Columna Opinión

Rato libre  

           Para sentarme a escribir esta entrada busqué mi mesa favorita de uno de mis lugares favoritos para estar en silencio. Las bibliotecas en general podrían ser uno de tantos espacios que me significan. Pienso en los lugares que me han brindado tranquilidad en las diferentes etapas de mi vida y en otros sitios que me hacen sentir lo contrario, pero que también se han vuelto parte del mapa. Además de espacios de silencio como las bibliotecas o bosques, también puedo pensar en las cocinas. Mi cocina en México es muy pequeña, tiene apenas una mesita, un frigobar y un microondas antiguo y ruidoso. Le caben un par de bancos de madera. Todo tiene que estar cuidadosamente apilado por dos razones: para que mis gatos no accedan a ciertas cosas y porque, debido a que vivo en un espacio reducido, es necesario implementar mis habilidades de tetris para ordenar. Mi cocina es importante para mí porque ahí comienzo mi día, ahí tomo el primer café, ahí me siento a escribir y ahí hago una de las cosas que más me hacen feliz, o sea, cocinar. También porque limpiarla antes de irme a dormir me da paz, porque me gusta ver a gente sentada en mis banquitos de madera y porque desde ahí tengo una perspectiva única del resto de mi casita. Mi abuela también tiene su lugar especial dentro de su cocina. Suele sentarse en una esquina, enfrente de una mesa que no está diseñada para comer, pues no es posible meter los pies en el fondo de la mesa. Tiene que sentarse un poco del lado, pero le encanta. Es su lugar. Siempre dice “desde aquí veo todo”. Y es verdad. Ve la calle desde la ventana, ve el pasillo para ver quién se aproxima y todo el resto de la cocina. Esa cocina, mi antigua cocina (que nunca se sintió muy mía) también es significativa para mí. Por el momento, aquí, en un pueblito al sur de Alemania, comparto una cocina con 5 personas. Dividimos nuestros tres frigobares y estantes. Es una cocina universitaria por la que han pasado diferentes personas y han dejado sus marcas (jugos viejos, corcholatas de cervezas y especias caducadas). Esta cocina, aunque temporal y un poco caótica, también es un espacio importante para mí. Aquí cocino mientras escucho los audios de mis amigxs que están lejos, aquí le he cocinado a otras personas, aquí comparto pequeñas conversaciones cotidianas con mis compañerxs de piso. Hay muchos espacios que son altamente significativos para mí. Puedo nombrar algunos como la azotea de mi amigo Javi, el café Victoria o el café Regina, la Biblioteca Nacional o los pastos del Centro Cultural Universitario, pero lo que para mí hace significativo un espacio, creo, es la gente, las acciones que hago/hacemos en ese lugar, las conversaciones que escucho y cómo se van guardando en mi memoria de distintas maneras. A veces estos espacios se conservan como simples imágenes y olores, otras como añoranzas o sensaciones que me indican que son lugares a los que definitivamente quiero volver.

           Me llamo Sarah Angélica Cruz Olmos, mis iniciales forman la palabra SACO. Algunxs de mis amigxs más cercanos me llaman así. Para ser honesta, mi nombre completo me parece largo y extraño cuando lo digo en voz alta. No me encanta mi segundo nombre, pero me gusta en combinación con el primero. Me gustaría poner un guion entre mis apellidos, pero es un paso definitivo que aún no me animo a dar. A veces escribo Sarah Cruz o Sarah Angélica Cruz. Casi nunca todo el nombre. Tengo 24 años, casi 25. Estudié Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ahora mismo estoy en una estancia académica en la Universidad de Tübingen. Me encuentro escribiendo mi tesis de licenciatura acerca de las relaciones entre fotografía y escritura (en pocas palabras; pá pronto, como dicen). No quisiera hablar mucho aquí sobre mi tesis, pero la usaré como puente para hablar de mis inquietudes personales.

           Siempre me ha fascinado la imagen. Me encanta tomar fotografías, dibujar, pintar, hacer collage, coleccionar postales y simplemente observar. Observar es de mis pasatiempos favoritos. Observar es lo que hago en mis ratos libres. Durante mis estudios de literatura siempre me ha picado constantemente la espinita de las artes visuales. Siempre están ahí, de una forma u otra. Desde que aprendí sobre escritura maya o china, hasta las composiciones poéticas vanguardistas, los libros ilustrados, la imagen creada a través de la palabra. Todo eso me fascina. En un seminario de tesis, descubrí que existe la teoría de la intermedialidad —un tema basto y enorme que no podría desglosar aquí—, pero, básicamente, explora la interacción y el diálogo entre dos o más medios diferentes. Me gustó tener un pretexto teórico para hablar sobre el libro colaborativo de Diamela Eltit y Paz Errázuriz: El infarto del alma. Se trata de un proyecto en conjunto que, mediante la combinación de escritura y fotografía, retrata las parejas asiladas en el Hospital Psiquiátrico de Putaendo, en Chile; y, al mismo tiempo, abre un camino reflexivo hacia cuestiones como el amor, la locura, los espacios marginados producto de las secuelas de la dictadura, etc. Es un libro muy complejo y estremecedor. Sin duda, he aprendido bastante en el proceso.

