La espectacularización de la vida abunda en el contenido que consumimos actualmente. Las redes sociales, en general, pero específicamente plataformas como TikTok e Instagram han vuelto posible (y fácil) que cualquier persona exponga a ojos de medio mundo un arsenal de aspectos de su vida privada, desde momentos cotidianos hasta sucesos determinantes, con la posibilidad, además, de monetizar la exhibición personal. La privacidad le importa cada vez menos a cada vez más gente, es la impresión que me llevo al toparme con cuentas y canales en los que lxs creadorxs se exponen de diversas maneras por (en el más entendible de los casos) dinero, cuando no por atención acompañada de burlas e insultos. La parte cínica y más juzgona de mi carácter se entretiene con esas historias inventadas, pésimas actuaciones, conflictos armados en mayor o menor medida, delirios de grandeza, superioridad moral y más elementos que conforman la lista patológica que puede observarse en mucho del contenido que circula en redes sociales.
Los llamados (por sus mismos creadorxs) “experimentos sociales” provocan fascinación y millones de vistas por motivos similares: son, por un lado, una aglutinación de comportamientos increíbles y ridículos, y, por otro, una representación (por lo general inintencionada) de todo lo que está mal en nuestras sociedades. Qué mejor ejemplo que la última temporada de La casa de los famosos, la teleserie mexicana, con la sensación mediática que causó y los distintos debates en torno a problemáticas sociales y políticas a los que dio pie. También abundan los videos en que conductorxs amateurs ofrecen dinero a desconocidxs que se cruzan en la calle, a cambio de que éstxs participen en dinámicas pensadas para provocar situaciones incómodas que culminen en peleas o llanto: revisar el celular de la pareja, exponer secretos de unx amigx, contar lo más vergonzoso que te ha pasado… un sinfín de maneras de vulnerar la privacidad propia y ajena. Cada vez que me topo con un video de este estilo, no puedo evitar verlo por al menos unos segundos. Casi siempre me decanto por la complicidad y el consentimiento previo de las partes involucradas (y afectadas), pero a veces saboreo la posibilidad de que no sea actuado y realmente haya gente comportándose así y creyendo las estupideces que dice.
Por eso me fascinan los reality shows, por esa delgada y confusa línea entre el montaje y la locura real de las personas. He devorado con gusto distintos programas de este tipo, pero hay dos a los que soy particularmente aficionada: Love is Blind y The Ultimatum; ambos creados por Chris Coelen y producidos por Netflix, tienen como foco y finalidad el matrimonio, el cual presentan como “la decisión más importante en la vida de una persona”. Este año se estrenó la primera temporada de Love is Blind México y, como cabría esperar, fue un éxito a nivel de vistas y un desastre en cuanto a las dinámicas amorosas que mostró (me atrevería a calificar la entrega mexicana como la más problemática de toda la franquicia).
Lo primero que llama la atención de Love is Blind es la insistencia con la idea del matrimonio. Lxs participantxs, un grupo de alrededor de quince hombres y quince mujeres, viven aislados en una casa especialmente diseñada para el programa, sin acceso a sus celulares ni contacto con el mundo exterior durante un periodo de diez días, en el que mantienen citas a ciegas con personas de su género opuesto. A las potenciales parejas heterosexuales las separa una pantalla que les permite escucharse, pero no ver su aspecto. Con el paso de los días, lxs participantes reducen su número de opciones a partir de las afinidades y los vínculos emocionales que van construyendo unxs con otrxs. Como resultado, un número variable de parejas se compromete antes de saber cómo se ve “la persona con la que pasarán el resto de sus vidas”. Llega entonces el momento de conocerse y convivir, primero en una etapa de luna de miel y después en el mundo real, donde las parejas intentan integrar sus rutinas y conocen a sus respectivas familias y amigos. La línea de meta es el festejo de la boda, la cual se realiza al mes de que las parejas se hayan visto por primera vez. La decisión de no llegar al altar es vista como un fracaso, mientras que el matrimonio se aprecia como el triunfo que conduce al “felices para siempre”.
La premisa del programa, casi no hace falta decirlo, es una receta compleja y novedosa para el desastre. Desde triángulos amorosos y desgaste emocional hasta verdaderos mental breakdowns y peleas violentas, la naturaleza y el ambiente artificial de Love is Blind ponen sobre lxs participantes un estrés enorme. El nombre del reality queda contrariado en repetidas ocasiones por la decepción e incomodidad casi palpables de muchxs participantes al conocer a sus potenciales compañerxs de vida.
