Pocas festividades son tan emblemáticas de la mexicanidad como lo es el Día de Muertos. Este festejo, nacido de un sincretismo entre tradiciones indígenas, católicas y modernas, es un símbolo que encapsula la riqueza, el color y el folclor de la identidad mexicana. El país se transforma para la llegada de nuestrxs queridxs difuntxs: los colores vibrantes de papel picado ondean en las calles, las calaveritas adornan los altares y el brillo cálido de las velas pinta a los espacios de magia. Durante los primeros dos días de noviembre el aire se llena de la fragancia dulce de las flores de cempasúchil y el aroma del copal, mientras que los panteones y los hogares se convierten en sitios sagrados de reencuentro espiritual. En su esencia más profunda, el Día de Muertos no es solo una celebración de la muerte, sino una exaltación de la vida misma, en un homenaje de memoria y tradición.
Desde sus raíces en las tradiciones prehispánicas de culto a la muerte y en los rituales católicos de Todos los Santos y los Fieles Difuntos, el Día de Muertos ha transformado sus expresiones a lo largo del tiempo. Así, se ha mantenido intacta su esencia mortuoria y su enfoque alegre hacia el más allá. Sin embargo, la celebración que conocemos hoy en día es una construcción relativamente reciente. En 1930, durante el marco del proyecto nacionalista posrevolucionario de Lázaro Cárdenas, el Día de Muertos asumió el papel central que hoy ocupa en la construcción de la identidad mexicana. Como menciona Flora Mora Aymerich, las formas contemporáneas que toma esta festividad se deben a “una apropiación del Estado y de un grupo de intelectuales de los años treinta para unificar y difundir esta tradición” (2021, 70). Ahora, cada región cuenta con variaciones y rituales únicos, distintos de la versión institucionalizada del Día de Muertos. Es importante recordar que las tradiciones no son solo costumbres heredadas, sino prácticas culturales intencionadas que las personas eligen y adaptan para construir y reforzar su identidad colectiva (Linnekin, 241). En este proceso, el Estado también promueve normas y valores con fines nacionalistas que buscan fortalecer un sentido de pertenencia colectiva.
Mediante las artes, especialmente la literatura, la pintura y el cine, se consolidó la representación icónica del Día de Muertos como una expresión de la mexicanidad. Una de las obras más emblemáticas en este sentido es Macario (1960). Bajo la dirección de Roberto Gavaldón y el ojo creativo de Gabriel Figueroa, Macario se mantiene como un estandarte del cine mexicano, destacando tanto por su proeza artística como por su recepción crítica. Esta fue la primera película mexicana en ser nominada al Óscar, en la categoría de Mejor Película Extranjera. También recibió una nominación para la Palma de Oro en el Festival de Cannes. Lo innovador de la película de Gavaldón es que logra crear una historia cautivadora que refleja la relación del mexicano con la muerte, mostrando cómo esta se canaliza en la festividad de Día de Muertos.
Macario narra la historia de su titular personaje (Ignacio López Tarso), un humilde leñador que, a pesar de su esfuerzo por proveer a su numerosa familia, se ve asediado por el temor de morir sin haber disfrutado alguna vez de los placeres que otorga la riqueza. Durante el Día de Muertos, Macario, tras recibir un guajolote robado por su esposa (Pina Pellicer), se retira al monte a disfrutarlo en solitario, donde se encuentra con el Diablo (José Gálvez), Dios (José Luis Jiménez) y la Muerte (Enrique Lucero), quienes le piden parte del manjar. Al final, es la Muerte quien, en agradecimiento por su generosidad, le concede el don de sanar, lo que lo lleva a la fama como curandero y a una vida de lujos.
A lo largo de la película, los elementos más emblemáticos del Día de Muertos hacen su aparición, desempeñando un papel fundamental en la narrativa y reflejando la cosmovisión mexicana sobre la vida y la muerte. En primer lugar, las calaveras dominan las primeras tomas de la película, presentándose como artesanías en un mercado. Pocas imágenes evocan con tanta fuerza el Día de Muertos como el esqueleto, ya sea en la catrina de los grabados de José Guadalupe Posada o en los diversos dulces que adoptan su forma. Esta figura encarna el contraste esencial de la festividad: lo macabro de la muerte frente a la cómica e irreverente celebración de la vida.