           Me gusta preguntarle a la gente sobre su libro favorito, pero yo sé que es una pregunta que puede llegar a ser molesta. Hay quien lo tiene muy claro, hay quien se rasca la barbilla mientras nombra varios porque no se puede decidir. Yo siempre digo que mi libro favorito es La Historia Interminable. Aunque no es mentira, hay muchos libros que me fascinan. Probablemente cada año se agregan más a la lista. Una de mis últimas lecturas favoritas es Panza de Burro, un libro de Andrea Abreu que, en pocas palabras, se trata de la relación entre dos amigas que se conocen desde niñas y conviven con diversos sentimientos que surgen a partir de los primeros contactos con las complejidades y contradicciones de la vida. En general, me encantan las historias sobre amistad (como la saga Dos Amigas, de Elena Ferrante, que siempre recomiendo a todo el mundo). Pánico o peligro, de María Luisa Puga, es otro libro que, entre muchas otras cosas, también retrata diversas relaciones de amistad. Lo leí principalmente en mis traslados en el transporte público. Las descripciones acerca de la Ciudad de México me acompañaban en tiempo real, mientras imaginaba cómo han cambiado calles interminables y concurridas como la Avenida Insurgentes. Una historia sobre la simplicidad y la vida simplemente ocurriendo.

           Mis gustos musicales son muy variados. Me encanta hacer playlist. Tengo para cocinar, para lavar trastes, para patinar, para cuando quiero algo de fondo mientras trabajo/pinto/escribo, etc. Me fascina descubrir música nueva, que la gente me recomiende canciones y tener obsesiones musicales cada semana. Canción favorita es una pregunta todavía más difícil, pero quizá puedo decir cuatro de ellas: “Consejo de Sabios”, “Beyond the Sea”, “Hometown” y el Huapango de Moncayo.

           Mis inspiraciones vienen de todos lados: de la naturaleza, de la ciudad, de los paisajes, de las pláticas con amigxs, de la música, de películas, de lo que leo. Tengo el hábito de llevar libretas y recopilar de diversas maneras las cosas que observo. He aprendido mucho de las personas que se han cruzado en mi camino y de la forma en la que viven sus vidas; me gusta y me inspira la gente que disfruta de la simplicidad.

           Creo que en este punto solo pienso que mi pasión es vivir la vida. Sí, la literatura, el arte y todos mis hobbies son parte de eso, pero lo que verdaderamente me apasiona es vivir la vida todos los días, con todo lo que implica vivirla. Hace poco pensaba que mi aspiración era la estabilidad, pero he aprendido que nada es realmente estable. Todo cambia. Me gusta que las cosas cambien, me gusta el giro, el descanso, la calma después de la ansiedad, la comida, el café, las caminatas, el amor, la amistad, la música. A lo que aspiro, entonces, es a seguir disfrutando de todo esto.

Rato libre

           Esta columna parte de una reflexión acerca de las formas en las que la cultura se inserta en diferentes esferas de nuestras vidas. Me interesa conocer y explorar historias e inquietudes, indagar y observar cómo el arte y la cultura conviven en la colectividad, en espacios públicos, en intervenciones, en redes sociales, en recuerdos, en rituales y en nuestros ratos libres.

           El nombre que elegí para este espacio tiene que ver con lo que hacemos en nuestros tiempos desocupados, cuando compartimos conversaciones entre amigxs y familia, las sobremesas, las caminatas por la ciudad, lo que nos asombra y lo que nos entristece. Busco observar y entender la cultura puesta en lugares donde no se ve, al menos no a simple vista, pero que está ahí, presente en este espacio-tiempo que habitamos y en cómo interactuamos con lo que nos rodea. Todo lo que culturalmente se guarda en nuestros objetos, rituales y prácticas; en la mezcla de ideas, diálogos y lenguajes.

           Esta columna está pensada para leerse en los ratos libres.  

           Dejo aquí una cita de Rosario Ferré con la que me siento identificada: 

           “Escribo porque soy una desajustada a la realidad; porque son, en el fondo, mis profundas decepciones las que han hecho brotar en mí la necesidad de recrear la vida, de sustituirla por una realidad más compasiva y habitable, por ese mundo y por esa persona utópicos que también llevo dentro”.

Rato libre

1 Comment

  • Alberto

    Está columna de Sarah hace reflexionar en fijarte en esos pequeños grandes y cotidianos detalles que tenemos todos los,días y pocas veces paramos en disfrutar de manera consciente porque ahi estan

    Responder

Leave a Reply