Columna

En el mirador 

           La mayor parte de mi vida ha transcurrido en la Ciudad de México, lo que significa que, como cualquierx otrx chilangx, estoy familiarizada con el ruido, el caos y la sobreestimulación. Pero también significa que tengo acceso a una inmensa oferta de consumo; desde comida rica en los puestos de la calle y eventos musicales en el metro hasta una cartelera de cine muy variada y un ecosistema literario que permite acceder a —casi— cualquier libro. Esta enorme oferta, al igual que la ciudad y sus ruidos, puede resultar abrumadora. Lo cierto es que, también durante la mayor parte de mi vida, me he decantado principalmente por dos elementos de esta gran matriz de opciones: el cine y la literatura. 

           Desde muy pequeña he estado en contacto con las películas y con los libros. Mis primeros años estuvieron acompañados por el cine de Studio Ghibli y los cuentos y novelas ilustradas. Conforme crecí, conservé mi interés por el cine como un hobbie al que le dedicaba tiempo y esfuerzo por rachas; aunque de adolescente me forcé a ver muchas de “las grandes películas de la historia” y a conocer datos curiosos de estas y sus directores, actualmente veo sólo las películas que me despiertan un interés real y sigo las carreras de las y los directores que de verdad me gustan. 

           Si tuviera que elegir un cineasta favorito, me decidiría por Hayao Miyazaki; sus historias vuelven a sembrar en mí esa capacidad de asombro e ilusión que se diluye con tanta facilidad en el día a día, ese sueño de otros mundos posibles. También tengo películas esenciales, esas que disfruto enormemente ver y a las que siempre puedo encontrar nuevos significados y atribuciones. La doble vida de Verónica, Aftersun y Guerra fría son algunos ejemplos de mis películas “pilares”; admiro su sensibilidad, su propuesta visual, su excepcional lenguaje cinematográfico, su capacidad de comunicar y conmover sin que medie ninguna palabra. 

           Con la literatura las cosas fueron un poco más “en serio”. Se convirtió en el área a la que decidí dedicar mi formación profesional: con diecisiete años, empecé la carrera de Letras Hispánicas en la UNAM. Los semestres que pasé asistiendo a clase y leyendo como nunca en mi vida definitivamente moldearon mi gusto literario y me permitieron descubrir muchas autoras y autores nuevos. Quizá lo más importante de este proceso fue que empecé a leer literatura en mi propio idioma. Antes de la carrera, los escritores que conocía y me gustaban eran casi todos hombres y casi todos europeos. No digo que buena parte de los planes de estudio que cursé no recayeran en esa proporción mucho mayor de autores blancos adinerados frente a autoras y autores disidentes, pero al menos me acercaron a un puñado de voces distintas que después me condujeron a otras. 

           Este “nuevo” corpus de literatura —por llamarlo de alguna forma— me sirvió mucho en el ámbito creativo, pues, además de leer, también llevo un buen rato escribiendo narrativa y poesía. Sin duda alguna, mi inspiración más grande son las escritoras latinoamericanas: las del siglo XX que ya fallecieron, las contemporáneas publicadas, así como mis colegas y amigas escritoras. Ocupan menciones especiales en mi biblioteca y en mi pensamiento Silvina Ocampo e Inés Arredondo, por ser maestras de lo perverso y lo maravilloso; Leila Guerriero, por su sencillez contundente; Daniela Tarazona, por su creación de ambientes crípticos y totalmente envolventes; y Valeria Luiselli, por haber escrito Los ingrávidos, una novela parteaguas en mi concepción de la narrativa y en mi escritura. En las palabras de estas autoras encuentro el refugio, el asombro, la profundidad y el coraje que intento hacer germinar en mis propios textos. 

           Otro punto importante de mi formación académica fue que me brindó una visión crítica para aplicar a los libros que leo, las películas que veo y la música que escucho; en suma, a todo lo que consumo. Como cualquier otro producto cultural, el cine y la literatura parten de su contexto —incluso cuando intentan aislarse de él— y nos dicen algo sobre el momento en el que fueron hechos. Al estar frente a un producto cultural, por muy lejano o cercano que este parezca, vale la pena preguntarnos si somos ajenxs a él o si nos atraviesa, de qué manera nos interpela y cómo podemos vincularlo con nuestras realidades. Ese es el ejercicio que me interesa llevar a cabo en esta columna: partir de distintos textos y producciones audiovisuales para elaborar reflexiones que los excedan y que puedan interconectarse. Observar desde un punto más alto y despejado para comprender mejor el panorama. 

           Me interesan los fenómenos sociales contemporáneos, los feminismos y las luchas antipatriarcales, las disidencias sexo-genéricas y los estudios culturales. En nuestro contexto actual, tan politizado y polarizado, es más importante que nunca mantener una mirada crítica y lo más nutrida posible de los eventos que atestiguamos, ya sea con nuestros propios ojos o por medio de las pantallas de nuestros celulares. Me parece que un consumo activo es siempre preferible a uno pasivo, que es más interesante dialogar con lo que estamos leyendo, mirando y escuchando. Hay que hacerle preguntas, concordar o disentir, llevarle la contraria, considerar otros puntos de vista. Mis medios para hacerlo serán la literatura y el cine, mientras que me apoyaré en las distintas voces que encuentre en el camino: escritoras y escritores, directoras y directores, figuras públicas, personajes, incluso amistades y familia. 

           Me gustaría cerrar esta presentación con una cita que me interpela cada vez que la recuerdo. En “La maleta de mi padre”, discurso que leyó al recibir el Premio Nobel, el novelista turco Orhan Pamuk dice que “Creamos nuevos mundos con obstinación, paciencia y esperanza”. Aquí Pamuk se refiere en concreto a los mundos literarios, a los novelescos, pero la frase puede extrapolarse fácilmente a terrenos diferentes. 

           Obstinación, paciencia y esperanza. Quienes estamos o buscamos sumergirnos en el mundo literario y artístico necesitamos de estas tres palabras. Yo misma pienso constantemente en ellas. La obstinación de, sin importar los juicios externos —internos incluso—, seguir haciendo lo que amamos hacer, de no soltar nuestras pasiones. La paciencia necesaria para armar poco a poco un proyecto, para superar los tiempos de sequía. Finalmente, la esperanza para creer que nuestro trabajo rendirá fruto en algún momento del futuro, que lo que hacemos tiene un sentido, un significado. 

En el mirador

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