Mentiría si dijera que veo el programa por interés sociológico y no por simple chismorreo, pero siempre me resultan muy llamativas las distintas maneras en que plasma y replica los estereotipos de género y las concepciones amorosas tradicionales. A mi manera de ver (y no lo considero un posicionamiento exagerado), Love is Blind y The Ultimatum son propaganda heterosexual y pro familia tradicional.
Para empezar, todas las ediciones de Love is Blind han sido heterosexuales y han conservado los códigos amorosos tradicionales: es el hombre quien hinca la rodilla y pide matrimonio (con una pared de por medio) a la mujer, relegada al papel de esperar la proposición y entonces aceptar o rechazar. En la entrega mexicana dijeron a lxs participantes que tanto las mujeres como los hombres podían proponerse; sin embargo, para sorpresa de nadie, fue siempre el hombre quien lo hizo. (De todas las temporadas existentes, la única mujer que se ha propuesto fue una participante de Love is Blind Suecia). Incluso en la versión lésbica de The Ultimatum, otro programa de la franquicia centrado en el matrimonio, cuatro de las cinco parejas cumplían con una suerte de heteronorma: una de las mujeres tenía una expresión de género masculina, mientras que la otra cumplía con la idea prototípica de una mujer femenina Y, cómo no, en todas las propuestas de matrimonio fue la lesbiana “masc” quien se hincó.
Otra cuestión que me resulta interesante es cómo lxs participantes persiguen un prototipo de pareja muy específico. Quieren una persona económicamente independiente, con buena inteligencia emocional y un nivel competente de madurez, cercana a su familia, pero también interesada en formar una propia. La gente que cumple cabalmente esta lista de requerimientos debe constituir un porcentaje realmente reducido de la población, pero lxs participantes actúan en consecución de ese ideal. Afortunadamente, la mayoría de ellxs han dejado atrás la idea de la mujer madre y ama de casa, pero con el rol tradicional del hombre ocurre algo diferente. Se perpetúa constantemente este ideal del prometido con un buen capital financiero que le permitirá ser el proveedor principal de la familia, con un lívido alto y capaz de complacer sexualmente, con deseo de tener hijxs.
Cuando los hombres fallan en alguna de estas casillas, sus mismas parejas se los echan en cara como si estuvieran defraudando su misión vital. Este fue el caso de las participantes Fernanda y Francesca en Love is Blind México. Al ver que sus respectivos novios incumplían el prototipo de masculinidad que ellas exigían, los insultaron llamándolos “pocos huevos” y “puñetas”, entre otros términos despectivos y machistas. Es decir, reafirmaron y reprodujeron la violencia con la que se ataca a los hombres cuando contravienen las normas que su género les impone. Lo impactante (y preocupante) es que la conducta violenta y abusiva de las participantes no fue impedida por parte de la producción, a pesar de que Fernanda llegó al extremo físico de aventar cosas e impedirle a Gerardo, su pareja, la salida del departamento. Sumado a esto, en el reencuentro (el último capítulo de la temporada), los conductores del programa ni siquiera mencionaron este suceso, a todas luces violencia doméstica.
Este tipo de conductas agresivas hacia los hombres son recurrentes en la franquicia. En casi todas las temporadas estadounidenses de Love is Blind se puede identificar al menos el caso de una pareja en que la mujer es constantemente grosera, cuando no abusiva, con su compañero (Irina, de la temporada 4, y Hannah, de la 7, son buenos ejemplos). Este comportamiento se origina, la mayoría de las veces, en la idea de que los hombres no están “a la altura”, ya sea social o económicamente. La producción, los conductores y una parte considerable de la audiencia tratan esta violencia verbal y emocional hacia los hombres, por parte de las mujeres, como un asunto sin importancia; pareciera existir una resistencia a reconocer que también tiene su raíz en el machismo que replicamos socialmente.
Por eso, más allá del interés morboso que puedan despertarnos, es importante no perder de vista que este tipo de realitys (así como algunos “experimentos sociales” y ciertos trends de TikTok) contienen una representación acertada y funcionan como modelo a color de algunas de las ideas más conservadoras respecto al papel que hombres y mujeres deben cumplir como miembros de un matrimonio y de una familia. Y, por supuesto, también son muestra de la contraparte más problemática y desafortunada de estos ideales: el menosprecio, la manipulación y la violencia dentro de las relaciones románticas.
En el mirador
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