Una de las actitudes más representadas en la sociedad actual y específicamente en las urbes citadinas, es el efecto vintage, ese producto distintivo, viejo, clásico y raro que permite hacernos en la diferencia, lo exclusivo, en lo único. Dicho efecto sujeta al comprador a toda una significación ideológica, que, a través del producto interpela al sujeto.
Zizek (2010) proporciona una definición acertada respecto a la ideología, y dice “el nivel fundamental de la ideología, sin embargo, no es una ilusión que enmascara el estado real de las cosas, sino que una fantasía (inconsciente) que estructura nuestra propia realidad social”, por lo que más allá de la construcción mediática y de juicio social que se le pueda hacer a un producto, lugar o modo de vida, la ideología a la que nos exponemos está en el punto más alto del iceberg. Marx resaltó esto introduciendo el término “fetichismo de la mercancía”, la problemática resulta cuando el objeto nos ha sobrepasado, puesto que deambulamos por los circuitos de su discurso. Si el objeto nos supera, entramos en las vías de la ideología (capitalista), ser uno con el objeto (un siendo nuestra respiración, anteojos 3d, la “realidad” del cine.) Cuando compramos un objeto, sabemos que lleva entre sus costuras un montón de ideología, ¿cuál?, me arriesgo a decir que parte de la tendencia está en frases como “en mis tiempos no era así” “el humano está acabando con el medio ambiente”, “los animales sufren, hay que dejar de consumir carne”. Se trata de un moralismo disfrazado de libertad.
Existen puntos elementales para entender cómo y qué se expresa cuando se adquiere un producto. Uno es el comprador mexicano de los productos vintage ¿quién es?, ¿qué representa?, ¿cuál es su fin?; el segundo, que es más aterrador, ¿estos productos representan la polarización socioeconómica actual?, y un tercero, pero no menos importante, cinismo o ignorancia?
La situación social promedio radica en su reproducción cultural, lo sabemos, acceso a medios de comunicación, información sin crítica, educación, todo lo que un buen joven puede tener para llevar acabo su vida diaria: comidas en algún restaurante, alguna cafetería innovadora, salidas con amigos, etcétera. Ese es el mexicano promedio, aquel que está y no está, que adquiere una posición de “sé tú mismo”, “¡goza!, ¡goza!, ¡goza!”, y después siente culpa por ello. La situación es que, ese mexicano, que demanda el producto, es el típico clasemediero con mensajes liberales, aquel con apertura, conocimiento, preocupado por uno mismo y por todos, que, puesto en marcha su goce, es inherente a la representación del objeto. Una de las explosiones culturales que representan el consumo inherente dentro de una sociedad como la mexicana son las que, con insistencia, divagan por el producto, por su estética, antes que por el verdadero funcionamiento. Como máxima expresión, están dispuestos a dar su vida para que la forma de vida que estructuran a través del consumo del producto. Los consumidores vintage son, quizá, las personas más bondadosas a sí mismas y por lo mismo con mayor preocupación dentro de una sociedad que con urgencia necesita reformular las preguntas para dar mejor respuestas. Bondadosos a la vuelta de la mirada hacia el pasado, con serenidad, como si éste representara todo lo bello a venir, algo lejano, donde la pregunta real sería: ¿y si nunca se fue? Lo vintage es esa ida al futuro sin avanzar, esa pérdida de la ilusión a la satisfacción duradera, entre más viejo, más me actualizo. La vuelta al pasado recae no en el síntoma de sí, sino en la seguridad de no avanzar, arrastrarse hacia el progreso, golpe estético de ruptura. Se presenta la orden suprema en la ideología desde Otro que puja sin medida, el sentido de ser en el objeto. Pero el objeto no llena, produce una enorme insatisfacción, devastadora, por eso hay más, y más. Celar con cadenas de generaciones, reciclables, pues la máquina nunca se detiene.
¿Qué hace atractivo un objeto vintage para la sociedad promedio?