El mercado, por ejemplo, se presenta como uno de los sitios clave en la construcción de la tradición mexicana asociada a esta festividad al ser el lugar en el cual en se consigue todo lo necesario para los rituales que caracterizan el Día de Muertos, como decorar tumbas o armar una ofrenda. Las artesanías, en particular, representan artefactos vitales para la identidad de un pueblo, ya que son el medio predilecto de expresión popular (Salas Hernández, 18). Para citar a Aymerich una vez más, “el mercado simboliza [un] intercambio con la comunidad” y es “un espacio de cohesión social en el que se establecen lazos de amistad e identidad” (2021, 530). A su vez, el panteón también representa otro espacio de cohesión social en el cual la decoración sirve como una manera de honrar a los difuntxs mientras se transforman los espacios de luto en lugares de celebración. En el caso de Macario, la aparición de tumbas es breve, pero no falla en representar la exaltación de la muerte por medio de estructuras de calaveras que recuerdan a un tzompantli. Aquí, la película invoca de manera activa elementos prehispánicos de la cultura mesoamericana, trazando una genealogía histórica que enraíza la celebración del Día de Muertos en las tradiciones ancestrales y en la modernidad de esta época, consolidándola como un ícono profundamente mexicano.
El simbolismo del esqueleto en la película subraya la idea de la muerte como el gran nivelador que borra todas las distinciones sociales. Este reconocimiento es clave en la decisión de Macario de compartir su guajolote únicamente con la Muerte, quien aparece vestida de forma similar a él, con sombrero y poncho negro, diciéndole: “Tengo un hambre muy atrasada. Hace miles de años que no como”. Macario, al compartir el guajolote, lo hace también por astucia, creyendo que al aceptar su fin ganaría tiempo para terminar su comida. La escena en la que ambos comparten el guajolote se convierte en un acto de humanidad, donde la Muerte ya no es un evento distante y aterrador, sino una compañía familiar y casi amigable, lo que refleja la cercanía cultural con la muerte en la tradición mexicana, que no la ve como una enemiga, sino como una amiga, alguien intrínseco a la vida que regresa a visitar una vez al año.
Sin embargo, como se explora a lo largo de la película, hay de muertxs a muertxs, y la inequidad social, incluso después de la muerte, es lo que desencadena el conflicto, lo cual se visibiliza en la imagen de los altares de muertos. Mientras que en los espacios públicos, como el mercado y el panteón, reflejan una dimensión colectiva, la ofrenda o altar de muertos ofrece una experiencia más personal. En la película, las ofrendas establecen un contraste de diferencias sociales en la forma en que lxs vivxs honran a sus muertxs, revelando las desigualdades que persisten más allá de la vida. La ofrenda en la familia de Macario es sencilla y modesta, acorde con su situación, sin más que un pequeño plato de comida y decoraciones escasas. En marcado contraste, el altar del hombre más adinerado en el pueblo exhibe una ofrenda monumental: un tapete de flores y calaveras rodeado de círculos de velas, platos rebosantes de comida, múltiples niveles de decoraciones y esqueletos enmarcando imágenes religiosas y de los difuntxs. El regreso de los muertos en esa casa es tan esplendoroso como la vida que tuvieron en su momento. La esposa de Macario verbaliza esta desigualdad al comentar que “Esos hasta los muertos los han de presumir con lo que no tienen. Nosotros no. Esto comemos, esto comen nuestros difuntos”. En este sentido, estas imágenes de altares nos invitan a reflexionar sobre cómo la identidad mexicana se construye a partir de las dinámicas sociales que atraviesan la celebración de tradiciones.
