Tienes en tus manos un poco de tiempo libre. ¿Tiempo muerto? ¿Una pausa? Hay un sinfín de posibilidades para ¿matar? ese tiempo. Si ya está muerto, ¿por qué lo quieres matar? Es un momento en el que no tienes nada urgente que hacer. ¿Es cierto? Piensas en el proyecto abandonado, en la idea que algún día te gustaría desarrollar, en la receta nueva que quieres probar, en otro hobbie más que añadir a la lista. Buscas en internet información al respecto: cómo mejorar en el menor tiempo posible, reto de siete días para convertirse en un experto, cinco formas de vencer la procrastinación. Comienzas a sentirte responsable de cada una de esas ideas, temas y situaciones. Te preguntas cuál vale la pena atender en ese ratito que tienes. De pronto recuerdas la existencia de la actividad principal, aquella que es experta en restringir tu tiempo libre; tiene habilidades extraordinarias para fastidiar, a veces muy sutilmente, tus otras (pre)ocupaciones. Tu tiempo está sujeto a algo más, no está libre de pensamientos. Te das cuenta de que en realidad no puedes estar sin hacer nada, hay mucho que hacer y mucho en qué pensar. La lista de pendientes es infinita. Si se llegara a terminar, a completar cada cuadrito con cada palomita, definitivamente habrá otra lista, aunque sea mental, invisible, latente, casi etérea; capaz de guardarse en algún lugar que no precisamente es el espacio mental, se volverá casi una sensación, una presencia. Un pensamiento fugaz que sabe transformarse con gran agilidad en aviso o advertencia, que sabe muy bien cómo apoderarse de tu atención. Sabes que se requiere de mucha tenacidad para pasar del pensamiento al acto; contrariamente, se transforma en un “lo que debería estar haciendo en lugar de esto”. Observas el espacio que te rodea: el libro desacomodado, el cuadro chueco, el polvo, la suciedad, el desorden, el papeleo, la acumulación, cada objeto es un signo de que podrías estar haciendo algo mejor con tu tiempo. Recuerdas la infancia, cuando a veces estar aburrido te permitía imaginar, jugar, experimentar con texturas y lugares de la casa a los que solo tú tenías acceso. En el movimiento de tus manos y de todo tu cuerpo nacían nuevas formas de convivir con el tiempo. Aunque a veces te decían que mejor hicieras algo útil, algo de provecho, que el ocio es un pecado. “Estás aburridx porque no quieres hacer nada”. Piensas, entonces, en hacer algo diferente, en de una vez por todas tener iniciativa con ese tiempo que tienes frente a ti y que te está rasguñando la mente: ir al cine, por ejemplo. ¿Qué hay que decir de la nueva película de la que todo el mundo habla? Dudas si realmente quieres ir a verla porque ya viste un millón de tiktoks que analizan y comentan la película. Pero es necesario tener tu propia opinión al respecto. Abres de nuevo la aplicación con la esperanza de encontrar un video que te diga que vale la pena, por qué sí ver esa película y no otra. La expectativa de encontrar una respuesta se desvanece en el scrolling y, en cambio, miras recomendaciones de lugares para comer, algo gracioso, noticias que esquivas de inmediato como si fueran flechas, formas de optimizar el tiempo. Formas de optimizar el tiempo. Optimizar el tiempo. Haz un calendario. Descarga la nueva aplicación para gestionar tus actividades, esa que está pagando por contenido promocional dentro de tu #fyp. Guardas el video para después. Tienes una lista —o varias— para ver más tarde. Te acuerdas de que en cada red social hay un respectivo “guardar para más tarde”. El de YouTube ha crecido exponencialmente, piensas en la cantidad de tiempo que tomaría ver cada uno de esos videos. Recuerdas cuando abriste tu cuenta hace varios años. Intentas recordar el primer video que no viste. Esa lista se vuelve aterradora, pero en el fondo quisieras tener una semana o un mes entero para ver todos los videos y entender por qué los guardaste en primer lugar; algo importante deben tener, quizás ahí está la respuesta a esa pregunta que todavía no formulas. Todo se queda en pensamientos. Ni de chiste vas a abrir esa lista. Seguirá creciendo y no sabes hasta qué punto. Lo mismo en las demás aplicaciones. La de Facebook es la que más te molesta, te enoja imaginar tanta porquería guardada. Sabes que los memes que están ahí ya no dan risa, ya pasaron de moda, ya no tiene sentido guardarlos. Al menos están ahí y no en la memoria de tu teléfono. Recuerdas que guardaste algo sobre una actividad o evento al que querías asistir. Eso fue hace tres años. Por supuesto que no vas a abrir esa lista. Todas las listas permanecerán intactas hasta el fin de los tiempos. Es el equivalente a la intención de ordenar la caja de cartón con cosas para revisar después o el cajón de los objetos sin un lugar asignado —un pendiente universal siempre por resolver—. Piensas en armar una estrategia para solucionar ese problema: añadir al calendario un día específico para encargarte de cada elemento guardado en esas malditas listas —cajas y cajones—. Llegó el momento de enfrentar las múltiples versiones de ti que ya no existen. Esa podría ser una buena forma de matar el tiempo. Masticas la idea y saboreas la intención mientras sigues moviendo el pulgar. Notas que no estás prestando atención a lo que ves y que, además, las manos se te empiezan a dormir. Después de haber ignorado el límite de tiempo que configuraste en la aplicación para no estar más de cuarenta minutos al día, te encuentras con una reflexión interesante acerca de descansar. Te preguntas en silencio si acaso el algoritmo puede escuchar tus pensamientos. Te das cuenta de que no sabes descansar y eso te preocupa. Pre-ocupa. ¿De qué te tienes que ocupar después? Sales de TikTok, borras todas tus pestañas abiertas para entrar instintiva pero audazmente a la aplicación donde guardas algunos to-do’s. Te das cuenta de que en realidad no estás desocupadx, o no deberías estarlo. Avientas el teléfono con indignación, ¿cómo chingados no vas a saber descansar? Si nomás te tienes que relajar, estirar y distraerte con algo. Tú tienes el control de tu tiempo, el tiempo no te controla a ti. Por qué te vigila de esa manera si se supone que está muerto y, aun así, buscas matarlo con lo que sea. Lo dejas por la paz; vivo, muerto, libre, adormecido, en coma, da igual. De todas formas, esto se acabará pronto, esta sensación se desvanecerá, volverás a la actividad principal o las otras tantas actividades secundarias. Te habrás deshecho de esta gigantesca y descomunal incomodidad. Si tan solo pudieras picar un botón para apagar la mente. Piensas en buscar algo que te enseñe paso a paso cómo silenciar tus pensamientos, tal vez una meditación guiada de diez minutos. Te das cuenta de que tienes un músculo débil al que no le has prestado suficiente atención. Todo es cuestión de práctica. Todo es cuestión de crear nuevos hábitos. Solo tienes que repetirlo durante veintiún días y serás alguien experto en la actividad de descansar. Solo necesitas encontrar un espacio en tu agenda. Jueves no. Sábado quizá. Hoy. ¿Qué día es hoy?
Rato libre