria. Tal vez “A” la besó en el andén de la TAPO o del aeropuerto… o qué tal que nunca le dio el libro. Nunca lo sabremos, pero el registro de ese instante, de esa intención, existe.
En algunos ejemplares, la historia no solo está apuntada en los márgenes, sino que se palpa a través de sus hojas desprendidas, ya sea porque fueron maltratados por los ex dueños o por su tránsito vital que los llevó a la librería. Son ejemplares frágiles y, por lo tanto, las manos que los toquen deben ser educadas y gentiles, tal como si fuesen a tocar una mariposa o un colibrí. ¿Qué le habrá pasado? ¿Será éste el último ejemplar? Me pregunto e imagino al autor pasar horas de desvelo escribiendo y dejando un pedazo de vida allí. Ahora, a años de su publicación, el mismo pedazo de vida aguarda volver a vivir a través del lector y cuyo último ejemplar, puede estar en tus manos.
En el futuro, cuando logre publicar un libro, puede ser que alguno de los ejemplares acabará en una de estas librerías. Esperará silenciosamente a unos ojos inquietos que quieran leerlo. Tal vez, el guía lo recomendará a un joven lector, quien empezará a subrayar las páginas y a tener un diálogo con mi libro, y quizá de esa experiencia, le inquiete a escribir. Una sonrisa se dibuja en mi rostro con tan solo imaginarlo, una historia nacida en el hogar de las historias.