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Andarse juntos: el camino de la resistencia

El triunfo más loable en la etapa más voraz del capitalismo, como sistema político y económico, no está propiamente en la existencia de un OXXO en cada esquina. Lo está, en cambio, en el a i s l a m i e n t o que provoca la intromisión del pensamiento individualista en la cultura de todos los días.

 

Así, con esta frivolidad cotidiana, es que se vive en sociedad. No obstante, en este mundo jodido y lleno de mierda en donde se asesina a la vida, se esclaviza a la libertad y se logra edificar más de un muro entre la sensibilidad humana y su entendimiento, también persiste el coraje en la voz para alzar el canto en respuesta a quien pretende acallar fatalmente su aliento; aún nos queda suficiente pasión por la vida para hartarse ante el dolor y en consecuencia mantener a flote la lucha por la dignidad y la esperanza.

 

En efecto, el oficio de la dignidad y la esperanza no es en nada una labor que pueda calificarse de sencilla, mucho menos es tarea de quien pretenda ser un turista solitario en un camino de valiente resistencia acompañada. Ciertamente, andar los pasos en este sendero no es un acto que deba hacerse en solitario porque, aunque uno aprende a caminar durante los primeros meses de vida, es años después que todo cobrará sentido, una vez que se entiende que si uno camina es para ir acompañado. El camino es largo y hay tanto por hacer que resulta imperdonable ensimismarse para ceder la “victoria” a un sistema mezquino que nos hace ser y actuar con la misma mezquindad; mientras nos engullimos la mentira de pensarnos triunfadores después de pasar sobre quienes creemos menos importantes por el estúpido hecho de no ser nosotros mismos. Ante tan desoladora situación hace falta, sí, una revolución como sacudida, pero también mucha resistencia para nadar contra lo que hoy parece ser la corriente a seguir.

 

Resistir no es sinónimo de sufrimiento inútil, aunque sí es antónimo de un cómodo hedonismo estéril. Muestra de ello es la lucha de los y las compas zapatistas, quienes hace más de treinta y tres años están bailando una revolución cuya resistencia es amor y dolor que no sólo riman, sino que se hermanan y juntos marchan. Sí, el amor y el dolor caminan juntos en la sierra de Chiapas o en el pedacito de corazón en el que cada uno de nosotros alberga su lucha personal que, no está de más decir, habrá que entenderla dentro de otras muchas luchas más. Y entonces, si uno sabe saberse acompañado –que no es poca cosa–, la resistencia no es tan personal como nos han hecho creer los libros de superación personal y mucho menos es un cadáver andante como muchas “revoluciones” fallidas. La revolución ocurre un buen día, la resistencia ocurre todo el tiempo y su presencia es aliento vital en las tristezas y en las alegrías del camino, antes y después de la revolución. En suma, la revolución es corte y la resistencia es unidad.

 

Después de todo, si de caminar se trata, poco importa si se va o se vuelve, si se sube o se baja, si mucho se camina sentado o poco se avanza caminando, poco importa siempre y cuando los pasos sean firmes y el andar sea digno. Los y las compas zapatistas así lo siguen enseñando en cada paso dado. Por ejemplo, aquel día de lluvia, en pleno corazón de las montañas del sureste mexicano, estudiantes y votanes de la Escuelita Zapatista, jugábamos a despedirnos. Fue así como en muestra de un profundo y sincero agradecimiento, los y las estudiantes, quisimos sorprender a la comunidad que nos albergó durante algunos días con una caja de cartón decorada improvisadamente como una piñata. Más complicada que una partida de ajedrez –donde el intelecto y la estrategia mueven las piezas en el tablero– pero tan simple como romper una piñata, la vida es un juego que para jugarse bien debe tomarse muy en serio. Cuando hicimos pública nuestra idea a la comunidad, alegres aceptaron participar en la celebración, no sin antes reunirse en asamblea para entre todas y todos decidir el mejor lugar para llevar a cabo el juego. Al final, nosotros fuimos los sorprendidos: con el ritmo de ¡dale, dale, dale, no pierdas el tino porque si lo pierdes, pierdes el camino! ellos y ellas nos enseñaron a jugar a la equidad, al compás de nuestras dichosas risas y sonoros aplausos.

 

Ese día lo viví, algunos años después lo entendí: sea cual sea el juego en el que andemos –romper una piñata, amar con voluntad a una persona, mover hábilmente un alfil en defensa de nuestro rey, ejercer la equidad, hacerse soldado para que un día no sean necesarios los soldados, abrazar a un amigo, reconstruirnos después de un momento particularmente difícil, escribir unas cuantas líneas con la tinta de un sentimiento o caminar al compás de los latidos de un fuerte corazón– el mayor gesto de dignidad humana que nos hará recordar que no somos los únicos participantes en el tablero de la vida, es la honestidad.

 

Efectivamente, hace tiempo que la digna honestidad circula por sus venas indígenas y camina en sus veredas mestizas de fértil tierra. Su lucha es tan antigua como vigente es su resistencia. Durante años, detrás de su mirada de rojos paliacates y negros pasamontañas, nos han enseñado un sinfín de lecciones, incluso antes de abrirnos las puertas de su Escuelita y aún mucho después de bajar de la sierra en la oscuridad de la noche para mostrarnos que su camino, al igual que el nuestro, está lleno de pequeñas lucecitas guía, tan reales como el dolor y la rabia que provoca la injusticia cotidiana, pero tan increíblemente vivas como las manos que unidas por la solidaridad son puestas en acción para construir y reconstruir un tiempo presente lleno de horizontes posibles en los que, como tanto nos cuentan, quepan muchos mundos.

 

El camino extraviado está, de nueva cuenta, en la resistencia de sentirse lealmente acompañados porque lo mejor de la vida no se encuentra encerrado en el individuo ni en su capitalista concepción: un abrazo, un orgasmo, una taza de café por la mañana, un apretón de manos, un pensamiento, un concierto en sinfonía algún catorce de febrero, una sonrisa, una mirada de reconocimiento, un amanecer, una poesía de luna llena, una soledad tan concurrida o una carta de amor…; siempre serán lo que son, porque trascienden a la conformidad del yo para hermanarse con la vida y sólo entonces comenzar a andarse juntos.

 

Alberto Isaac López Díaz González

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