La posición económica siempre ha sido el duro golpe que recibimos, pues desde el nacimiento perdimos todo y con ello me refiero a la “capacidad” de elección, pues ya desde el nombre que nos es dado y legitimado, carecemos de eso. Otro es quién nos nombra y como dije, “la máquina no para”. El capitalismo es voraz y desmedido, así que ya somos sujetos de él, para deshacerlo, devastarlo y hacer que gire. A expectativas del uso de la economía, reproducimos su lenguaje a diario. Lo vemos con los niños en los vagones del metro “trabajando” en las esquinas limpiando parabrisas, prostituyéndose, tocando puertas, barriendo algún espacio, haciendo encargos, en los mercados cargando. (No, no es un mensaje incitador de “hagamos algo”, tampoco es resignación, es un ejemplo evidente de que el sistema ya nos devoró).
Comprar algo asegura un contrasentimiento, es una dialéctica que sugiere, por un lado gozar del producto y por el otro culparse por el esclavismo del que son impuestas las personas en algún país africano o asiático.
En un sentido estricto, aterradoramente el objeto se vuelve una extensión del sujeto, el objeto se apodera del sujeto, lo devora, y así, el objeto puede convertirse en el clásico alter ego, el conflicto entre el yo y el gran Otro, en esa directriz, el objeto es lo encarado, encarnado, sicalíptico de uno mismo, pero se superpone, se apela a las órdenes del objeto. La única forma de liberarse de un objeto inanimado (no olvidemos que es el conflicto), es convertirse en el mismo objeto.
El cinismo y la ignorancia determinan a la sociedad, pero no es sostenible decir que en la actualidad “ya nadie cree en valores”, “antes era mejor”, “la prosperidad económica mexicana ocurrió gracias al tradicionalismo y a la moral” porque precisamente hoy en día se cree más. El asunto ante el efecto vintage radica en la distancia del mismo efecto que es producida por los consumidores. ¿Cuál es el miedo aquí? La noción de distancia que se gesta el consumidor vintage lo ayuda a poder adquirir productos: “café orgánico”, “sólo verduras”, “selfies para todos”. El miedo aquí es que al abrir los ojos o cerrarlos, darse cuenta que no soy más que la mierda que estoy produciendo, no soy eso que digo que soy, el efecto es claro, la cultura te obliga a decir qué eres y cómo lo eres, incluso cuándo. Lo vintage es la decadencia del periodo en el que nos encontramos, pero apelamos a ella porque así significa no asumirse con toda la carga histórica que nos corresponde, toda esa basura que nos antepone, y que hacemos nuestra. Hoy se cree en lo vintage, o lo retro, como una nueva forma de vida, es otra forma de preparar las rodillas para el perdón de Dios, la cultura o uno mismo, y su resultado, su hacer, el garante por el que es defendido es el objeto de valor, ese es el punto más alto del consumo, porque el producto al estar “descontinuado”, permite -a quien compra- adquirirlo sin remordimiento presente o activo, ese objeto denotativo, superlativo, alivia la condición de promesa pues “el sentido que tiene la sociedad de consumidores proviene de esto, que es a lo que constituye su elemento calificado, entre comillas, como humano se le atribuye el equivalente homogéneo de cualquier plus de goce producto de nuestra industria” (Lacan, 2006), es decir que la representación del goce es colocado en el objeto, el objeto es depósito de algo más que culpa. El consumidor vintage dispone de su vida, de sus posibilidades, básicamente se dispone a ser un idiota con tal de que sus objetos lo representen. El “ser vintage” es una categoría ridícula en la dimensión más obscena, porque se está preparado para sufrir, incluso agredir para llegar a ello, no hay totalidad en el sujeto, y lo vintage mistifica al sujeto a que puede acceder a una promesa de vida algo más que lamentable pero encubierta poéticamente. La idea central del consumidor vintage vía la ideología radica no en las ideas que lo prescriben, el más terrorífico acto ideológico es el cabal paralelismo con la imagen pública, cultural.
Bibliografía
Lacan, Jacques (2006): Seminario XVII: El reverso del psicoanálisis, México,
Paidós
Zizek, Slavoj (2010): El sublime objeto de la ideología, México, Siglo XXI
Alan Raposo