Murmullos Murmurantes

Aproximaciones a lo invisible

Ya ves, yo quiero mucho.
Quizá lo quiero todo:
lo oscuro de cualquier
caer sin fin
y el juego de luz de todo
ascenso.

R. M. Rilke

Silencio, atiende.

Existe una verdad que sólo se alcanza a través de la escucha.

Escuchar es un silencio fértil para la construcción de la palabra cuyo destino es el nombrar. Lo nombrado se materializa, se comparte. Pero, ¿cuál es el destino de aquello que jamás habrá de sujetarse a la forma del lenguaje? Corresponde «a lo invisible», escribe Edmond Jabès, «un nombre impronunciable».

Nuestra limitada percepción, ignora la presencia de lo amorfo y lo caótico. En Una filosofía del silencio: una filosofía de la India, Luis Villoro expone algunos contrapuntos entre la filosofía griega y la filosofía hindú. Desde Aristóteles, principalmente en la parte occidental del mundo, se ha privilegiado a la visión por encima de cualquier otro sentido. Sólo aquello que alcanza la vista humana mantiene el estatus de real, validado por las explicaciones causales del conocimiento científico. Por su cuenta, la tradición de la India apela a la cosmovisión del vacío. La existencia no se reduce a lo visible. Lo que es, más allá del ojo humano, se conoce a través de un método contemplativo: atender al silencio, que es origen y retorno de todo saber en el mundo. 

No obstante que la primera enseñanza de la escuela pitagórica consistiera en aprender a escuchar, en algún punto de estos siglos olvidamos su sabiduría y extraviamos su práctica. Sucede que escuchar es más que sólo recibir algún estímulo sonoro del exterior. Prestar atención, en silencio, liga lo que acontece con lo que uno siente y piensa. En el escuchar aguarda la posibilidad de reincorporarse a la continuidad de un universo fragmentado. Es decir, entrelazar el propio ser material con lo que es en el mundo inmaterial. Tal parece que la estrechez de nuestros días está relacionada, sí, con la rigidez o el debilitamiento del lenguaje, pero también con nuestra incapacidad para escuchar-nos, para saber-nos en un presente compartido. 

Hemos equivocado el camino si pretendemos hallar lo invisible con la saturación del vacío; llenarnos de amigos en redes sociales y no saber a quién tendrás a tu lado en los momentos flacos de la vida. Si lo incorpóreo habita entre lo que se nos muestra a simple vista, la hartura de objetos y palabras imposibilitan su vivencia. La saturación no es sinónimo de plenitud. 

Aproximarse a lo invisible es la única forma de vivirlo y saber de su certeza inmaterial. No obstante, en el vivir y en el ser hay una diferencia sustancial: habitamos lo intangible; vivimos la amistad, por ejemplo, y en tanto permanezcamos en ella nos parece muy clara su forma y los límites de su transgresión. Sin embargo, jamás seremos en sustancia lo que a nuestros ojos ha de mantenerse oculto pues, como al viento, le mataríamos con tan sólo encerrarlo. Lo invisible debe permanecer impronunciado.  

Hablemos entonces de una ética del silencio que permita un saber mediante la vía negativa del lenguaje. Esto es, un decir sin decir; tensar a tal punto el lenguaje que sin decir palabra alguna sea capaz de circunscribir la grieta que da cuenta del mundo vivido. En este mismo sentido, la poesía y su palabra-viento también nos permiten aproximarnos a lo indecible, rodear el silencio y emitir algunos balbuceos afortunados que representen en su totalidad nuestra percepción, fruto de este diálogo cósmico. Así, se dará testimonio ―sólo eso― de lo invisible e impronunciable de la vida:

No existe el infinito, pero sí el instante:

abierto, atemporal, intenso, dilatado, sólido;

en él un gesto se hace eterno.

Chantal Maillard

Lo incorpóreo, entonces, ha de conocerse a través del acto de escuchar el silencio. En su Diario de un viaje al Tíbet, Esther Seligson relata la ruptura de su ser cartesiano frente a un universo indescriptible en su totalidad; «la lógica que rige en estos espacios», nos narra, «es intuitiva, integral, multidimensional, polisémica». Desprendernos de los lastres de una razón cerebralizada y optar por una lógica integradora nos permitirá acceder a la presencia de un universo caótico y armónico a su vez.

La aproximación a lo invisible mediante la escucha del silencio o el ejercicio poético de la vida se encuentra en la cotidianidad, en aquello que inadvertidamente nos constituye cada día. Ejemplos han de sobrar. Lo invisible también tiene el rostro de lo terrible. Basta saber del virus que nos mantiene aislados. Hoy, me quedo con el cálido recuerdo que trae consigo un hilo de luz entrando por mi ventana.

Alberto López

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