Finalmente, las velas son otro objeto esencial en el Día de Muertos que simbolizan la fragilidad de la vida frente a la muerte. Durante el clímax de la historia, la suerte de Macario da un giro trágico: envidiado por su poder curativo, es apresado por la Santa Inquisición y obligado a salvar al hijo del Virrey como condición para salvar su propia vida. Sin embargo, la Muerte no lo permite, dado que ya había reclamado a esta alma antes. Desesperado, Macario huye al monte, y, en el lugar en el que conoció a la Muerte, se encuentra con un sinfín de velas encendidas. “Mira Macario”, le dice la Muerte, “esta es la humanidad. Aquí ves arder las vidas tranquilamente. A veces soplan los vientos de la guerra, los de la peste y las vidas se apagan por millares al azar”. Las velas, presentes en altares y ofrendas, guían a las almas de lxs difuntxs y representan la luz que cruza el umbral entre los mundos de lxs vivxs y lxs muertxs. Aquí, el protagonista se enfrenta cara a cara con su propia mortalidad, en forma de una pequeña vela cuya llama vacilante simboliza los escasos momentos que le quedan en este mundo.
Después, la esposa de Macario encuentra su cadáver en el bosque, junto a los huesos de medio guajolote y la otra mitad intacta. Ya sea que haya muerto de hambre o de indigestión, sin la oportunidad de terminar su manjar, o si fue la misma Muerte quien se comió la mitad, dejándolo sin el gusto de haber disfrutado su único deseo egoísta, el final de la película se presenta como un punto de inflexión crucial. Este desenlace refleja la naturaleza multifacética de la Muerte, una figura que, al igual que en la vida, no es ni completamente benévola ni totalmente cruel. El misticismo del Día de Muertos se vuelve palpable en este desenlace, donde el velo entre lxs vivxs y los muertxs se debilita. La Muerte, al final, no es simplemente un fin, sino una continuidad, y aunque Macario muere, no deja de estar vinculado con este ciclo eterno.
En la historia del cine mexicano, Macario marcó un parteaguas en la representación del Día de Muertos. Por primera vez, esta festividad adquirió un papel protagónico en una película, consolidándolo en el imaginario colectivo, así como su relación con la mexicanidad. Para Aymerich, la cinta representó “la culminación de la construcción de la identidad mexicana a través de la construcción del Día de Muertos como reivindicación de la cultura popular que se había estado gestando en el cine de los años 30” (2020, 250). Desde este momento en adelante, más cineastas se han dado a la tarea de representar a esta festividad con la fidelidad y variedad que amerita. De esta manera, objetos culturales, como las películas, han estado fuertemente ligados a la transformación de la tradición a lo largo del tiempo. Producciones como Los hijos de la guayaba (Día de difuntos) (1988), Hasta los huesos (2002), El libro de la vida (2014), e incluso producciones internacionales como 007: Spectre (2015) y Coco (2017) han ido moldeando parte de la estética de esta festividad al dejar una huella profunda en la forma en que se percibe y se celebra. Sin embargo, al encasillar el Día de Muertos en sus construcciones comerciales, se borra la complejidad de significados y rituales que realmente lo nutren, los cuales siguen vivos y resistiendo en las comunidades que mantienen sus propias formas de celebrar la vida y la muerte.
Para concluir esta entrada me gustaría recordar las últimas palabras que la esposa de Macario le dedicó, ya que, para mí, encarnan el sentimiento en el corazón de esta celebración en honor a quienes ya no están y al cariño que perdura en su memoria: “La vida no fue fácil Macario, pero fue bueno vivirla juntos.”
Bibliografía:
Aymerich, F. M. (2020). ‘Macario’, un hito en la representación de Día de muertos en la industria cinematográfica mexicana (1930-1960). Kamchatka. Revista de análisis cultural., (15), 519-535.
Aymerich, F. M. (2021). Ancestralidad y modernidad. El día de muertos y su presencia en el cine mexicano (1930-1960). Granada: Universidad de Granada.
Ávila González, I., & Ponce Díaz, R. (2024). El altar de muertos, generación de sentido y la preservación de la memoria. Entretextos: Revista de Estudios Interculturales Desde Latinoamérica y El Caribe, 18(35), 274–277.
Linnekin, J. S. (1983). Defining Tradition: Variations on the Hawaiian Identity. American Ethnologist, 10(2), 241-252.
Salas Hernández, J. E. (2010). La cestería y la jarciería en Zacatecas: urdiendo una tradición.
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